Tiempo Pasado

Carlos Donatucci

Orillaban las nueve de la mañana cuando Julio Valverde salió del baño. Peinado y recién afeitado se dirigió a la cocina para hacerse el desayuno. Estaba contento. Ese no era un día cualquiera, era el día de su cumpleaños ochenta y cuatro. Se le había ocurrido una idea novedosa para alterar la rutina del festejo: llamar por teléfono a sus amigos antes de que ellos hicieran el consabido llamado de salutación. Sería una buena manera de darles una grata sorpresa. Debía comenzar temprano para ganarles de mano. Sabía que esos viejitos dormilones no empezarían a llamarlo antes de las once. Ya se regodeaba imaginando las caras de asombro cuando escucharan su voz. También era una manera elegante de sacarlos de un apuro en caso de que alguno de ellos se olvidara de la fecha, cosa que sucedía cada tanto y últimamente con mayor frecuencia.

Terminado el refrigerio se ubicó en la mesa del living a fin de confeccionar una lista, en lo posible casi selecta. No quería hacer muchos llamados, sólo unos pocos, a sus amigos preferidos. El tano Muratore no podía faltar. Lo conocía desde la primaria. Habían compartido figuritas, bolitas, tardes de castigo en la dirección del colegio e interminables partidos de fútbol en los potreros del barrio de la Boca. Cuántas noches habían dormido en casa de uno o del otro, trasnochando incansables, alumbrados por linternas mientras conversaban de aquellos temas triviales de la infancia, ocultos bajo las respectivas sábanas. El padre del Tano había fallecido en esa época y Julio se le había pegado de tal manera que parecía su sombra. Esa experiencia los había sellado para siempre. De allí en más Julio se convirtió en el hermano del alma. El Tano era el único de la clase con el que se había mantenido en contacto cuando sus caminos se separaron en la secundaria. Él había ido al industrial, mientras que el Tano había seguido bachillerato. Nunca dejaron de verse y esa relación se afianzó con el tiempo, soportando los cambios que cada uno iba sufriendo con el inevitable aprendizaje del crecimiento. La lealtad del Tano para con Julio jamás decayó.

Florencio Cabañas era otro. Lo había conocido durante el servicio militar. ¡Cómo lo batían con el nombre! “Florencio”. “Ese no es nombre de varoncito”, le decían continuamente para ver si picaba. Florencio era santiagueño. Nunca se le movía un pelo —difícil que ese pelo corto e hirsuto se le moviera un ápice— y los miraba con una expresión mezcla de furia e indulgencia que era un poema. Siempre se contenía y callaba. A la larga esa actitud le valió el reconocimiento de los bravucones que orientaron el objetivo hacia otros candidatos más sanguíneos, más susceptibles de reaccionar a las continuas bromas. Con el tiempo Julio comenzó a apreciar las cualidades de Florencio. Tocaba la guitarra y la armónica al mismo tiempo. Esa era una hazaña mayúscula en aquella época. Sabía hacer segundas voces que cantaba con una voz grave y profunda. Por último, la cualidad más saliente y apreciada en ese ambiente: nunca le faltaban cigarrillos. Nadie sabía de dónde los sacaba, pero allí estaban. Tampoco tenía problemas en convidar, así que el santiagueño pasó de ser blanco de las burlas a ser uno de los conscriptos más apreciados del cuartel. Cuando terminó el servicio militar después de casi dos largos años, se comprometieron a seguir la amistad. Aunque Florencio volvió a Santiago siempre hubo oportunidades de encuentro y el aprecio entre ambos creció sin pausa.

Por último, Martín Peralta. Habían sido compañeros de trabajo por muchos años. Tal vez su mejor amigo, a juzgar por la cantidad y calidad del tiempo compartido. Habían coincidido en una de esas empresas paternalistas en la cuales se pasaba por todas las categorías del escalafón vigente, ascendiendo gracias a la capacidad que demostraban y al empeño en cumplir con sus deberes y obligaciones. Martín iba siempre un paso adelante de Julio. En muchas ocasiones había sido supervisor, jefe o gerente de Julio, quien siempre lo había admirado. El conocimiento y capacidad profesional de Martín era proverbial. Como superior era ideal. Siempre sabía más que sus subalternos, ganándose de esa manera un liderazgo natural más allá de su cargo, y de no saber algo, no tenía el menor empacho en reconocerlo. Sabía valorar una buena idea viniera de quien viniera, cosa verdaderamente inusual en el ámbito laboral. Habían sido camaradas inseparables y el respaldo mutuo no había faltado jamás.

