Represión

Un cuento de Carlos Donatucci

Las caras serias de los presentes indicaban a las claras que la situación era realmente importante. La veintena de aborígenes permanecía en un denso silencio que nadie se atrevía a romper. Todos parecían estar sumidos en profundas cavilaciones acerca de lo que se había sugerido como acción a ser tomada: un piquete. Muchos habían secundado la moción pero otros no estaban del todo convencidos de que fuera la mejor opción para que sus demandas fueran escuchadas en Buenos Aires. ¡Qué lejos de allí parecía estar la capital! Otro mundo, tan ajeno al del norte del país.

Lulina movió la cabeza indicando que no estaba de acuerdo. Su cuerpo menudo se agitaba en la silla. Le tomó un tiempo hasta que se atrevió a abrir la boca.

—Quisiera decir algo —dijo titubeante—, si no les molesta.

Nadie objetó sus palabras.

—Me parece que es un error que cortemos la ruta hermanos. No es lo que se debe hacer.

—¿Y qué sugerís vos que hagamos, eh? ¿Que nos quedemos de brazos cruzados mientras nos quitan las tierras y nos echan de nuestras casas? Y mientras nos morimos de hambre —dijo Menates echando chispas por los ojos.

—Pero… ¿no hay una alternativa mejor? ¿Qué va a decir la gente de la cuidad cuando vean que no pueden circular? Qué vergüenza…

—Vergüenza les debería dar a ellos —terció doña Zakin¬—, de que nosotros vivamos así.

—Tenés razón pero… ¿Y si nos corre la policía? —dijo Lulina con el rostro congestionado por el temor.

—Pero claro, vos no sabés lo que pasa en la capital, ¿no? Allá cortan las autopistas, las avenidas, hasta acampan en la nueve de julio a metros del obelisco y no pasa nada. Según este gobierno no van a reprimir ninguna manifestación. ¿No sabías eso?

Las palabras de Menates no convencían a Lulina. Ella sabía que no era lo correcto.

—No sé, a mí me parece que no está bien. —La voz de Lulina se desvanecía en un susurro, vacilante.

—Hermanos, si no hacemos algo para que nos escuchen no tendremos ayuda de ninguna clase, debemos cortar la ruta y esperar a que se acerquen los periodistas para que puedan recoger nuestras demandas, no nos queda otra —dijo Menates con énfasis—. Votemos de una vez y veamos qué pasa. Se hará lo que decida la mayoría.

Lulina aceptó a regañadientes sabiendo que en muchas oportunidades las mayorías habían cometido errores históricos que luego fueron muy difíciles de subsanar.

—x—

Era una mañana gris, plomiza. El viento frio les azotaba el rostro mientras esperaban al costado de la ruta. Golpeaban el piso con los pies para acelerar un poco la circulación de la sangre, enfundados en cuanta prenda de abrigo tuvieran a mano. Alguien había llevado un termo con café, otros cebaban unos mates para calentar un poco las entrañas. Hacía ya un rato que estaban allí, esperando a que llegara la hora establecida para el corte. Un par de pancartas soportaban estoicamente el embate del viento.

Menates había asumido decididamente el liderazgo del grupo. Iba de un lado a otro dando ánimos, arengando, convenciendo a la gente de lo acertado de la medida, de los buenos réditos que sacarían a raíz del corte. Lulina lo miraba incrédula. Habían ido juntos a la misma humilde escuela primaria, se conocían desde pequeños. Nunca lo había visto tan activo, tan comprometido con su pueblo. Ella lo hubiera apoyado incondicionalmente en cualquier otra iniciativa, pero en este caso no estaba de acuerdo. Una inquietud creciente la dominaba a medida que se aproximaba la hora, temiendo las posibles consecuencias.

Una camioneta desvencijada se acercaba velozmente por el camino de tierra aledaño a la ruta. Era la de don Oreste, un viejo vecino del pueblo. Una vez estacionado el hombre se bajó agitado y se dirigió al grupo. La visita no parecía de buen augurio. Menates se dirigió a él de inmediato, tratando de ver qué era lo que sucedía.

—¡Menates, Menates!, se tienen que ir enseguida, no corten la ruta por favor.

—¡Epa don Oreste! ¿Qué le anda pasando que está tan agitado? A ver si le agarra un infarto.

