Una vida por otra

Un cuento de Carlos Donatucci

Soledad levantó el brazo armado y apuntó directo al pecho de la persona que se debatía impotente delante de ella. El arma se balanceaba al compás de los temblores de su cuerpo. Los ojos de la víctima estaban desorbitados al comprender cuál sería el desenlace inminente. Soledad desvió la mirada de esa máscara implorante y la dirigió a Fabiano. El rostro inexpresivo de aquel hombre la contemplaba con atención, expectante.

—¿Qué pasa, ahora le tiembla el pulso? —dijo finalmente.

Soledad no pudo contestar. Se sentía enferma, inmersa en una densa bruma de irrealidad, completamente fuera de sí. Su cuerpo se resistía a obedecerla.

—¿Ya se le olvidó? —preguntó Fabiano con sorna—. ¿No me aseguró que con el recuerdo era suficiente? Le advertí que no sería fácil.

No, no se había olvidado. El recuerdo era un cilicio que martirizaba su conciencia todo el tiempo. Era imposible deshacerse de esa sensación de vacío que la acuciaba desde hacía dos meses. Había ansiado ese momento durante cada segundo de su vida después de haber vuelto del abismo. Debía ser honesta y reconocer que era lo único que la había mantenido de pie, el único motivo que había justificado levantarse de la cama cada mañana. Ahora titubeaba. El conflicto interior no estaba resuelto. Aun así creía que hacía lo que debía, que era justo que ese hombre sufriera el castigo que se merecía. En realidad, la transición fugaz de la vida a la muerte no era lo que ella consideraba un castigo para él. Hubiera querido verlo desangrarse en la calle sufriendo como un perro, esperando en vano que alguien llegara a auxiliarlo, viendo como la vida se le escurría en cada gota de sangre que abandonaba sus venas.

Fabiano exhaló un suspiro de impaciencia. Él ya le hubiera disparado. Pero ella no era así. Ella era incapaz de matar una mosca. Las circunstancias la habían empujado al borde de un precipicio insondable. Abajo no había más que vacío y oscuridad. Debía decidir si daba el salto o no, si tomaba esa vida en lugar de la de Rodolfo, si el ojo por ojo podía ser la solución para su continuo padecimiento. Volvió la mirada a la figura grotesca que se retorcía tratando de librarse de las ataduras que lo inmovilizaban. Le causó repugnancia. El tipo se había orinado de miedo. No había trazas del matón arrogante que habría sido alguna vez. Despojado de su arma y de sus secuaces no era más que un remedo de ser humano, suplicando por su vida, librado a la voluntad de la que alguna vez fuera su víctima.

La puteada de Fabiano la volvió a la realidad. Era claro que se salía de la vaina. Lanzaba constantes miradas a su reloj, apremiado por el paso del tiempo. Soledad cerró los ojos por un momento antes de apretar el gatillo. La imagen de Rodolfo surgió entre las sombras. El rostro fresco, la risa clara. Sintió de nuevo ese dolor indescriptible. ¡Cómo podía doler tanto la ausencia física! Le resultaba intolerable. Y todo por culpa de ese ser despreciable, ese hijo de… Su razón colapsó ante el dilema insoluble que se le presentaba. Supo que sin importar la decisión que tomara a continuación no había manera de salir ganando. Ya había perdido de todas formas. Abrió los ojos de golpe y se dejó llevar, cediendo ante el instinto salvaje que la dominaba. El dedo índice se contrajo casi por reflejo. El estruendo del disparo la sorprendió. Se sintió impulsada hacia atrás como si hubiera recibido un golpe. Trastabilló aturdida. El brazo le pesaba una enormidad. Miró el revólver con asombro. Parecía estar fundido a su mano. Una fina estela azulada asomaba por el caño. Percibió el intenso olor a pólvora. Al fin despertaba del letargo recuperando sus sentidos, acusando las puntadas provenientes de sus miembros acalambrados.

Estaba a punto de desfallecer. Fabiano reaccionó y la tomó en sus brazos antes de que se desplomara. La depositó con suavidad sobre una de las muchas cajas que había en aquel depósito abandonado, en las afueras de la cuidad. Soledad comenzó a sollozar quedamente. El hombre le retiró el arma de la mano. La acurrucó contra su pecho con cuidado, como temiendo que se desarmara. Esperó a que se tomara unos minutos para reponerse. Sabía por experiencia propia que el impacto emocional del acto que había presenciado era devastador. Poco después Soledad se desprendió de los brazos del hombre. Lo miró a la cara entre las lágrima que nublaban sus ojos. Notó que él la miraba de otra manera, con una expresión inconfundible de respeto en esos ojos implacables. Hasta un dejo de simpatía ablandó por un instante sus duras facciones.