Julio observó la lista. Tres nombres. Parecía poco. ¿Resumían cabalmente esos nombres ochenta y cuatro años de vida, en los cuales se había movido en muy variados ambientes relacionándose con todo tipo de gente? ¿Había sabido él sembrar apropiadamente o la escasez de la lista indicaba que la cosecha había sido magra? No había amigos recientes en el listado. Tal vez se debía a que su capacidad de entrega y apertura emocional se habían deteriorado con los años, volviéndolo reticente e introvertido. Al fin concluyó que esos nombres eran suficientes. Esos tres nombres encerraban una inmensidad de vivencias compartidas. Esos nombres resumían, cada uno a su manera, lo que Julio había valorado y esperado de quien se llamara su “amigo”.

Se levanto de la silla para reubicarse en un mullido sillón con un enorme respaldo, que había ido pasando de vivienda en vivienda a medida que su hábitat se había achicado en las sucesivas mudanzas. El sillón había resistido los embates de quienes lo creían una reliquia no sin sufrir un par de retapizados. Allí a su alcance estaba el teléfono fijo, sobre una mesita redonda. Había considerado dar de baja la línea muchas veces ya que tenía un celular que casi no usaba. No lo había hecho todavía, probablemente más por razones sentimentales que prácticas. El teléfono era del tipo antiguo, de baquelita negra y con disco, aunque adaptado para funcionar con las líneas modernas de tono. Tenía aparatos más nuevos en el departamento, pero ese era su predilecto. Tomó una agenda telefónica de tapas negras, llena de tarjetas y notas sueltas. Se calzó los anteojos. Comenzó a pasar las páginas repletas de anotaciones, cuidando de no dejar caer nada en el proceso. Ubicó primero al Tano. “El orden es importante”, se dijo convencido. Comenzó a discar con mano temblorosa. Luego de algunos ruidos se escuchó una voz cascada y vacilante.

—¿Sí?, ¿quién habla?

—Hola Tano, soy yo, Julio.

—¿Julio?, ¿qué Julio?

—Julio Valverde, paparulo. Tu compañero de la primaria. ¿Ya te agarró el alemán?

—¡Ah hola Julito! Disculpame que no te reconocí la voz. ¿Cómo te va querido? ¿Hoy no es tu cumpleaños?

—Sí, sí, es mi cumpleaños, por eso te llamaba, para que no te olvides de saludarme.

El tano comenzó a reír por la ocurrencia, pero la risa se transformó en un ataque de tos fulminante que duró algunos segundos. Julio escuchaba preocupado. Una vez recuperado, el Tano prosiguió: —Mirá que sos loco che. Llamar vos en lugar de recibir los llamados de los otros. Siempre fuiste medio loco vos…

Julio rió de buena gana. Qué bien le hacía hablar con el Tano. Lo transportaba a esas aulas amplias con bancos de madera y pizarrones negros, con las siempre recordadas maestras de impecable guardapolvo blanco. El pobre Tano había estado a punto de terminar sus días en un geriátrico. Se preguntó cómo era que venía zafando. A lo mejor tenía alguien que lo cuidaba. Julio no osaba tocar el tema. Cómo agradecía que él todavía era autoválido. No había nada en el mundo que le resultara más importante. Poder valerse por sí mismo era el tesoro más preciado. Su estado físico era bastante bueno para la edad que tenía. Los achaques esperables, nada serio. El Tano estaba complicado. Requería cuidados especiales. Por supuesto no hablaba de otra cosa más que de sus dolencias y problemas económicos. Cobraba una jubilación miserable y se lo hacía saber a todo el mundo. Julio miró el reloj. Habían hablado casi una buena hora. Saludó efusivamente al Tano y tuvo que despedirse varias veces antes de que su amigo cortara la verborragia.

