Piquete

Un cuento de Carlos Donatucci

La ambulancia devoraba metros en una loca carrera contra la muerte. El sonido de la sirena era como una fuerza poderosa que hacía que todos los vehículos se apartaran de su camino. Las luces relampagueaban emitiendo destellos enceguecedores, dándole al conjunto un impresionante aire apocalíptico. Marcela maniobraba para seguir la estela dejada por la ambulancia con su pequeño vehículo, tratando por todos los medios de que ningún aprovechado se interpusiera entre ellos. Estaba desesperada. Su marido luchaba por su vida después de un serio accidente. Llegar a tiempo al hospital era lo único que podía salvarlo.

El conductor de la ambulancia le había asegurado que tomar la autopista del Sur era la mejor manera de llegar. Era una de las pocas en las que el carril de emergencias era respetado. Ella se había puesto en sus manos, dejándole que eligiera el recorrido apropiado. Su marido estaba con asistencia respiratoria. Un paramédico bombeaba constantemente aire con una bolsa a través del tubo que habían introducido en su garganta. También había una seria hemorragia que apenas podían contener. El establecimiento al que se dirigían era uno de los pocos con la complejidad suficiente como para tratarlo.

Una vez en la autopista las cosas parecían mejorar. El carril de emergencias estaba increíblemente libre. Avanzaban a una buena velocidad dadas las circunstancias. La cabeza de Marcela daba vueltas como un trompo. Estaba segura de que no se desplomaba por la adrenalina que debía circular por su organismo. Lo que más quería en este mundo se encontraba en aquella ambulancia. Y sabía con certeza que estaba a punto de perderlo. Los tres años que habían estado casados habían sido los mejores de su existencia. Eran jóvenes, tenían todo por delante. Pero no tenían el control de sus vidas. No existía tal cosa, por mucho que uno se empeñe en creerlo.

Notó alarmada que la marcha comenzaba a hacerse más lenta. Los carriles normales estaban abarrotados de autos. Sesenta, cuarenta, diez. Cuando quiso darse cuenta tanto la ambulancia como su vehículo estaban detenidos. Al mirar por sobre la ambulancia vio una densa columna de humo negro que se elevaba al cielo. Rogó para que no se tratara de otro accidente en la autopista. Abrió la ventanilla. Sacó medio cuerpo afuera tratando de descubrir el motivo de la detención. El panorama la dejó anonadada comprendiendo la seriedad de la situación.

Unas cincuenta personas cortaban por completo la autopista de ambos lados. Se le congeló la sangre al verlos. Estaban armados con palos, cubrían sus caras con pañuelos y con gorras enterradas hasta las orejas. Enfrentaban a los pocos policías presentes con actitud desafiante, hostil. Un pequeño grupo se encargaba de hacer sonar unos tambores con el infaltable ritmo de murga, aun cuando la situación no tenía nada de festiva. Se preguntó inútilmente cómo era que tenían esa habilidad innata para tocar ese ritmo, como si estuviera codificado en sus genes. Dejó la pregunta sin respuesta. Sabía positivamente que esa situación se prolongaría por mucho tiempo. Observó a los pocos efectivos policiales dándose cuenta de que no tenían la menor intención de intervenir. El gobierno de turno tenía esa política de "no represión" que se traducía en carta blanca para cometer cualquier tipo de desmanes en la vía pública, alegando el derecho de protesta. "¿Y qué hay de mis derechos?", se preguntó indignada.

Bajó del auto. Caminó hasta la puerta de la ambulancia. El conductor era consciente de la gravedad de la situación, pero le aseguró que no bajaría a hablar con esa gente. Ya había tenido una experiencia similar y no la había pasado bien. También le aseguró que de no salir de allí su marido no tendría oportunidad de sobrevivir. Marcela veía y escuchaba todo como en medio de una pesadilla. "No puede estar pasando esto", se repetía consternada. Luego de un breve período de vacilación decidió que debía hablar con ellos para que la dejaran atravesar el bloqueo. De seguro tendrían consideración. La vida de una persona estaba en peligro. Valía la pena intentarlo.