—No, no, no estamos para bromas m’hijo, tienen que suspender el corte, el gobernador está viniendo de vuelta por esta ruta. Va a pasar por aquí un rato después de que empiecen. No le va a gustar nada que la ruta esté cortada, ¿sabés?

—¿Y usted cómo sabe? ¿De dónde lo sacó? —pregunto Menates desconfiado.

—Mi hija lo escuchó. Una amiga trabaja en la gobernación. Sabés que tiene mucho afecto por la causa de ustedes. Por favor, no pierdan tiempo. Eviten un problema muy serio.

—Mire don Oreste, le agradezco pero ya estamos listos para empezar, no podemos parar ahora, sería un papelón. En cualquier momento van a empezar a llegar los medios, ya no podemos dar marcha atrás.

El rostro del anciano se ensombreció al comprender que sus esfuerzos habían sido en vano. Presintió que algo malo se avecinaba, algo que él prefería ignorar.

—Bueno m’hijo, hagan como les parezca, yo tenía que avisar.

—Gracias, gracias, se aprecia de todos modos —dijo Menates ante las miradas preocupadas de los demás.

El anciano se alejó con paso lento, como cargando un enorme peso sobre sus hombros. Lulina y otros habían sido testigos mudos del diálogo. Ahora que don Oreste se había marchado Lulina expresó nuevamente su disconformidad. Menates le dijo que ya era la hora señalada, que ya era tarde. A su orden el grupo comenzó a invadir la cinta de asfalto con precaución, evitando los autos que pasaban raudamente. Aprovechando un momento en que no había tráfico cubrieron la mano que llevaba a la ciudad, enarbolando los carteles para que fueran visibles desde lejos. Estaba hecho, la ruta estaba cortada.

Los primeros autos en arribar frenaban de a poco a medida que se acercaban a ellos, hasta quedar a una distancia prudencial. En unos pocos minutos ya se habían juntado unos cuantos vehículos. Menates se ubicó al frente de grupo, portando un megáfono. Comenzó a hablar, lanzando consignas en contra del trato que se les daba a los pueblos originarios, criticando el poco cuidado que se les dispensaba. El resto de la gente aplaudía cada una de las frases, entonando algunos cantitos que tenían preparados de antemano. Todo parecía estar bajo control, según lo planeado. En cuanto llegaran los medios y pudieran hacer conocer sus demandas el objetivo estaría cumplido. Menates se felicitó a sí mismo, diciendo que al fin alguien había hecho algo concreto por su pueblo.

—x—

El corte llevaba ya un par de horas. La cola de vehículos parados era considerable. Los manifestantes habían entrado en calor, tomando confianza, envalentonándose ante el éxito obtenido. Menates estaba preocupado. Unos pocos periodistas habían acudido, pero ninguno se había aproximado a ellos. Daba la impresión de que estaban esperando que otro acontecimiento se produjera, de mayor interés para ellos. También se habían acercado un par de vehículos policiales, que estaban estacionados a una distancia prudencial, con actitud expectante. Él sabía que no podrían mantener el corte por mucho más tiempo, pero no quería levantarlo sin cumplir con los objetivos que se había fijado.

De pronto se divisó una polvareda por el camino que antes había transitado don Oreste. Todos los ojos se dirigieron hacia allí. Dos carros policiales de asalto emergieron de la nada, dando tumbos sobre el desparejo terreno. El aspecto que tenían no era muy alentador. Se detuvieron a un centenar de metros. Los efectivos vestidos en traje de combate y pertrechados como para la guerra bajaban de los carros y se alineaban en formación de asalto. Los manifestantes no daban crédito a lo que veían. Varios rostros se volvieron hacia Menates con expresión de duda y temor. Él tampoco entendía el verdadero significado de esa demostración de fuerza. Tal vez querían amedrentarlos, querían asustarlos para que se retiraran del lugar.