—Lo hiciste… —dijo Fabiano con sorpresa, tuteándola por primera vez.

—Sí, lo hice. Jamás creí que podría.

—Ya tenemos que irnos. ¿Podés caminar?

Ella intentó incorporarse y dar unos pasos torpes pero las piernas no le respondieron. Fabiano la sostuvo nuevamente. La levantó en brazos y la llevó hasta el auto que esperaba cerca de allí. El recio ex policía no estaba acostumbrado a expresar semejante rasgo de piedad. Por otro lado, la tierna muchacha había sido capaz de segar una vida con sus propias manos, a sangre fría. El destino se divertía cambiando los roles de cada uno de ellos a su antojo. Soledad se recostó en el asiento trasero del auto. Como en sueños escuchó el ruido del motor al ponerse en marcha. Se sentía agotada. Fabiano prendió un cigarrillo mientras manejaba. Un fuerte olor a tabaco negro inundó el interior del vehículo. El cielo poblado de nubes se proyectaba en la ventanilla a medida que se alejaban del lugar. Soledad lo contemplaba fascinada desde el ángulo particular en el que se encontraba. Cómo podían ser diferentes las cosas según de donde se miraran. Qué irónico le parecía eso ahora.

El balanceo del coche la mecía acentuando la sensación de somnolencia que la inundaba. Tal vez si lograba dormir todo se transformaría en una pesadilla. Despertaría y Rodolfo estaría a su lado como tantas otras mañanas. Se levantaría antes que ella y le cebaría un mate calentito y espumoso, como sólo él sabía hacerlo. ¡Qué lástima que todo había terminado tan pronto! No importaba que aún le quedaran largos años por delante. Su vida había terminado exactamente en el momento en el que tiró del gatillo. Fue amargo reconocer que no se sentía mejor. El dolor aún estaba allí. Ese disparo había producido dos muertes ese día. Soledad cerró los ojos e imploró al cielo que la paz de la inconsciencia la inundara para siempre.

—x—

La joven jugueteaba nerviosamente con un cigarrillo sin prender. Había llegado temprano. Hacía un rato largo que esperaba sentada en la mesa de aquel bar. La ansiedad la consumía. Sabía que en tanto la persona que esperaba no se hiciera presente, era dueña de levantarse y terminar allí mismo con esa idea absurda que la obsesionaba. Pero allí seguía, esperando. Los anteojos negros disimulaban con dificultad el rostro pálido y las profundas ojeras. La puerta del bar se abrió para dar paso a un hombre corpulento, enfundado en una campera de cuero ceñida al cuerpo. En cuanto lo vio se dio cuenta de que era él. Tenía el aspecto típico del policía, pero más atlético. Pelo corto, moreno, pecho desarrollado y un rostro que daba miedo. Difícil estimar la edad que tendría. El hombre miró a su alrededor. Cuando la ubicó se dirigió sin dilación hacia ella.

—Disculpe… ¿Usted es Soledad?

—Sí.

—Yo soy Fabiano.

—Sí, hola, lo esperaba. Tome asiento por favor.

El hombre se acomodó en la silla del lado opuesto de la mesa. Se quedó mirándola fijamente, evaluando el paño. Ella no sabía cómo empezar. Estaba atragantada. Iba a hablar cuando él se le adelantó. Fue directo al grano.

—Antes de que diga nada quiero explicarle una cosa. Ya conozco su caso. Todavía tengo contactos en el departamento aunque pedí la baja. Ya ubiqué al tipo. Fue muy fácil. Por supuesto que estuvo en la ronda de sospechosos, pero lo largaron por falta de pruebas. Alguien lo identificó; pero después todos los testigos se excusaron, para variar. El miedo no es tonto —dijo el hombre con una risita lúgubre—. Los de la federal me dijeron que ya saben que operan en esa zona. Es un pendejo que tiene antecedentes de toda clase. No entiendo como todavía anda suelto por ahí. —El hombre se detuvo y la miró intensamente antes de continuar.

