Volcano

Carlos Donatucci

Hace ya un largo tiempo que no ceso de reflexionar acerca del bien y del mal, esa gran duda existencial que nos aqueja cada tanto y que hace que nos preguntemos si el ser humano es intrínsecamente bueno o indefectiblemente malo. Lo cierto es que el tema ha desvelado por milenios a grandes mentes privilegiadas que se han dedicado a defender su punto de vista dando conferencias con dialéctica florida o escribiendo minuciosos artículos inflamados de ardor y sabiduría; aunque debo decir con escepticismo que la mitad de los volúmenes publicados sobre el asunto contradice categóricamente a la otra mitad. Ni la filosofía, ni la religión, ni la ciencia, ni la psiquiatría, ni el saber popular han podido dilucidar semejante cuestión, no al menos con cierta rigurosidad. Yo, por mi parte, tampoco he podido arribar a ninguna conclusión. No es que yo sea un erudito en alguna materia importante del saber, de ninguna manera; tan sólo he comprobado que las experiencias de mi vida no me han aportado ninguna prueba empírica con la que fundamentar una opinión más o menos sólida. Si hubiera sido un filántropo o un mártir caído en aras del bien de la humanidad, bien podría haber expuesto mi caso como al menos “uno” a favor de la bondad humana. Formado en las filas de la matemática más dura sé que no puedo aplicar el principio de inducción ni siquiera a mis propios hechos. Lo que puedo probar para “uno” no puedo probarlo para “ene” y menos para “ene más uno”. Hace un tiempo atrás solía creer que era esencialmente bueno, “de buena leche” como se suele decir, pero ya no estoy tan convencido de ello. Creía que, de hacer un arqueo de caja de mis buenas acciones contra mis malas acciones, las buenas ganarían por escándalo. Ahora se me ocurre que tal vez la ecuación no debería expresarse en términos cuantitativos, sino en términos cualitativos. ¿Puede un solo y terrible acto de maldad opacar para siempre toda una vida de pequeños buenos actos? Al parecer la respuesta sería que sí. Ahora que tengo tanto tiempo libre no puedo evitar hacer una retrospectiva de mi vida y, a decir verdad, hubo un suceso que ha cambiado por completo mi manera de ver las cosas y ha revelado cruelmente quién soy, o quién podría ser en verdad.

Era un abrasador día de verano. Veníamos castigados por una seguidilla de días en los cuales la sensación térmica había orillado los cuarenta y cinco grados centígrados, consecuencia inevitable de la altísima humedad reinante. Cualquiera que haya vivido en Buenos Aires por un tiempo sabe a ciencia cierta que “eso” es lo que mata; es fáctico, no es un mito urbano. La humedad del ambiente sumada a la elevada temperatura y al influjo inclemente del sol de enero componían una fórmula demoledora. Yo había quedado en asistir a una reunión en las oficinas del cliente al que estaba asignado. Podía ir en transporte público o utilizar mi vehículo personal afrontando los gastos de mi propio bolsillo, ya sea el combustible o una posible estadía en un garaje, dado que la empresa para la que trabajaba no reembolsaba los gastos. Si me movilizaba en transporte público debía caminar unas ocho cuadras para llegar al edificio del cliente. La decisión era bastante obvia en un día como ese. Debía utilizar mi auto. Contrariamente a lo indicado por el sentido común, decidí ir en colectivo subestimando las indicaciones del servicio meteorológico. Pequeñas decisiones, pormenores que luego producen nefastas consecuencias. El viaje de ida resultó bastante bueno. El colectivo tenía aire acondicionado por lo cual llegar hasta la parada donde debía bajarme no fue tan terrible. La caminata hasta las oficinas fue otro cantar. Me arrastré como pude las ocho cuadras para llegar empapado y completamente desalineado a mi destino. Por fortuna el lugar era una congeladora, así que mi cuerpo rápidamente recuperó su vitalidad usual y pude atender sin problema alguno a todas las actividades que tenía planificadas para el día.

