Su mejor gol

Un cuento de Carlos Donatucci

Su mejor gol

—¡Solo, estoy solo!, ¡pasalaaaaa! —La cara del Tano Pezotto se transfiguró de furia cuando vio que el Rubio Fernández había pateado al arco a pesar de que él estaba en una posición muchísimo mejor.

—¿Estás loco vos?, no te vi, ¿qué te pasa?... —le respondió el Rubio de mala gana. El Tano se le estaba yendo al humo cuando los demás jugadores lo tuvieron que agarrar para pararlo. En cierta forma, el Tano tenía razón. Un oportuno silbatazo los paró en seco.

—¡Bueno, basta!, todos a bañarse; por hoy ya fue suficiente. Mañana los espero bien temprano, ¡rajen! —La voz del entrenador terminó la discusión. Todos miraron al Tano para ver si se había calmado. El partido entre titulares y suplentes había terminado por anticipado. El ambiente estaba caldeadito cuando los futbolistas se dirigían a los vestuarios.

—¡Déjenlo al turro ese!, lo que pasa es que es un morfón de m... —dijo el Tano entre dientes.

El Rubio llegó a escuchar la frase, pero no se molestó en lo más mínimo. Sabía que el otro estaba en lo correcto. No le había pasado la pelota a propósito. “¡Ni loco te la voy a pasar!”, se dijo el Rubio, “¡antes muerto!”

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El club de fútbol donde Pezotto y Fernández jugaban era uno de los más importantes de la Capital. Su importancia no residía en haber ganado muchos torneos en primera división, sino en el poder de convocatoria que tenía con la gente. Era realmente conmovedor ver como los hinchas lo seguían a pesar de la falta de títulos. Esa temporada los directivos habían hecho un esfuerzo descomunal para reforzar el plantel. Por primera vez en muchos años estaban prendidos entre los primeros puestos. Dos de los nuevos refuerzos, Pezotto y Fernández, ambos delanteros, habían convertido casi todos los goles del equipo. Éstos provenían de clubes tradicionalmente rivales y no se llevaban para nada bien. Un hecho que agravaba la situación era que ambos estaban en los primeros lugares de la tabla de goleadores del torneo y se celaban constantemente. Pero Fernández calentaba la pava mucho más que el otro. Era tremendamente egoísta y hacía lo imposible para que el Tano no convirtiera un gol.

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El bar hervía de actividad. El murmullo de las conversaciones llenaba el ambiente. La gente volvía la cabeza hacia la mesa donde podían reconocer a uno de los goleadores del campeonato, acompañado por su representante.

—Tenemos que hablar de tu contrato. La temporada está terminando y todavía no renovaste, ¿Qué te pasa viejo? —El hombre, de baja estatura, miraba al futbolista con preocupación.

—Nada, no me pasa nada. Es el Tano ese que me tiene podrido, nada más.

—¿Quién, Pezotto? Anda derecho para el arco ¿no? —Apenas terminó sus palabras comprendió que hubiera sido mejor callarlas.

—¡No más que yo!

La mirada del Rubio era filosa como el tono de su voz.

—No estoy seguro de querer seguir en el club el año que viene, a lo mejor me podés encontrar algo afuera, que no me vendría para nada mal.

—Las cosas no están fáciles —dijo el representante a la defensiva—. Si no tenés algún contacto importante no pasa nada.

—¿Y vos, cuándo vas a tener algún buen contacto, para variar? Ya es hora de que los tengas —replicó el Rubio con acidez. El golpe bajo llegó a destino.

—Mirá Rubio, a veces te ponés insoportable; si no estás conforme conmigo decímelo francamente, que para eso somos amigos de hace muchos años. No merezco este maltrato. Cuando se te pase la mufa llamame. ¡Nos vemos!

El Rubio se quedó mirando el techo hasta que el otro salió apurado del bar. Enseguida se lamentó por lo que había dicho. Desquitarse con su amigo no había sido muy justo de su parte, pero no pudo evitarlo. Estaba mal en esos días, fuera de control. Y no era por el Tano, había otra cosa que le trabajaba la cabeza. En los últimos meses le había costado un triunfo ir a entrenar. Ya no disfrutaba como antes jugando al fútbol. El deporte que había llenado todos los rincones de su vida lo estaba aburriendo. “Es cierto”, se decía, “para mí es un trabajo, yo vivo de esto”; pero nunca lo había visto de esa manera. Había perdido la frescura, la alegría y eso se notaba en el campo de juego. Se había ido del club anterior dando un portazo, peleado. Por cierto, sabía que ahora no le estaba yendo muy bien. Sus compañeros no lo querían, lo consideraban un mercenario, un comerciante. Lo toleraban a duras penas. Él había contribuido a fomentar ese resentimiento con sus continuas actitudes de vedette. Era muy difícil que pudiera revertir la situación. Por eso quería irse, no soportaba verse aislado y odiado. Para colmo de males, el domingo siguiente tenían un partido importante. De ganarlo, pasarían a estar a sólo dos puntos del líder del torneo. Se levantó de la silla y dejó unas monedas en la mesa. El mozo se acercó sonriéndole con simpatía.

