Ocaso

Un cuento de Carlos Donatucci

Ocaso

Entró a la habitación y se detuvo al pie de la cama. Se quedó contemplando a la anciana que despuntaba un inquieto sueño. Pudo percibir el movimiento de los globos oculares debajo de los párpados, señal inequívoca de una intensa actividad cerebral que contrastaba con la inmovilidad absoluta de su cuerpo. Recorrió con la mirada los brazos flacos, huesudos, con la piel casi resbalando, transparente. No pudo dejar de sentir un dolor agudo al ser consciente del grado de deterioro que se había producido en los últimos meses. Ya no era la persona que había guiado sus pasos tanto tiempo. Ya no era el faro que había iluminado el camino indicando la ruta segura. Poco a poco se había operado una metamorfosis devastadora en su persona, una involución a épocas de olvidada infantilidad, a un estado de agobiante dependencia. Recordó cómo la había retado el día anterior porque apenas había probado el almuerzo, tratando de explicarle que no recuperaría las fuerzas si no se alimentaba correctamente. Había perdido el control al ver que ella la contemplaba con ojos vacíos y una expresión de sorpresa en su rostro, como preguntándose qué era lo que había hecho mal. Estos episodios la dejaban destrozada, con una culpa cada vez mayor aflorando por los poros, con sentimientos encontrados trabados en una encarnizada lucha dentro de sí.

De pronto le pareció notar que la anciana tenía el vientre muy abultado, sobresaliendo ridículamente de su delgada humanidad. No recordaba haberlo visto así el día anterior. No había ninguna enfermera a su alcance para disipar sus inquietudes. Se preguntó si debía levantar la sábana y ver por sí misma. Dudó unos instantes. Luego se decidió. Tomó la sábana con dedos temblorosos. La levantó con premeditada lentitud, a la espera de que algo desagradable sucediera. Cuando la sábana estuvo lo suficientemente alta pudo confirmar sus sospechas. El vientre estaba enorme, con la piel tirante, tensa, típica de los últimos días de gestación. Ella no daba crédito a sus ojos: ¡su octogenaria madre enferma estaba embarazada! Pese a lo imposible del hecho no cabía duda alguna. Podía reconocer claramente los signos de aquella maternidad inesperada. Permaneció unos instantes contemplando con ojos extraviados y mente confusa la fantástica escena cuando la quietud se vio alterada por ondulaciones cada vez más fuertes en la superficie del vientre. El cuerpo de su madre comenzó a contraerse espasmódicamente mientras abría las piernas tomando la inconfundible posición del alumbramiento. El pánico la dominó. Su brazo se contrajo por reflejo arrancando la sábana por completo. Quería gritar, clamar por ayuda, pero las palabras no acudían a su boca, estaban agolpadas en algún lugar de su garganta asfixiándola, privando a su mente del precioso torrente sanguíneo.

Una figura blanca, refulgente, brotaba de la entrepierna de la anciana. Primero la cabeza, luego el torso y más tarde las piernas. Una niña perfectamente formada reposaba sobre la cama, con una expresión de apacible felicidad, nada comparado a otros llorosos bebés recién nacidos que había visto, incluyendo a los suyos. Su madre había quedado en el olvido. No se preocupó por verificar si se encontraba bien. Se inclinó sobre el lecho y levantó con sumo cuidado aquel frágil cuerpecito. Lo acomodó entre sus brazos acunándolo suavemente mientras su mente se preguntaba implacable qué haría con la criatura. Sabía que no podía quedársela, ya tenía sus propios hijos. Volver a las primeras etapas de la crianza le resultaba una tarea hercúlea, más allá de sus fuerzas. Por otro lado no podía ni siquiera esbozar mentalmente la posibilidad de abandonarla. Le resultaba intolerable el sólo pensarlo. Se vio atrapada en un callejón sin salida, en un dilema moral de dudosa resolución. “¿Qué hago, qué hago?”, se preguntaba presa de la desesperación. Una voz a sus espaldas sentenció la respuesta: “Debemos quedarnos con ella, debemos cuidarla.”