Cuando quise darme cuenta eran ya las cinco y media de la tarde. El tiempo pasa volando cuando se trabaja en algo que nos apasiona. Consideré que si me retiraba media hora antes podría facilitar el viaje de regreso. Comencé a guardar mis cosas. Julio, uno de los especialistas con los que trabajaba en las oficinas del cliente, se quitó los auriculares al ver mis preparativos y me dijo con expresión socarrona: “Afuera hace cuarenta y ocho grados.” Esbocé una sonrisa de circunstancia y respondí que de todas maneras en algún momento tendría que retirarme, que bueno, que ya vería como me las arreglaba. Atravesé los gélidos pasillos del edificio hasta llegar a la puerta de salida que permanecía herméticamente cerrada. El choque al salir fue brutal. El calor que aguardaba agazapado me impactó como un camión viniendo de frente. Hasta el mismo aire estaba prácticamente irrespirable. Mi cuerpo no parecía ser capaz de absorber semejante cambio de temperatura. Sentí un mareo incipiente. Aun así, cobré fuerzas para recorrer las ocho cuadras que me separaban de la parada del colectivo. Era todavía peor cuando salía de la sombra y quedaba expuesto a los ardientes rayos del sol. La ropa parecía quemarse adhiriéndose a la piel, pegándose al cuerpo debido a la abundante transpiración que brotaba por cada uno de mis poros. Llegué exhausto. En la parada había unas cinco personas con los mismos síntomas de abatimiento. No podía dejar de pensar en el aire fresco que disfrutaría cuando arribara el colectivo. Sería como un oasis en el desierto, una tregua para mis agobiados sentidos. Como suele pasar en la querida Buenos Aires, vi que se aproximaban tres colectivos de la misma línea que tenía que abordar, separados por poco trecho entre ellos. La ortodoxia indicaba que el más vacío debía hacer la parada y los demás esperar detrás para que los pasajeros se distribuyeran de la mejor manera posible. Constaté con alarma que, de los tres, sólo uno tenía la inconfundible giba del equipo de aire acondicionado, el que venía por fuera, que de seguro pasaría la parada como un bólido. Los otros dos mostraban las ventanillas abiertas, prueba inequívoca de la falta de refrigeración. Como era de esperarse, tuve que subirme a uno de esos dos, un vehículo vetusto que ya había conocido sus mejores épocas muchos años atrás. El ambiente allí dentro era aún más bochornoso que afuera, probablemente debido al calor despedido por el motor trasero, que por si fuera poco, vibraba ruidosamente. Los rostros de los pasajeros allí reunidos mostraban claras señales de estar extenuados y una mezcla de fastidio con resignación. Algunos parecían aletargados, como en animación suspendida, bamboleándose con cada sacudida que pegaba el carromato; otros se entretenían con sus celulares. Yo me tomé del pasamanos y cerré los ojos procurando conservar el sentido. Mientras tanto me preguntaba si era justo soportar ese tratamiento denigrante después de una ardua jornada de trabajo. ¿Merecía yo viajar como un esclavo en las arenas de un desierto infernal? ¿Podía ser que fuéramos un país del cuarto mundo en el cual no se podía viajar dignamente en el transporte público de la capital federal? Una cólera creciente se estaba gestando en mi interior, cuyos destinatarios fueron, en primerísimo lugar, los impresentables políticos corruptos que se habían robado toda la plata en vez de ponerla en el país en obras de infraestructura. Ni que hablar de los miserables empresarios del transporte que habían cobrado cuantiosos subsidios del estado y no fueron capaces siquiera de equipar sus unidades con un servicio decente de aire acondicionado. También floreció el encono contra algunos conocidos cultores del “roban, pero hacen” o “con Fulano o Zutano estábamos bien”, al mejor estilo del pueblo judío en el desierto luego de liberarse de la esclavitud egipcia: “En Egipto comíamos…” Qué pobreza intelectual, qué mediocridad supina la de aquellos que piensan con su bolsillo, o peor aún con su vientre, y se dejan seducir por dádivas miserables que no hacen otra cosa que mantenerlos atados a la pobreza y a su opresor. En medio del mareo y la cólera algo comenzó a repiquetear en mi mente, la letra de una bonita canción de Damien Rice, “Volcano”. En un párrafo dice: “Don't build your world around, volcanoes melt you down.” Sí, comprendía vagamente que me estaba transformando en un volcán que podía hacer erupción en cualquier momento derritiendo todo lo que hubiera alrededor.