Caminó con paso decidido ante la indiferencia policial. A medida que se acercaba su determinación iba flaqueando. De no ser porque la vida de Roberto estaba en juego nunca se hubiera animado a hacerlo. Cuando estaba a pocos metros trató de identificar cuál de todos ellos podría ser un interlocutor válido, o algún tipo de líder. Al ver que ella se aproximaba, un manifestante se separó del grupo para cortarle el paso. Las piernas le flaqueaban nuevamente.

—¿Qué queré, vieja? —le lanzó con tono despectivo—, ¿no ve que no podé pasá?

—¡Por favor!, mi marido está muy grave, necesita llegar al hospital cuanto antes, por favor déjenos pasar, se lo suplico por lo que más quiera.

—¡Por acá no pasa nadies! ¡Esta es una protesta legítima! No no van a cagar más con los subsidio. ¡No señó! Andá por otro lado vieja. ¡Tomatelá de acá, carajo!

Marcela era un volcán a punto de entrar en erupción. La brutalidad ignorante del hombre que tenía enfrente la sublevaba. Pensar que la vida de su marido dependía de él. Lanzó una mirada fulminante hacia la rendija por la cual se asomaban los ojos, única parte del rostro que era visible. Pensó que debería estar riéndose detrás del pañuelo que le cubría la cara. Eso fue demasiado para ella. Dio vuelta bruscamente y se dirigió a su vehículo. Una vez adentro se aferró al volante con una fuerza tal que los dedos se le pusieron blancos. Estaba a punto de explotar. "Voy a tener un ACV", se dijo perpleja. La puerta de atrás de la ambulancia se abrió. El paramédico le hacía gestos desesperados indicándole que Roberto estaba en estado crítico. Algo en el interior de Marcela se quebró. Miró a su derecha. La banquina estaba libre por milagro. Puso el auto en marcha y maniobró lentamente hasta que logró que la ambulancia no le tapara la visual.

Evaluó rápidamente la escena. Entre la primera fila de autos y el piquete había una buena distancia. El vallado no era muy fuerte, podría ser atravesado si lograba una buena velocidad. El punto más débil se encontraba justo en el carril de la derecha, donde estaba la "sección de música". Eran unos cuantos. "Y bueno", se dijo, "lo lamento por ellos." La idea la abrumó, pero se excusó al pensar que deberían haberlo pensado bien si se iban a interponer entre ella y la salvación de su marido. Dudó unos instantes, asombrada ante lo que estaba dispuesta a hacer. Cerró los ojos murmurando un perdón entre dientes. Puso primera y pisó el acelerador a fondo.

El auto salió disparado hacia adelante quemando los neumáticos, produciendo un chirrido espantoso. El ritmo de murga cesó al instante. Todos los ojos se dirigieron al origen del ruido. Unos pocos reaccionaron a tiempo para ponerse a salvo de la embestida. En breves segundos se produjo el impacto. Las precarias vallas volaron por el aire, al igual que los cuerpos de aquellos que no tuvieron la capacidad de reacción suficiente. Todo se volvió un infierno. Ella continuó hasta que consiguió atravesar el vallado humano, impactando contra un vehículo que los piqueteros tenían estacionado detrás de ellos.

En el desconcierto del momento se abrió un pasillo por el lado derecho. El conductor de la ambulancia nunca había detenido el motor. Con los reflejos propios de su profesión aceleró de golpe, lanzándose hacia el estrecho pasadizo que se le ofrecía. Maniobró temerariamente hasta que llegó al lugar donde estaba el vehículo de Marcela. Pegó un volantazo y pasó casi rozando entre el auto y el guarda rail para escapar rápidamente por la autopista vacía.