—Si cuenta con esa suma es cuestión de días. La decisión es suya.

Soledad quedó atónita. ¡No podía ser tan sencillo! Allí mismo se estaba decidiendo el destino de una persona. El costo de una vida humana no parecía ser tan alto. Era casi de película. La pétrea expresión del hombre la intimidaba. Se le erizó la piel al pensar que se dedicaba a “eso” para ganarse la vida.

—Todavía se puede arrepentir. Si me dice que no, me levanto y jamás la he visto en mi vida. Si me dice que sí, la mitad del dinero tiene que ser entregada en el lugar que le indicaron dentro de dos días. Después ya no hay vuelta atrás. ¿Entendió? El resto al terminar. El hombre extendió el brazo y le dejó un papel con un número de celular. Soledad lo tomó con manos temblorosas. Lo había pensado mucho en esos meses. Si bien no estaba en su naturaleza hacer una cosa así no había logrado auto disuadirse. De repente el rostro dubitativo de la muchacha se endureció, como si algo se hubiera transformado en su interior. Cuando habló, su voz sonó ronca.

—Sí. Ya estoy decidida. Lo que tiene que quedar en claro es que lo tengo que hacer yo. Usted me lo tiene que entregar. ¿Ya le dijeron, no?

—Sí, me dijeron; pero vea señorita, yo no trabajo de esa manera. Ya el hecho de tener esta entrevista va contra todas las normas. Jamás hago contacto con el cliente.

La chica se removió en su asiento. Había insistido en tener ese encuentro.

—El punto no es negociable —dijo ella terminante—. Si usted ya lo sabía de antemano, ¿para qué vino entonces?

El silencio que reinó a continuación les brindó una tregua exigua. Fabiano reconoció que ella tenía un buen argumento.

—Bueno, ¿sí o no? —pregunto Soledad.

El ex policía asintió con la cabeza, casi resignado. Aceptar semejante imposición estaba fuera de toda lógica; pero así venía barajada la mano. Se estaba exponiendo mucho en este encargo. El triste rostro de la muchacha lo tenía hipnotizado. No lograba apartar su mirada del mismo.

—¿Se cree en condiciones de hacerlo? —preguntó de golpe para probarla—. He visto a muchos abandonar cuando llega el momento. Usted no parece tener el estómago necesario. No lo tome a mal, pero es apenas una piba.

—No se crea —dijo ella con dureza—. Tengo fresco el recuerdo. Con eso me bastará.

—Como usted diga. Ya sabe cómo ubicarme. Cuando tenga hechos los arreglos le informaré el lugar y la hora.

El hombre se incorporó sin mayores ceremonias. Le hizo un saludo casi marcial y se retiró sin mirar atrás. Soledad lo observó mientras se mezclaba con la gente en la calle. ¡Había estado con un ejecutor, un sicario! No sólo eso, ¡le había encargado un trabajo! No podía creer lo que había hecho. Siempre había sido de los que pensaban que la justicia llegaba de alguna manera, tarde o temprano; que los que hacían el mal lo pagaban en algún momento. Hasta creía en una justicia de orden superior si se quiere, una justicia “divina”, un equilibrio cósmico que no permitía que la maldad prevaleciera, que castigaba la ofensa obedeciendo al llamado ineludible de su propia naturaleza. Pero ahora era distinto. No podía esperar a que una justicia lenta y garantista moviera sus pesados engranajes y se llevara a cabo en un futuro lejano, si es que su caso alguna vez llegaba a buen fin. ¡Tenía que ser ya! Si era por su propia mano mejor. Temía que si el tiempo pasaba la sed que la consumía se apagaría inexorablemente. Cuando atravesó la puerta del bar se detuvo un momento en la vereda, observando a los peatones que circulaban apurados. A partir de aquel instante se dio cuenta de que ya no pertenecía más al común de la gente. El giro que había tomado su existencia la había llevado a formar parte de otra especie. Había pasado a formar parte del grupo de los que se habían condenado a una lenta muerte en vida.