—¡Chau Rubio, suerte para el domingo! —Él se dio vuelta ignorando el saludo y se encaminó derecho hacia la puerta, sin mirar a su alrededor.

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El estadio del club estaba repleto. Aunque no era muy grande, las tribunas ofrecían un espectáculo imponente. Era bravo jugar allí porque la gente estaba muy cerca del césped y eso intimidaba hasta al jugador más fogueado. Había que soportar los insultos, salivazos, proyectiles y demás muestras de afecto de la parcialidad rival, siempre atenta a demostrar su cariño. En el vestuario local se podía palpar la tensión. Los futbolistas del club estaban conscientes de la parada que se jugaban. El entrenador los arengaba. A Fernández le pareció notar que la insistencia acerca del “juego de equipo” era un claro mensaje para él. En un momento giró la cabeza y vio a Pezotto y al Capitán que lo miraban con recelo. “Me deben estar sacando el cuero de lo lindo”, se dijo el Rubio con una indiferencia total. A él le importaba muy poco “el equipo”; era un concepto que no estaba entre las bases de su filosofía de vida, al menos en los últimos años, en los que había peleado con uñas y dientes cada centímetro de terreno dentro de los planteles que le había tocado integrar. Obtener la titularidad y evitar que otro lo desplazara eran sus objetivos primarios, además de ser el goleador máximo siempre que pudiera conseguirlo.

El ayudante de campo les informaba que había llegado el momento de salir a la cancha. Cada vez que recorría el túnel se imaginaba a sí mismo como un gladiador saliendo a la arena del circo Romano, donde la inmensa multitud sedienta de sangre esperaba con ansias el dantesco espectáculo. El ruido de los tapones repicando sobre el cemento del piso se volvió ensordecedor, mezclándose con el canto de las hinchadas a medida que se acercaban a la salida. Se sintió mal, descompuesto. El corazón le latía descontrolado. Cuando pisó el césped miró hacia las tribunas colmadas y saludó junto con el resto de sus compañeros. La hinchada coreaba los nombres de cada uno de ellos. Él esperaba ansioso que le llegara el turno. Esta práctica les permitía comprobar la popularidad que cada uno tenía. Le pareció que Pezotto había tenido más aplausos que él y eso le calentó la sangre. El Tano le llevaba tres goles en la tabla. Estaba a dos del primero, con posibilidades de ganar el premio al goleador de la Asociación.

El árbitro miró a ambos lados del campo y sopló el silbato iniciando el encuentro. El Rubio estaba nervioso, raro en él, que ya tenía una larga experiencia a cuestas. La sensación de malestar que había sentido en el túnel no lo había abandonado, lo tenía incómodo. “Ya se me va a pasar”, se dijo y trató de concentrarse en el juego.

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Promediaba el segundo tiempo. El partido estaba dos a dos. Los dos goles del club los había marcado Pezotto. Eso lo colocaba primero en la tabla de goleadores; pero a ellos se les escapaba una inmejorable posibilidad de alcanzar al líder. El Rubio estaba que trinaba. Hacía un rato largo que jugaba para él mismo, con la intención de acortar la distancia que lo separaba de Pezotto. Se había perdido varios goles por “morfón”. Primorosos insultos bajaban de la tribuna demostrándole con claridad que los hinchas no estaban contentos con su desempeño. Hasta sus compañeros lo querían matar, al punto de que ya no le pasaban la pelota para no desperdiciar los avances.