Menates se encontraba en una verdadera encrucijada. Trataba de dilucidar qué hacer cuando una intimación a dejar sin efecto el corte electrizó el ambiente. El comandante del pelotón les advertía que, de no obedecer, serían desalojados por la fuerza. “No puede ser”, se decía Menates incrédulo, “hasta ahora nunca han reprimido ninguna manifestación, no es posible.” Lulina se le acercó y lo tomó del brazo. Los ojos de la muchacha mostraban un profundo temor. Lo miró con rostro suplicante. Esa mirada fue demasiado para él, quedó desarmado. Comprendió que la aventura había llegado a su fin. Ellos eran gente pacífica, estaban desarmados, ni siquiera tenían palos y además estaban a cara descubierta, no se ocultaban detrás de pasamontañas o pañuelos como hacían muchos otros.

—Tenías razón —dijo Menates con resignación—. Vamos a terminar con esto.

De pronto el pelotón se puso en movimiento a paso vivo. La distancia que los separaba se acortaba a cada instante. Lulina y Menates contemplaban azorados el avance de esa ola que pronto los sumergiría. Los periodistas apostados en el lugar salieron del letargo para disponerse a cubrir lo que sucedería en momentos más. Se presentía el advenimiento de una tragedia. Menates reaccionó y se dirigió al grupo seguido por Lulina.

—¡Hermanos, escuchen!, mantengamos la calma, tratan de asustarnos para que nos vayamos. ¡No nos van a reprimir! Es una orden del gobierno de Buenos Aires…

Después de proferir esas palabras quedó estupefacto. Comprendió que estaban a muchos kilómetros de Buenos Aires, en los dominios del gobernador. El desconcierto del muchacho se propagó al resto del grupo. Los policías se abrían en abanico cubriendo la retirada de los manifestantes, cerrando un cerco infranqueable. Algunos se atrevieron a cruzar la ruta jugándose la vida ante los vehículos que pasaban por la mano libre, saltando el guarda rail. Ya se escuchaban desesperados gritos al comprobar que las fuerzas de choque estaban casi a unos pocos metros. Menates se adelantó corriendo hacia ellos. Quería explicarles que se detuvieran, que se irían de allí en paz. Lulina lo contemplaba horrorizada, temiendo lo que pasaría a continuación.

Tan pronto como Menates alcanzó la primera fila de efectivos fue recibido con una andanada de palazos que lo pusieron de rodillas primero y lo derribaron por completo después. Varios policías se ensañaban con el cuerpo caído en tierra, semioculto por las botas y el polvo. Un grito de espanto brotó del grupo de manifestantes que ya se disponían a dispersarse por donde pudieran, soltando las pancartas, atrapados como ratas en una trampa, tratando de ponerse a salvo del desastre. Las cámaras de la televisión captaban atentamente los hechos mientras los periodistas trataban de no perder detalle de la batalla campal que se producía ante sus ojos.

Lulina no salía de su asombro. Quedó congelada cuando vio a Menates en el suelo. No atinó a moverse cuando la violenta ola se abatió sobre ellos. Un dolor agudo la sacudió al recibir el primer golpe. El segundo la dobló en dos. Mientras sucumbía ante la fuerza brutal que la sometía pensó qué hacía allí una joven como ella, de tez morena, perlo corto y lustroso, cuerpo menudo, rostro aniñado y un futuro ahora incierto.

—x—

Cuando los ecos de los gritos se acallaron y la poca resistencia de los manifestantes fue sofocada, se pudo observar con claridad el teatro de los hechos. Los policías se retiraban llevándose a muchos de los pelos, arrastrándolos por el piso, metiéndolos en los carros. Otros quedaron inmóviles en el piso, sangrando, incapaces de ponerse de pie. Unos pocos que habían tenido la fortuna de pasar del otro lado de la ruta eran testigos privilegiados de lo sucedido. La circulación de los automóviles había sido restaurada. Un cordón policial resguardaba el acceso a la ruta en el lugar donde estuviera ubicado el piquete unos momentos antes. Todo había sido rigurosamente registrado por las cámaras de los medios.

Una combi precedida por dos motos policiales arribó al lugar y estacionó en la banquina. Un rostro pétreo se dejó ver a través de una de las ventanillas. El gobernador observaba todo evaluando los costos que podrían acarrearle la decisión tomada. Ya se imaginaba las llamadas provenientes de la capital, censurando sus actos. Bien podían ahorrarse toda esa cháchara. Ellos también reprimían cuando les convenía hacerlo. El discurso demagógico no era para él. Jamás hubiera permitido que un grupo de salvajes le cortara la ruta justo llegando a su provincia. Echó una última mirada despectiva antes de ordenarle al conductor que continuara el viaje.