—x—

La tenue luz que penetraba a través de las persianas del dormitorio iluminaba apenas la estancia. El humo del cigarrillo dibujaba extrañas figuras elevándose lentamente hacia el techo. Hacía un rato que Soledad permanecía de pie contemplando la nada, con la mirada perdida en los puntos de luz del paisaje nocturno. No podía pegar un ojo. Las sábanas revueltas sobre la cama eran una clara muestra de ello. Las pastillas que le habían dado para dormir no surtían el efecto esperado. Un pensamiento obsesivo monopolizaba su cerebro de tal forma que le impedía razonar claramente. El rechazo que le producía la idea era directamente proporcional al deseo de llevarla a cabo. Su ética y valores personales estaban en una encarnizada lucha con su sed de venganza, de justicia insatisfecha. De pronto se encontró ante el dilema personal más complejo de su corta existencia. Debía decidir si aceptaba la propuesta que le habían hecho poco después de cerrado su caso. Por una suma razonable tenía la posibilidad de hacer justicia por su propia mano, tenía la posibilidad de eliminar al sujeto que le había arrebatado su vida. Era una oferta que le resultaba sumamente difícil rechazar.

Por desgracia la restauración de la vida de Rodolfo no estaba incluida en el paquete. Eso estaba perdido sin remedio. Se preguntaba si tenía algún sentido rebajarse al mismo nivel de primitivismo bestial del asesino. Erigirse en su verdugo la retrotraería a las más oscuras épocas de la humanidad. Pero cuando su mente repasaba las imágenes del crimen, una ola de odio incontenible la sacudía vaciándola de todo rastro de juicio, de bondad, de misericordia, transformándola en un ser capaz de cometer el más cruel acto de barbarie. El papelito con el número de teléfono del intermediario reposaba sobre la mesa de luz. Sólo tenía que llamar y sus deseos de revancha se verían cumplidos. Era muy fácil. Era tan fácil como estéril. Un profundo desaliento la invadió. Estaba atrapada en un laberinto sin salida. Apago el cigarrillo y se dirigió a la cama con desgano. Se acostó de su lado. Todavía dejaba libre el otro lado, como si él pudiera volver en cualquier momento y acostarse en silencio para no despertarla.

El pensamiento le oprimió el pecho. Ahí estaba de vuelta el dolor. Se aferró a la almohada de Rodolfo. Todavía conservaba los últimos vestigios de su aroma. Miró el reloj. Las cuatro de la madrugada. Pronto saldría el sol trayendo esperanzas de un nuevo día a una multitud de personas sufrientes. Para ella era un nuevo capítulo de una novela de la cual todavía no tenía escrito el final.

—x—

El ritmo febril de aquella zona se había alterado por completo. La gente se arremolinaba para poder observar el drama que se desarrollaba ahí mismo, en vivo y en directo. El tráfico estaba interrumpido debajo de la autopista debido a que un coche había quedado abandonado después de un frustrado intento de asalto. Los gritos desconsolados de una joven mujer sobresalían sobre el barullo circundante pidiendo por un auxilio que no llegaba. Allí en el medio de la escena, protagonista excluyente de lo que ocurría, se encontraba Rodolfo. Sus ojos recorrían asombrados el despliegue que se producía a su alrededor. Todo había pasado con una celeridad pasmosa. El vehículo que conducía se había detenido en el semáforo. Era un lugar inseguro, circundado por las paredes de la base de la autovía. Cuando quiso darse cuenta dos muchachos los encañonaban en cada puerta en plena luz del día, exigiéndoles a los gritos que se bajaran. Nadie está preparado para una situación como esa. El reaccionó primero y obedeció lo más rápido que pudo. Soledad abría la puerta de su lado cuando una orden la detuvo en seco.

—¡Vos no! ¡Vos venís con nosotros! —le vociferó uno de ellos.

Un delincuente intentaba abrir la puerta de atrás para introducirse en el auto, mientras el otro mantenía encañonado a Rodolfo, que tomaba conciencia de que querían tomar a Soledad de rehén. Es increíble la cantidad de pensamientos que pueden pasar por la mente de una persona en fracciones de segundo. Primero impotencia, luego una furia incontenible que crecía en su interior al comprender que ella quedaría a merced de aquellos tipos, que la ternura inocente de esa hermosa joven sería sometida brutalmente a todo tipo de vejaciones. Casi pudo cuadrar las imágenes en su mente. De ninguna manera podía permitirlo. El amor, la lealtad y un sentido del honor rayano con la locura lo impulsaron a saltar sobre el malhechor armado a unos pocos pasos de él. El forcejeo duró tan sólo unos instantes. Rodolfo fue empujado hacia atrás lo suficiente como para que el criminal pudiera apuntarle directo al pecho. El sonido del disparo despertó sordos ecos al rebotar en las paredes y el techo que formaba la autopista. Los asaltantes comprendieron que el robo se había frustrado y se dieron a la fuga de inmediato, abandonando al vehículo y a sus ocupantes a su suerte.