En un momento dado, se produjo un rebote en la mitad de cancha. El balón le cayó servido en sus pies, volcado sobre el lateral izquierdo del campo. Arrancó con el veloz pique corto que lo distinguía y pasó a un rival, encarando directo hacia el área. Amagó el desborde por afuera y enganchó a la derecha con un quiebre de cintura, esquivando una violenta patada que lo hubiera partido al medio. Ya estaba casi dentro del área. Levantó la cabeza y lo vio al Tano, solo, pidiéndole la pelota a los gritos, levantando la mano. Dudó un segundo si dársela o patear él, dado que ya podía hacerlo. La gente en las plateas se paró intuyendo la proximidad del gol. Se afirmó sobre su pierna izquierda para pegar el derechazo al arco pero el instante perdido le resultó fatal. Sintió un feroz impacto sobre su costado derecho que lo arrojó por el aire con fuerza al ser atropellado por el marcador central del equipo rival y cayó casi de cabeza al suelo, pesadamente. Lo último que escuchó fue el pitazo del árbitro cobrando el penal, antes de que todo se volviera confuso y la oscuridad lo cubriera por completo.

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Cuando abrió los ojos, el sol seguía brillando como siempre, pero el cielo parecía más limpio, más claro. Unos brazos lo levantaron del suelo. Varias caras lo miraban con evidentes signos de preocupación.

—¡Rubio, Rubio! ¿Estás bien? ¡Te diste un flor de cocazo!

Miró y no lo podía creer. Allí delante de él estaba el Petiso Vidal, su representante, en una increíble versión de cuando tenía diez años. Ya había olvidado la cantidad de pelo que tenía el atorrante. A su lado estaban el Gordito Sanguinetti y el Loco Páez, las caras sucias y transpiradas, esperando que reaccionara. Él se miró y desde arriba reconoció los botines “Sacachispas” que le había comprado su viejo después de meses de incansable insistencia. Levantó la vista y contempló a los tres, embobado.

—¡Dale Rubio! ¿Qué te pasa? ¡Dale!, que estamos empatando y somos locales.

El viejo potrero de la vía y Suárez estaba igualito. La misma tierra que se les pegaba a los tobillos, rodillas, cara y que su madre sacaría con interminables rezongos; los mismos arcos de adoquines, las mismas medianeras que eran como impasables murallas cuando la pelota se iba al otro lado, traicionera. La pelota, “la número cinco”, reposaba sobre el piso de tierra esperando la reanudación del desafío. La habían comprado con un esfuerzo terrible. Estaba cosida a mano. No era como las de ahora, plastificadas; ésta era de cuero “de verdad” y ellos la cuidaban con devoción, pasándole grasa, desinflándola cuando no la usaban, dejándola celosamente guardada. Los ojos se le humedecían de la emoción; el Petiso Vidal lo agarró de un brazo y se lo llevó aparte, intranquilo.

—Che, si no podés seguir decime. Si te llegás a lastimar tu vieja me mata.

Él lo contemplaba incrédulo. Ya lo cuidaba desde que eran pibes, como lo haría toda la vida. El Rubio sabía que ambos compartirían las inferiores en un importante club hasta aquella desafortunada tarde en la que el Petiso se rompió los ligamentos de la rodilla derecha y no pudo jugar más en clubes afiliados. Ambos lo lamentaron siempre. Todavía recordaba al Petiso diciéndole que no se preocupara, que sería su representante cuando jugara en primera.

—¡Movete Rubio, que nos están esperando!

Los pibes del equipo de la otra cuadra ya hablaban algo acerca de “un arrugue”. El daño podía ser irreparable si ellos se borraban.

—Ya estoy bien, ¿qué pasó? —dijo el Rubio, simulando recobrar el sentido.

—Tenemos que patear el penal, ¿no te acordás? Quedaste medio boleado vos. Si lo metés ganamos, ¡dale!

El Loco le dejó la pelota en las manos. Él sabía positivamente que el mejor pateador de penales de su equipo era el Gordito Sanguinetti, el arquero volante. Volante por lo redondo, le decían; pero pateaba los penales como los dioses. Después de unos momentos de vacilación se volvió hacia el Gordo.

—Vení Gordo, patealo vos —se escuchó decir.

—¿Estás seguro? ¿No lo querés patear vos? –dijo el Gordo alarmado.

—No, quedate tranquilo Gordo; ¡andá y metelo!

El Gordo no falló. Un sentimiento de felicidad inigualable los inundó cuando terminó el partido, como si hubieran ganado un mundial con ese gol.

—¡Gracias Rubio, sos un capo! —le dijo el Gordo, con una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Por qué che?

—¡Por dejarme patear el penal, gilún!; no cualquiera lo hubiera hecho.

Sí, era cierto. No cualquiera. Pero él era uno de esos en esa época. Los rostros de sus amigos se disolvían a medida que la escena volvía a refugiarse en la noche de sus recuerdos.