Estaba en ese estado de sopor cuando dos voces en un tono más alto de lo normal me devolvieron a la realidad. Un par de tipos que hasta entonces habían estado conversando amigablemente se trenzaron en una reñida discusión política. Hablaban a los gritos sin preocuparse en lo más mínimo por el resto de los pasajeros. El tema giraba alrededor de la corrupción de estado. Que si el gobierno anterior se había robado un “Producto Bruto”, que si el actual le daba obra pública a los amigos del poder, que por qué no se votaba el desafuero de Perengano para que fuera juzgado, o no iban a la cárcel los empresarios que habían lucrado con el estado. Todas las argumentaciones no eran más que frases hechas, sin sustento alguno, producto bastardo del “relato” épico de un lado o de algún focus group del otro. Yo los miraba como en una bruma preguntándome de qué agujero de oscuridad habrían salido esas dos mentes trastornadas. Era claro que con ese nivel tan bajo y banal de diálogo jamás podrían entenderse ni ponerse de acuerdo por más que estuvieran discutiendo por centurias. El ambiente se caldeó aún más, de ser posible. Comencé a perder los estribos. El volcán que rugía en mi interior se disponía a explotar. Pensé en descender del colectivo, dado que ya no podía aguantar a ese par de imbéciles. Mientras tanto mi mente rumiaba continuamente: “Volcano, Volcano, Volcano…” Uno de los tipos se levantó del asiento como para bajar del colectivo, pero el otro se levantó a su vez, tomándolo fuertemente del brazo para detenerlo. Quedaron cara a cara, gritándose uno a otro toda sarta de barbaridades delante de los azorados ojos de las demás personas, que no atinaban a intervenir.

Y aquí es donde se pone a prueba la templanza, el dominio propio, como frutos de un carácter maduro, como persona de bien que yo creía ser. El volcán finalmente explotó. He visitado Pompeya y he visto de primera mano los resultados de un evento similar. Devastadores. “Volcanoes melt you down...” Abrí los ojos como despertando del ensueño y me levanté también, encarando de frente a los tipos, que dejaron de gritarse uno a otro y me miraban sorprendidos. Extraje del bolsillo de mi camisa una estilográfica Parker que llevaba siempre conmigo, más para presumir que para otra cosa. Retiré el capuchón de la misma con un movimiento certero. La lapicera tenía una aguda punta dorada. Me abalancé sobre el más agresivo de los dos y le hundí la lapicera hasta el fondo en el ojo derecho, mientras que el ojo izquierdo se agrandaba y me observaba con espanto. El tipo comenzó a gritar desesperado tomándose la cara, tirándose al suelo tratando de remover de su ojo la lapicera convertida en improvisado puñal. Finalmente lo logró. Un fuerte chorro de sangre salió de inmediato cubriendo de rojo el piso del colectivo. Mientras tanto yo ya me había abalanzado sobre el otro tipo, que estaba petrificado. Me así con ambas manos a su cuello y apreté con toda la fuerza de la que era capaz. Si bien hacía trabajo de oficina, mis manos son fuertes y mis dedos como garrotes. El rostro del hombre se tornó color púrpura, los ojos parecían a punto de salirse de las órbitas. Vino a mi mente una película de Arnold Schwarzenegger en la que le sucedía lo mismo al no poder respirar en la atmosfera de Marte. Algunos de los otros pasajeros se arrojaron sobre mí tratando de separarme de la ocasional víctima, pero sin lograrlo. No sé de dónde saqué semejante fuerza ni cuanto duró esa danza macabra. Estaba a punto de lograr mi cometido cuando de pronto sentí un terrible dolor en la cabeza, un fogonazo estalló en mi mente y luego, la oscuridad me devoró.