—x—

Don Oreste llegó a la mesa de entradas del hospital a donde habían sido trasladados la mayoría de los heridos del corte. Se interesó especialmente en los dos jóvenes. La enfermera le pedía que tuviera paciencia ya que el hospital era un caos en ese momento. El anciano se dirigió directo a la sala de guardia intentando conseguir alguna información acerca del estado de las víctimas. De golpe divisó una figura conocida, doña Zakin estaba sentada en un banco, estrujando un pañuelo, con los ojos hinchados por las lágrimas.

—Doña Zakin, ¿alguna noticia de Lulina y Menates? —El hombre fue directo al grano.

—Sí, sí —balbuceaba la mujer entre sollozos—, los dos están internados, muy graves.

—¡Ay, ay! Cuánto lo lamento, cuánto lo lamento. Traté de advertirles… ¿Cómo puedo ayudar? —preguntó don Oreste desolado.

—No sé, no sé, los médicos hacen lo que pueden, ya veremos… hay que esperar.

Hombre y mujer quedaron en silencio por un largo rato mientras a su alrededor el hervidero de actividad continuaba, mientras los médicos iban y venían en una lucha desigual contra la adversidad, mientras dos jóvenes se debatían entre la vida y la muerte.

—x—

El pequeño grupo de personas trepaba laboriosamente por el escarpado sendero que conducía al cementerio tribal, enclavado en la ladera de un pequeño monte. Debían detenerse a menudo para dar descanso a los mayores, a fin de que recuperaran el aliento. Finalmente llegaron a destino. Unas cuantas tumbas señaladas con lápidas de piedra eran rodeadas por una cerca derruida. Una lápida en particular era nueva, recién estrenada. Se notaba que la tierra había sido colocada hacía pocos días. El grupo se detuvo en frente de la tumba. Se distribuyeron alrededor de la misma, en riguroso silencio. El viento silbaba una triste melodía al entrelazarse con el frondoso árbol que daba sombra al lugar. Se escucharon algunos sollozos ahogados.

Lulina se adelantó unos pasos con dificultad. Tenía un brazo en cabestrillo y un ojo casi cerrado por la hinchazón. También rengueaba levemente. Pero el dolor físico era nada comparado con el dolor moral que la carcomía por dentro. Su vida había cambiado radicalmente después de aquel fatídico día. Había mirado cara a cara a la muerte y había salido invicta. Lástima que Menates no había logrado sobrevivir. Los golpes recibidos habían dañado sus órganos internos de manera irreparable. Nada pudo hacerse. Tras unos instantes de silenciosa contemplación depositó la flor que llevaba en la mano sobre la tierra desnuda. Los otros comenzaron a desfilar uno a uno repitiendo el gesto, cubriendo el montículo con flores a medida que iban regresando por el mismo sendero que los había llevado hasta allí.

Lulina se quedó sola una vez que todos se retiraron. Miles de pensamientos aguijoneaban su mente. Se preguntaba infructuosamente porqué habían tenido que llegar a esa situación extrema. Era grave cuando en un país había que recurrir a un corte de ruta para ser escuchado, pero era aún peor cuando esa metodología era moneda corriente fomentada por la descarada demagogia de los políticos. Ese doble discurso le había costado la vida a Menates. ¿Quién pagaría por tamaño despropósito?

Levantó la vista al cielo, como si él la hubiera invocado desde arriba. El firmamento lucía límpido, sólo cruzado por unas pocas nubes alargadas que emulaban blancos navíos deslizándose majestuosamente por el océano. Lulina suspiró profundamente, llenando sus pulmones con el fresco aire de la mañana. Miró por última vez la tumba de su amigo, prometiéndole que su muerte no sería en vano, que llevaría su mensaje hasta Buenos Aires si era necesario, como él quería.

Un pájaro se posó en las ramas del frondoso árbol entonando una canción con un trino muy peculiar. Lulina sonrió al escucharlo, antes de comenzar el descenso. “Después de todo todavía estamos aquí, cantando”, se dijo al emprender el camino que la llevaría de vuelta a su gente, a su pueblo, al interminable sueño de justicia que alentaría sus días.