“Este Tano es tremendo”, se dijo colgando el aparato. Sintió un calor intenso en la oreja derecha. Quería darle un descanso, pero se le había hecho un poco tarde. Tomó la libreta y buscó al Santiagueño. Discó y esperó pacientemente a que alguien tomara la llamada.

—Hable —dijo una voz con tono marcial.

—Hola Florencio —dijo Julio reconociendo la voz de su amigo—, soy Julio, Julio Valverde.

—¡Hola Julito!, ¡qué bueno que llamaste, tanto tiempo! Esperá que me siento, que no puedo estar mucho tiempo parado.

Después de unos momentos la voz del santiagueño irrumpió en el auricular.

—Ahora sí. Pero che, ¿no es tu cumpleaños por estos días?

—Sí, es hoy, por eso te llamo para que no te olvides. Como sos un viejo carcamán…

—Ja, ja, todavía me seguís cargando, aunque ya no te parece que tengo nombre de mujercita, ¿no?

—No, claro que no —dijo Julio—. Contame un poco de tu vida. Hace mucho que no tengo noticias tuyas.

El Santiagueño se explayó de lo lindo. Problemas era lo que le sobraba. Con las hijas, que no lo dejaban ni a sol ni a sombra, con la plata que no le alcanzaba, con el gobierno de turno que no pegaba una, con el futbol, con todo.

—¿Seguís tocando la guitarra? —preguntó Julio para interrumpir la chorrera de quejas y reorientar el rumbo de la charla.

—No, qué va. No puedo. Tengo los dedos a la miseria. Si hasta eso me ha quitado la vida, ¡la pucha digo! Con lo que me gustaba tocar y cantar. Bueno, cantar lo que se dice cantar, tampoco puedo. Las cuerdas vocales ya no me dan. Sueno como un disco viejo mi amigo.

Julio escuchaba en silencio. Se le hizo un nudo en la garganta. No imaginaba al Santiagueño sin su amada guitarra. No pasaba un rato sin que la empuñara para entonar alguna melodía de su tierra o un tema popular, o lo que fuera. Era como un apéndice de sí mismo, una extensión de su personalidad. La conversación duró un rato más. Apenas colgó el auricular notó que le había dejado un sabor amargo. Las pérdidas sufridas se habían hecho evidentes. Eran como una herida palpitante imposible de restañar.

Julio trataba de no poner el foco en lo que había perdido. Había aprendido que esa práctica lo llevaría indefectiblemente hacia la depresión. Había que enfocarse en lo que todavía se tenía, esas capacidades invalorables que lo ayudaban a continuar transitando el final del camino. Verificó la hora. Era tarde. Todavía tenía que llamar a Martín. Lo había dejado para el final. Notó una incomodidad en la vejiga. “Tengo que ir al baño”, se dijo. Sabía positivamente que se trataba de un trámite que más le valía no postergar. Se levantó con toda la premura que le permitían sus huesos y se internó en el baño. Después de unos minutos la descarga del inodoro indicaba el final de la tarea.

Se dirigía nuevamente hacia el sillón cuando vio un sobre que habían pasado por debajo de la puerta. “Qué raro, quién querría escribirme”, se dijo con curiosidad. Tomó el sobre y constató que se trataba de la compañía telefónica. “Y ahora qué querrán estos atorrantes”, masculló con fastidio. “Plata, seguramente”, concluyó mientras se afanaba en abrir el sobre. Cuando logró extraer la carta se calzó los anteojos y leyó:

“Estimado Sr. Valverde, le notificamos que después de tres meses del corte del servicio no hemos recibido el pago correspondiente a la deuda por el abono telefónico, por lo cual no le restituiremos el servicio en la medida que no se efectúe el pago.”