Marcela observó como se alejaba al vehículo que conducía a su marido. "Espero que no sea demasiado tarde", se dijo. De repente escuchó un griterío ensordecedor a su alrededor. Una vez pasada la sorpresa del momento los piqueteros tomaron conciencia de lo que había sucedido. Tres o cuatro estaban desparramados por el suelo. Comenzaron a pedir ayuda a los gritos mientras algunos dirigían miradas amenazadoras al vehículo de Marcela. Se entabló una feroz discusión entre ellos, blandiendo los palos, agarrándose la cabeza. De pronto dos o tres se separaron del grupo y se dirigieron hacia ella. Comenzaron a golpear el vehículo salvajemente. Otros se fueron agregando al grupo agresor. El parabrisas saltó hecho añicos, así como los otros vidrios del auto. Ella se tapó la cara tratando de evitar la lluvia de cristal que la bañaba. Pronto comenzó a sentir que la agarraban del cabello y la sacaban del vehículo por la abertura del parabrisas. La lluvia era ahora de golpes que le molían el cuerpo, la cabeza, la cara. Todavía tuvo fuerzas para dedicar un último pensamiento a su esposo antes de que la horda sedienta de venganza terminara la tarea por completo.

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Los noticieros de la noche no paraban de repetir la noticia. La ciudadanía no salía de su estupor al escuchar la terrible nueva. Una mujer y dos hombres habían fallecido durante los graves incidentes de la tarde, ante la completa pasividad de la policía. Otro manifestante estaba seriamente herido. Mientras tanto el marido de la mujer luchaba por su vida en el hospital. El gobierno nacional responsabilizaba al gobierno de la capital y viceversa. "Se hará una investigación a fondo", decía un funcionario. La ministra de seguridad decía que el derecho a protestar era sagrado, que jamás sería reprimido. Un líder piquetero hablaba de los crímenes cometidos aquella tarde. Dos buenos militantes habían muerto asesinados a sangre fría. Mientras tanto la gente se preguntaba por qué una persona común se había visto obligada a tomar semejante determinación. El absurdo era la única respuesta.

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Roberto tenía la mente en blanco. Llevaba un rato sentado en el sillón del living, con los ojos fijos en algún punto de la pared de enfrente. Hacía unos pocos días que le habían dado el alta. Esa mañana se cumplía un mes de los terribles acontecimientos que había protagonizado. Se forzó a salir del entumecimiento. Cada vez que lo hacía el recuerdo de su esposa volvía con intensidad. Quién hubiera dicho que una joven frágil como ella había sido capaz de hacer lo que había hecho, sacrificarse de aquella forma por él hasta el punto de morir en el intento.

Ahora a la distancia comprendía que cuando la función de imponer el orden en la vía pública es resignada por aquellos a cargo de ejercerla, son los individuos los que se ven obligados a hacer lo que esté a su alcance para a llenar ese vacío. Es entonces que la violencia y el caos se adueñan de la calle, de las mentes, de las vidas, destruyendo cualquier estado de derecho, llevando a la ciudadanía a un salvajismo brutal y primitivo. Las personas más pacíficas son capaces de llevar a cabo impensables actos temerarios cuando se ven sometidas a situaciones límite en las que nunca debieron encontrarse. Para su desgracia ese había sido el caso de Marcela.

Miró hacia afuera. Era un día gris como su ánimo. Se consoló pensando que faltaba poco para emigrar a Canadá. No podía seguir viviendo en un país corrupto, sin ley, sin orden y con un terrible nivel de inseguridad. Podía convivir con problemas económicos, pero no podía soportar más el grado de cinismo reinante, donde todos eran rehenes y víctimas del juego de los políticos de turno. Pensó en Marcela. Un dolor agudo lo atravesó al recordar cómo había muerto.

Se levantó y fue derecho al mueble bajo del living. Allí había varias fotos de ella, joven, hermosa, llena de vida. Tomó uno de los retratos. Lo observó calladamente por un largo tiempo, bebiendo cada una de las líneas de ese rostro, como tratando de aprenderlo de memoria por si acaso se le olvidaba algún día. Luego lo puso en su lugar con el mayor cuidado. Suspiró profundamente. Miró el departamento que tanto les había costado comprar. Estaba impregnado de ella. Sonrió fugazmente al recordar la época en la que lo habían decorado. Eso era lo que más deseaba en esos días, recordarla sin dolor.

Miró el reloj. Era hora de partir. Debía ir a su encuentro, debía ir a poner una flor en su tumba. Era lo menos que podía hacer como muestra de gratitud, como muestra de su amor. Consideró que era temprano, que todavía tenía mucho tiempo para llegar a horario.

"Quién sabe", se dijo con sarcasmo, "por ahí me agarra un piquete…"