La vida por delante

Un cuento de Carlos Donatucci

La vida por delante

Recibió la pelota apenas pisando la raya del medio campo. Miró rápidamente hacia el arco. Le pareció increíblemente lejano, inalcanzable. No había rivales a la vista. Inició la carrera hacia la meta con el incontenible pique corto que lo caracterizaba. Todos decían que no había otro que tuviera una aceleración como la suya, capaz de dejar varios jugadores atrás en unos pocos metros. Notó que las piernas le pesaban como plomo. Le costaba un triunfo progresar en el campo. “¿Cómo puedo estar tan cansado?”, se preguntaba, tratando de encontrar una explicación razonable para tan extraño fenómeno. Era sumamente curioso que no lo hubieran alcanzado y despojado del balón. Seguía corriendo, casi tropezando torpemente, casi cayendo debido a la pesadez de sus piernas. Sentía el sudor bañando su frente, resbalando sobre sus ojos nublando su visión, distorsionando el escenario donde la acción se desarrollaba como en “cámara lenta”, con una lentitud de muerte. La pelota se le escapaba. El arco continuaba allí, inaccesible. De repente observó con estupor que sus pies se hundían en el suelo, que el césped se transformaba en una hambrienta criatura tratando de devorarlo, que el sol bebía con avidez las pocas fuerzas que le quedaban.

Ya estaba hundido hasta las rodillas gritando impotente ante toda esa gente en la tribuna que se reía, burlándose de su infortunio; ante los rivales que se arremolinaban alrededor de él con las carcajadas a flor de labios; ante sus propios compañeros que movían la cabeza en un gesto de resignada compasión. El grito se transformó en llanto, un llanto desgarrador que brotaba de sus entrañas al comprender que ya no podía continuar corriendo, que jamás alcanzaría la tan ansiada meta. Su cuerpo se hundía con rapidez a medida que las lágrimas regaban el campo formando un lodazal a su alrededor. Cuando el piso alcanzó su cuello, un atisbo de razón le indicó que le quedaban unos pocos momentos antes de ser tragado por la tierra que tantas veces había pisado, por aquel césped amado cuyo aroma había respirado con devoción tantas veces, tantas mañanas en la soledad del estadio, mientras sus pies dejaban estampada su firma sobre la escarcha helada, o el rocío de la madrugada. Un último grito desgarró su garganta antes de desaparecer en las profundidades, antes de que sus ojos fueran velados por la tierra negra que penetraba en ellos, que penetraba sus fosas nasales impidiéndole respirar, que penetraba cada poro de su cuerpo abrazándolo como un preciado tesoro que ahora le pertenecía. Los pulmones le explotaban. Comenzó a rendirse, abandonándose inexorablemente ante esa fuerza contra la que no podía luchar, que lo subyugaba llevándolo hacia la insondable sepultura del olvido.

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Roberto se sentó en la cama como impulsado por un resorte, tratando de respirar con la boca abierta, luchando por llenar sus pulmones de oxígeno. Gruesas gotas de sudor perlaban su frente. Sintió que tenía la camiseta pegada al cuerpo. Lentamente, el ritmo cardíaco comenzó a normalizarse; lentamente la conciencia de la realidad lo devolvía al tiempo presente, al inevitable escenario de su vida, a esa cama de sábanas revueltas y solitarias. Miró hacia la ventana. La luz de los faroles de la calle se filtraba por las hendijas de la persiana explorando el interior de la habitación. El tenue resplandor rojizo del reloj despertador indicaba las tres y media de la mañana. Tenía la boca reseca. Se incorporó de a poco. Caminó hacia la cocina rengueando levemente. “Debe ser la humedad”, se dijo al advertir el dolor proveniente de su rodilla izquierda. Abrió la puerta de la heladera y vertió una generosa cantidad de agua fresca en un vaso. La bebió casi de un trago. La sensación que le había dejado aquel sueño recurrente aún perturbaba su espíritu. No era el único sueño. Había toda una galería de sueños que lo transportaban a otra dimensión, que lo torturaban recordándole el hecho que había cambiado su existencia para siempre, que lo acechaban sumiéndolo en un profundo desaliento. Permaneció un largo rato sentado en la cocina. Miles de pensamientos aguijoneaban su mente. Comenzó a recordar algo, algo que había ocurrido el día anterior y que había reavivado las brasas del fuego que lo consumía.