Así había sido de simple. Soledad continuaba suplicando por ayuda. La sangre brotaba sin pausa del pecho de Rodolfo. Comenzaba a respirar con dificultad. La cabeza le daba vueltas. Trató de enfocar a la joven. ¡Pobrecita! Le dio una pena inmensa verla en ese estado de desesperación. Comprendió que en breves instantes la muerte los separaría para siempre. El futuro que se extendía promisorio ante ellos les había sido arrebatado por nada. Al menos le había evitado pasar por una experiencia aterradora. Le había demostrado el amor que sentía por ella de la manera más sublime posible. Había dado una vida por otra. Soledad se abalanzó sobre él al ver que cerraba los ojos, tratando de mantenerlo despierto, sacudiéndolo infructuosamente para reanimarlo. Cuando advirtió que aquellos ojos en los que se había contemplado tantas veces no volverían a abrirse, algo se desgarró en el interior de la muchacha. De pronto un dolor intenso le atravesó el alma; un dolor que no la abandonaría por el resto de sus días.

—x—

Eberto Manzanares, conocido en el ambiente policial por “Fabiano”, cerró la puerta de su casa y se desplomó en el sillón del living. El “trabajito” en el que había estado involucrado todo el día lo había dejado exhausto. El seguimiento y estudio de las costumbres del “blanco” era una tarea tediosa que requería de meticulosidad y concentración absoluta. De ninguna manera debía producirse el menor contacto visual entre las partes. Estiró las piernas para relajar los músculos cansados. Su mente divagó un instante repasando los detalles de la jornada. A veces le parecía increíble la forma en la que se había iniciado en esa actividad, casi por casualidad. Recordaba que le había costado un tanto adaptar su mente al concepto. Pero siempre se decía que si había gente dispuesta a pagar por el servicio, alguien estaría dispuesto a brindarlo. ¿Por qué no él? La había pasado muy mal al salir de la fuerza. Había vivido días aciagos tratando de reinsertarse en una sociedad que lo discriminaba sin miramientos. Pero ahora era distinto. Era un profesional respetado. Su nueva profesión le permitía tener un buen pasar. Era más de lo que podía pedir.

Una sola cosa lo angustiaba cada tanto. Una pesadilla recurrente que le quitaba el sueño por las noches. Una visión fugaz de lo que sería su destino final. Se veía desnudo, encadenado a una pared húmeda y mohosa, rodeado de fuego y brazas ardientes. Miles de almas condenadas al infierno aullaban en medio de torturas indecibles. Los espíritus de los que habían sido sus víctimas giraban en torno a él mientras un demonio sin rostro lo flagelaba incesantemente azotándolo con un látigo. El gritaba enloquecido hasta que en un momento los espectros se introducían en su boca abierta ahogándolo, apagando el desesperado pedido de clemencia. Eso era todo. Luego se despertaba y trataba de recobrar la calma, aunque el sabor amargo de aquella visión le duraba todo el día. Él no era religioso, pero la conciencia del cielo y del infierno estaba impresa en sus genes, una mezcla de temor reverente a lo desconocido y superstición mística. No estaba muy seguro de lo que vendría después de la muerte, pero percibía que de haber algo, no sería nada bueno para él. El aquí y ahora era lo único que tenía, lo único importante al fin de cuentas.