Volteó la cabeza sorprendida y vio a su marido de pie, con rostro pétreo, determinado. “¡No podemos, no podemos!”, respondió ella al borde de las lágrimas, “¡Es demasiado!, no tengo más fuerzas, no puedo más…” Sentía que el pecho le explotaba. Las palabras de él taladraban su cerebro despiadadamente: “Debemos cuidarla, debemos cuidarla”, compitiendo con la casi insana letanía que brotaba de su propio interior: “No puedo más, no puedo más.” Su razón colapsó. Se le nubló la vista. Presintió que caería al suelo en cualquier momento con la criatura en brazos. Trató de protegerla de la mejor manera mientras sentía que era arrastrada hacia una oscura inconsciencia.

-x-

Lucía despertó sobresaltada, temblando. Permaneció inmóvil, sentada en la cama unos instantes hasta que la opresiva sensación de la pesadilla fue disipada por la tranquilizadora noción de la realidad. Miró a su lado. Su esposo dormía, ajeno a lo que sucedía a su alrededor. Poco a poco su corazón retomaba el ritmo usual, su respiración se hacía menos sibilante. Se levantó de la cama con sigilo. Fue hacia a la cocina dando pasos vacilantes en la penumbra que la rodeaba. Descargó su cuerpo sobre una silla y sumergió el rostro entre sus manos. El recuerdo de la pesadilla volvía con intensas oleadas, avivando el dolor de su alma. Repasó las escenas tratando de encontrar un significado que le diera sentido al sin sentido del sueño. Su anciana madre en cama, débil; las noches en vela en la clínica después de la cirugía de cadera, escuchando su nombre repetido cientos de veces por aquellos labios afiebrados, la culpa que sentía por haberla internado en un geriátrico para su recuperación, eran reales; tan reales que le dolían intensamente. El resto era producto de su perturbada imaginación; el embarazo grotesco, la gestación, esa beba perfecta reposando en sus brazos. ¿Qué era lo que su inconsciente trataba de decirle? ¿Qué era lo que yacía en su interior pugnando por salir a la superficie, tomando la forma de esa alocada pesadilla?

Trató de analizar los acontecimientos de los últimos días; sus enojos con ella, su cansancio, su falta de paciencia y la absoluta incapacidad para mirar al futuro más allá de unos pocos pasos por temor a caer en el desaliento. Pero por sobre todo, la certeza de saber que su madre no era su madre. Esa persona en la que se había convertido no era “su” madre. Era una caricatura burlona de la mujer que había sido una vez, muy diferente a la imagen que atesoraba en su memoria. Ya no podía conversar con ella, no podía confiarle tareas, no podía esperar su consejo. Era como un viejo niño patético enfundado en sus pañales descartables. Un niño, eso era. Todo comenzaba a cobrar sentido. Su madre había dado a luz a otro ser, indefenso, vulnerable, completamente desvalido; como un pequeño recién nacido que necesitaba de atención permanente para poder sobrevivir. Recordó las palabras de su marido durante el sueño: “Debemos cuidarla.” Sí, no había dudas de que había que aceptar la nueva contingencia y cuidarla como si se tratara de un bebé, con el mismo cariño y devoción que la tarea requería, con la memoria puesta en los incontables sacrificios que su madre había hecho por sus hijos; pero despojándose de la imagen de fortaleza que siempre había tenido para ella. No había otra salida. Debía dejar de añorar lo que había sido y enfocarse en lo que era hoy.

Se levantó de la silla con desgano. Eran las tres de la mañana. Se preguntó si su madre estaría dormida en el geriátrico. Movió la cabeza hacia ambos lados y comenzó el retorno al dormitorio. Una vez allí se recostó de espaldas tratando de conciliar el sueño. Entendió que no sería tarea fácil. Sin querer comenzó a escuchar los ruidos provenientes de la calle; el colectivo, un portazo seguido por pasos apresurados y algún que otro ladrido dirigido a la luna lejana. A medida que el cansancio la vencía se sintió acunada por unos brazos protectores, mientras los ruidos de la calle eran opacados por el arrullo de una voz conocida, querida, entonando la más simple de las canciones, la más recordada de las melodías: “Arroró mi niño, arroró mi sol…”