El texto continuaba, amenazante. Julio bajó la carta. No quiso leer más. Casi sin proponérselo dirigió la mirada al living. Debajo de la mesita redonda se veía claramente el cable del teléfono desenchufado, caído debajo de la ficha hembra de la pared. Una puntada de angustia lo atravesó de lado a lado. Se dirigió pesadamente hacia el living arrastrando los pies. Se desplomó sobre el sillón, abatido. Sus pensamientos eran como una tromba que giraba sin control. Multitud de imágenes brotaban de su mente afiebrada sin orden ni relación. El velorio del Tano, una tarde lluviosa de abril que nunca olvidaría en su vida. Tampoco olvidaría la máscara de horror en la que se había convertido el rostro sin vida del Tano, flanqueado por las puntillas de la mortaja. Cerró los ojos para quitarla de su vista. La carta de una de las hijas del Santiagueño diciendo que estaba en un geriátrico con demencia senil apareció ante sus ojos. El Santiagueño, ese gallardo muchacho que había conocido en la colimba y que había sido un ejemplo para todos por su humildad y nobleza, no conocía ni a sus hijas. Se había convertido en un ser huraño y agresivo. No se resignaba a aceptarlo, no podía ser cierto. El carrusel de imágenes llegó a su clímax cuando la cara de Martín brotó de las sombras diciendo que se iba a vivir a Europa. Fue como una puñalada en pleno corazón. Cuando recibió la noticia de su fallecimiento en Italia algo se quebró dentro de él. No había podido siquiera darle el último adiós a su mejor amigo. El vacío que dejó fue como un abismo insondable. Los días de aislamiento y soledad que sucedieron al evento lo sumergieron en un estado de alienación profunda.

Su mente agobiada ya no pudo soportarlo. ¿Por qué habría de ser una víctima indefensa de ese presente solitario y final teniendo un pasado benigno al cual echar mano cuando fuera necesario? Aún más cuando del pasado se podían extraer aquellas experiencias felices, gratificantes, dejando de lado el dolor de las traumáticas. Era perfecto. El tiempo pasado le ofrecía brazos protectores donde guarecerse de las inclemencias de una existencia decadente y estéril. Julio había desafiado los límites de la física probando fehacientemente que no era necesaria una máquina del tiempo para transportarse al pasado. Bastaba con una mente atormentada por el presente y temerosa del futuro. Pero a veces, algo echaba todo a perder, algo descorría el velo, la chispa de lucidez que le devolvía la conciencia haciendo que la realidad surgiera como un monstruo fantasmagórico dispuesto a devorar lo que le restaba de cordura.

Julio comenzó a revolverse en el sillón, gimoteando como un niño. El sufrimiento infligido por su propia imaginería ya le resultaba insoportable. Sacudió vigorosamente la cabeza para interrumpir el tormento, tratando de desembarazarse de tan crueles recuerdos. La carta cayó al suelo. Julio ocultó el rostro entre las manos para contener las lágrimas, como si de esa manera pudiera ocultarse de la realidad o mitigar sus consecuencias. El carrusel se detuvo al fin. Ningún ruido se percibía en la habitación más que los sollozos que sacudían el cuerpo del anciano. Al poco tiempo el silencio se adueñó de la estancia por completo. Julio reposaba en el sillón, inmóvil, con la mirada perdida en algún punto indefinido de la pared de enfrente. Las sombras comenzaban a teñir de grises el lugar cuando salió del letargo. Miró el reloj. Se sobresaltó al ver como había pasado la hora. Vio la libreta abierta en la página donde figuraba el nombre del Santiagueño. Un profundo desasosiego se agitaba en el fondo de su alma, una sensación de confusión perturbadora, como si hubiera olvidado algo de vital importancia.

De repente lo recordó. ¿Podía ser tan estúpido como para olvidarse de que era el día de su cumpleaños? Todo le vino a la memoria en un instante, la idea de llamar a sus amigos antes de que ellos lo llamaran a él y las conversaciones con el Tano y el Santiagueño. Entendió por qué la agenda estaba abierta en esa página. Entonces sólo le faltaba llamar a Martín. Tomó la agenda con premura, pasando las páginas hasta llegar a la que buscaba. Descolgó el auricular y discó con mano más temblorosa que de costumbre. La inquietud se disipó un tanto al escuchar el tono de llamada. Finalmente, una paz reparadora lo colmó al oír del otro lado la voz de su mejor amigo diciendo: “¿Hola? ¿Quién habla?”