Reconoció que su presente se había visto alterado desde el trabajo de la chica. Había quedado conectado con ella, eso era indiscutible. No podía quitársela de la cabeza desde aquel día. La intensa experiencia compartida había generado un vínculo, como un cordón umbilical que los unía. Aquella frágil jovencita de belleza inocente había matado a un ser humano, había hecho justicia donde el sistema penal había fallado lastimosamente, había sido llevada a una situación límite y el salvajismo innato del ser humano había salido a la superficie. Casi la admiraba por eso. Las escenas de aquel día volvieron a cobrar vida. Allí estaba ella, temblorosa, con el brazo armado extendido, el rostro desfigurado por el llanto y la tensión, pero aun así con un magnetismo irresistible, como un trágico ángel vengador. Esa imagen permanecía en su memoria. El jamás hacía contacto con el cliente. Era una regla básica que había contribuido al éxito de su actividad. Pero en este caso todo había sido distinto. Había quebrado todas las reglas con absoluta conciencia. Se levantó del sillón y encendió el televisor. Buscó un programa de noticias para ver si pasaban algún caso policial. Le gustaba estar informado de todos los crímenes que tomaban estado público. Nunca se sabía quién sería su próximo cliente. El teléfono celular sonó a unos pasos de él. Esperaba una llamada de su intermediario para confirmar unos datos del caso en el que trabajaba. Al escuchar la voz proveniente del aparato quedó paralizado.

—¿Hola, hola? ¿Fabiano es usted? Soy yo, Soledad…

El hombre atinó a balbucear un saludo de compromiso.

—Discúlpeme que lo llame, pero no se me ocurrió otra persona a quien recurrir en este momento. Es decir, no tengo a nadie más con quien hablar libremente de ciertas cosas, nadie que pueda comprender la gravedad de la situación que estoy pasando. Todos me resultan extraños, hasta mis amigos y familiares más cercanos.

Fabiano escuchó sollozos entrecortados del otro lado.

—Vivo recluida todo el tiempo en mi departamento. No quiero ver a nadie. A veces tengo miedo de lo que pueda hacerme a mí misma. Todos creen que es por el trauma del asalto. Pero la verdad es que ya no soy la misma. Usted tenía razón cuando me decía que no sería fácil. No es que esté arrepentida, es otra cosa. No tengo un segundo de paz.

Soledad hizo una pausa para recuperar el aliento. El hombre comprendió que ella estaba sufriendo las consecuencias de su venganza. Sabía que una cosa era atreverse a oprimir el gatillo y otra muy distinta era convivir con esa experiencia de allí en adelante. No se podía hacer algo así y salir indemne. Igualmente no había palabras que aliviaran esa pesada carga. Se sintió invadido por una creciente inquietud. No le gustaba el rumbo que estaba tomando la situación. Le parecía que había juzgado erróneamente a la joven. Se estaba desmoronando de a poco. Ya sabía cómo culminaban esos dilemas de conciencia. La confesión resultaba ser la única tabla de salvación.

—En fin, pensé que usted podría ayudarme, o al menos escucharme. Ya sé que a lo mejor le parece inapropiado que nos veamos, pero aquel día cuando nos despedimos, me pareció que de alguna manera se había generado un nexo entre nosotros. Tal vez es sólo una idea mía. ¡A veces siento que me estoy volviendo loca! Hace varios días que quería llamarlo pero no me atreví. Perdone la franqueza, pero desde aquel día no puedo dejar de pensar en usted. ¡Estoy desesperada!

Fabiano se mordió el labio inferior. Había escuchado lo suficiente. Se reprochó el haber alterado su modo habitual de operación. Ahora se encontraba en una posición incómoda. Sentía pena por ella; pero comprendía que el vínculo que los relacionaba era un peligro latente, debía hacer algo de inmediato. No podía permitirse un gesto de debilidad que de seguro lamentaría en el futuro. Ella era una bomba de tiempo que debía ser desactivada. El instinto de conservación era más fuerte que cualquier otro sentimiento. Separó el teléfono de su oído. La voz del otro lado se fue esfumando gradualmente. Apretó el botón de apagado. Debería cambiar el aparato antes de lo previsto. Ya era una rutina que tenía bien aceitada. Luego se quedó en blanco por un momento, absorbiendo el efecto de la medida que debía tomar, consciente de que estaba sentenciado a llevar una vida cruel, desprovista de todo rastro de compasión. Se dirigió al mueble que hacía las veces de archivo. Extrajo uno de los cajones. Allí, en un orden digno de ser envidiado, se encontraban los legajos de todos aquellos que estaban relacionados de alguna manera con su trabajo: “blancos”, clientes, intermediarios, soplones. Extrajo una carpeta. La abrió y se quedó contemplando largo rato la foto de su próxima víctima. Luego cerró los ojos para no ver más esa imagen, pero el hermoso rostro de Soledad todavía seguía vívido en su retina, como lo estaría hasta el fin de sus días.