Microcuentos

Efímero

Nos detuvimos después del último esfuerzo, sudorosos. Ella quedó tendida a mi lado, jadeando levemente. Giró la cabeza y me regalo una fugaz sonrisa. Disfruté de esa cálida intimidad, conocedor de la cruel levedad de los momentos felices. Ella se levantó con movimientos felinos. Admiré su cuerpo sinuoso mientras se dirigía a tomar una ducha. Habían pasado unos pocos segundos y ya la extrañaba, como un adicto sin remedio esclavizado al objeto de su devoción. Me pregunté con pesar cómo haría para esperar hasta la próxima clase del taller de abdominales.

Las estrellas siguen brillando

El auto de los secuestradores se perdía en la noche. Lo habían dejado en un descampado solitario después de recorrer los cajeros automáticos con todas sus tarjetas. "No te muevas por quince minutos", le habían ordenado. Miguel estaba rígido como una vara de todos modos, incapaz de hacer que su cuerpo saliera del shock. Notó con desagrado que había mojado los pantalones. Las lágrimas surcaban sus mejillas pero ni un quejido brotó de su boca. No podía creer que estaba vivo, que el horror había terminado. Durante ese tiempo de pesadilla se había preparado mentalmente para una muerte inevitable, absurda. Elevó los ojos al cielo como en una plegaria. Observó que estaba plagado de minúsculos puntos blancos que titilaban sin parar, mientras la luz que alguna vez emitieron viajaba incansable hacia la tierra. Los puntos blancos seguían titilando, incansables. Él se preguntó tontamente a cuantos millones de años luz se encontrarían esas estrellas, si es que todavía estaban allí.

Ingenuidad brutal

El hombre hundió el rostro entre las manos, tratando de no llorar en la soledad de su habitación. Había pasado un día infernal. Todo había comenzado por la mañana temprano cuando su gerente lo llamó para comunicarle que había sido despedido. Tuvo que retirarse de la oficina diez minutos más tarde como si se tratara de un leproso. La cara de miedo de su esposa al enterarse fue otro golpe brutal a su autoestima. Pero jamás en su vida olvidaría la expresión perpleja en el rostro de su hijo de seis años al preguntarle:
— ¿Papá, ya somos pobres?