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Alrededor del Rubio reinaba el caos. Los jugadores rivales hostigaban al árbitro por haber cobrado el penal mientras los jueces de línea se esforzaban por protegerlo. El médico del club trataba de sacar al Rubio Fernández del estado de idiotez en el que se encontraba hacía largos minutos. Además, había un definitorio penal a ser pateado. El Rubio estaba atontado. No terminaba de recuperarse del fuerte golpe que se había dado al caer. El entrenador preguntaba si podía continuar o tenía que cambiarlo. Las dos hinchadas gritaban enloquecidas ante la inminencia del penal. Los respectivos cánticos se cruzaban en el espacio sacándose chispas.

El delantero salió de su estupor y dijo que podía seguir, sabiendo lo que eso significaba. Los goleadores del equipo tenían un arreglo que determinaba que si a cualquiera de ellos le cometían un penal, ése mismo sería el encargado de patearlo. Esto lo señalaba a él como ejecutor del disparo. El Capitán se acercaba con la pelota en la mano. Se la entregó mientras lo miraba para asegurarse de que estuviera en sus cabales.

—No lo vayas a errar, ¡mirá que la cosa está que arde!

“Gracias por el aliento”, pensó el Rubio, mientras caminaba con el balón hacia el punto del penal. Acomodó la pelota con la minuciosidad de un cirujano y retrocedió unos pasos. Se dio vuelta para enfrentar al arquero. Todavía le duraba el mareo. El recuerdo de la visión que había tenido estaba fresco en su memoria. Pensó que no le gustaba la persona en la que se había convertido. De qué le valía la guita y la fama si todos pensaban que era un mercenario egoísta, incapaz de tener un gesto de nobleza para con nadie. No era afecto a las películas donde el malo se arrepentía de golpe, convirtiéndose en el muchacho bueno del día a la noche; pero presentía que ésta era su última oportunidad para producir un cambio, un giro en su vida. “¿Por qué no?”, se dijo.

El árbitro hizo sonar el silbato. El Rubio no se movió. Miles de pares de ojos lo observaban expectantes. De pronto, un murmullo de sorpresa se levantó de las tribunas cuando él dio la vuelta y se dirigió hacia Pezotto. Nadie en el estadio entendía que cuernos estaba pasando.

Se paró frente al Tano y le dijo:—Andá Tano, patealo vos. —Sabía que el Tano quedaría solo al tope de la tabla de goleadores si convertía, pero ya no le importaba.

—¿Qué te pasa che?, ¿el golpe te dejó tarado? —le dijo el Tano con desconfianza—. Después te vas a arrepentir.

—No, estoy perfectamente; sé muy bien lo que estoy haciendo, ¡andá y metelo!

Pezotto lo traspasó con la mirada pero no detectó ni una pizca de sarcasmo en el rostro del Rubio. Lentamente se encaminó hacia el área. El Tano agarró la pelota y la reacomodó a su gusto en el punto del penal, cumpliendo con ese ancestral rito futbolero. El Rubio Fernández se dio vuelta, caminó unos pasos hacia el círculo central y permaneció de espaldas al arco rival. Escuchó el pitazo del árbitro presintiendo lo que vendría. Pasaron unos interminables segundos antes de escuchar el grito más hermoso que un futbolista pueda escuchar, el grito de gol. Se dio vuelta y vio a sus compañeros corriendo enloquecidos hacia Pezotto. El Tano los esquivaba a todos para salir disparado hacia donde estaba él, la boca redonda, el brazo extendido, señalándolo con el dedo índice, dedicándole la conquista.

En unos instantes, el Tano se le tiraba encima en un loco festejo. Pocos segundos después se encontraba en la base de una pirámide humana vibrando unánime con el pulso del gol. Al fin era uno más de ellos, del equipo que tanto había despreciado. Había bastado sólo un simple gesto para producir el milagro. Mientras trataba de respirar bajo el peso de sus compañeros, una sensación de paz lo inundó, sabiendo que había dado un paso importante en su crecimiento personal. El árbitro soplaba el silbato urgiéndolos a continuar el partido. Al fin, la montaña humana se deshizo. Después de recibir el reconocimiento de todo el equipo, se dirigió hacia el centro del campo. Todavía faltaban casi quince minutos para que terminara el encuentro. Entonces, recordó la cara sonriente del Gordito Sanguinetti dándole las gracias y supo que había hecho lo correcto.

El juego se reanudó pero el resultado ya no le parecía tan importante. Su mente estaba en otro lado, en aquel potrero de al lado de la vía, en la calle Suárez. Pensaba que había hecho muchos goles valiosos a lo largo de su extensa carrera, pero sin duda, el de recién había sido su mejor gol.