Al abrir los ojos estaba en una habitación completamente vacía, con paredes acolchadas y sucias. Un saco de fuerza unía mis brazos en la espalda, claro indicio de que estaba internado en alguna institución psiquiátrica. Poco a poco los hechos recientes acudían a mi memoria, detalle por detalle, vívidamente. Cuando tomé conciencia de lo ocurrido no podía creer lo que había hecho, de lo que había sido capaz en un momento de furia y descontrol. Después me enteré de que el chofer había detenido el colectivo y me había asestado un golpe furibundo en la nuca con un palo que utilizaba para verificar la presión de los neumáticos. El hombre de la lapicera perdió el ojo, claro está, aunque salió con vida y el otro casi sufre un desplazamiento de tráquea. La única secuela que tuvo fue andar con un cuello ortopédico por varias semanas. La experiencia puso en tela de juicio mi opinión acerca de la naturaleza de mi propia personalidad. Ya no creo ser una buena persona. Había estado a punto de cometer un doble asesinato. ¿Debo erigirme en mi propio abogado defensor y alegar que se trató de una locura transitoria producto de diversos factores convergentes o debo reconocer que el germen de la maldad, la bestia salvaje, estaba latente presta a tomar control de mis actos en cuanto tuviera la oportunidad? Me angustia no tener la respuesta a dicho interrogante. Ahora paso mis días en paz, en general en silencio, excepto cuando viene el doctor a examinarme y a despuntar alguna charla trivial. Casi siempre estoy tranquilo, sociable. Me ubicaron en otro cuarto, pequeño sí, pero con una ventana que da a un parque. Me gusta pasar el rato contemplándolo. Ya conozco al dedillo el pulso de su ciclo vital en cada cambio de estación, cuando reverdece de vida en primavera y se torna amarillo y escuálido en otoño. Por supuesto ya no escucho las noticias por la radio ni veo televisión; no tengo idea de lo que pasa en el exterior de mi recoleto universo, aunque tampoco me interesa. Los médicos prefieren mantenerme aislado porque no saben qué tan nocivo podría resultar enterarme de cómo están las cosas en el país, dadas las conocidas circunstancias que me trajeron a este lugar. No quieren que mis nervios se alteren en absoluto. En realidad, es una paradoja pensar en algo así cuando la gran mayoría de mis compatriotas vive en un estado de crispación permanente, distanciados por un abismo tan invisible como real que sintetiza claramente la decadencia y mediocridad de nuestra sociedad y de nuestra democracia republicana. ¿Cuántos casos habrá como el mío a diario? Quién lo sabe.

Yo sigo reflexionando profundamente cada día acerca del bien y del mal, preguntándome con total honestidad intelectual si el ser humano es intrínsecamente bueno o indefectiblemente malo, o cómo y cuándo se originó el mal y cómo nos afecta, o quién fue el primer ser malvado del planeta. Es inevitable deducir que quien se ha enseñoreado de la creación, poseedor de una inteligencia superior y dotado del libre albedrío para ser artífice de su propio destino, esté casi siempre deseoso de optar por lo malo, salvando como siempre honrosas y escasas excepciones. Estoy consciente de que este proceso mental termina siendo casi un juego de suma cero dado que no puedo más que dar vueltas y vueltas sin arañar siquiera el meollo del asunto; pero, por otro lado, ¿qué otra cosa puedo hacer para entretenerme y combatir el tedio, teniendo todo el día libre? A veces el tiempo parece desacelerar y detenerse en las inmóviles manecillas de un reloj, otras veces me parece haber pasado a otra dimensión en la cual este desgraciado episodio nunca ha tenido lugar. Se me ocurre que puede ser por la medicación que afecta mi percepción de la realidad. Como sea, el suceso que me ha tocado protagonizar ha encendido la posibilidad de que el volcán pueda estar activo y erupcione de nuevo arrasando con todo lo que haya alrededor. Nadie querría estar cerca cuando eso se produzca.

Y debe ser de seguro por ese motivo que ya ningún miembro de mi familia me visita, y que mis amigos no vienen a verme de mes en mes, ni de dos en dos, ni de seis a siete.