Un chico de diecisiete años había debutado en la primera división de su club favorito. Una cara fresca, de niño; el desparpajo desprovisto de las ataduras de años de profesión, todo el tiempo por delante para llenar las páginas de su vida; la ilusión intacta, el alma a estrenar, la oportunidad al alcance de su mano. El debutante había conseguido los dos goles con los que su equipo había ganado el partido. Lágrimas de felicidad inundaban los ojos del pibe cuando los periodistas lo asaltaron al finalizar el encuentro. Un ramillete de micrófonos se desplegaba en pos de captar sus emocionadas palabras, que él balbuceaba intentando expresar lo que sentía, más sin lograrlo. Roberto lo había contemplado con una mezcla de simpatía y envidia, sabiendo con certeza que el dulzor de aquel momento permanecería para siempre en la boca del muchachito, que ese instante de gloria lo acompañaría por siempre, sin importar cual fuera el curso de su vida futura. Un agudo espasmo de angustia le oprimió el pecho, opacando por un segundo la molestia de su rodilla. ¿Cómo era posible que el paso de los años no fuera capaz de mitigar el dolor de su pena, que la cicatriz invisible siguiera palpitando como en el primer día? ¿Cómo era posible que un hecho fortuito disparara esa catarata de emociones contenidas que moraban dentro de su ser?

Sacudió la cabeza para despojarla de tan tristes pensamientos. Se levantó de la silla y puso el vaso en la pileta. Sus pasos cansinos lo llevaron de vuelta hacia el dormitorio. Las cuatro y media. Se recostó de espaldas, fijando la vista en el tramado que la luz exterior dibujaba en la pared. “¡Ojalá pudiera dormir, ojalá pudiera tener un rato de descanso, un rato de paz!”, se imploró a sí mismo, sabedor de que sería muy difícil lograrlo. Cuando el sol asomaba tímidamente sobre los edificios de la ciudad, logró conciliar el sueño. Pero el suyo no era un sueño tranquilo. Era un sueño sobresaltado, poblado de imágenes, de olores y sonidos familiares, aunque extrañamente lejanos. Era un sueño cargado de anhelos insatisfechos que lo perseguirían hasta sus últimos días, huérfanos en busca de un hogar, parias sin destino en busca de un pasado que había muerto antes de ver la luz.

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El pibe recibió la pelota apenas pisando la raya del medio campo. Miró rápidamente hacia el arco. Sólo había dos defensores entre él y la meta. Levantó la cabeza para identificar a sus compañeros, pero todos estaban más retrasados. El contragolpe había sido muy rápido y lo había colocado en inmejorable posición de marcar un tanto. Sin dudar un segundo encaró al primer rival. Un instinto codificado en sus genes lo llevó a realizar un amague hacia un lado para hamacarse hacia el otro y dejarlo en el camino. Sentía el cuerpo ligero y vigoroso. Sus piernas se movían devorando los metros en una veloz carrera. La masa en las tribunas seguía las acciones palpitando el clímax que se aproximaba. Sus movimientos semejaban los de una marea respondiendo al magnético influjo de las acciones que se sucedían sobre el campo. Una multitud de ojos seguía la jugada con expectación. El otro defensor también corría en diagonal a su trayectoria tratando de alcanzarlo por la derecha. El arquero comenzó a adelantarse para achicar el ángulo de disparo. Una rápida ojeada le bastó para comprender que debía tomar una decisión de inmediato. Podía tratar de eludir al arquero o disparar desde allí para evitar que el otro defensor lo interceptara.

Milésimas de segundo. Pequeñas decisiones cuyas consecuencias pueden cambiar el curso de una vida. Tal vez el disparo desde lejos hubiera sido lo aconsejado, permitiéndole marcar el primer tanto de su corta carrera, ya que apenas jugaba su tercer partido en primera división; pero la osadía de su juventud lo llevó a tomar la otra opción, la más temeraria, la más difícil. Ya tenía al guardameta arrojándose a sus pies, tratando de bloquearlo. Pasó la pelota suavemente por sobre el cuerpo que lo obstaculizaba y esquivó el manotón que intentó detenerlo infructuosamente, internándose en el área grande. Levantó la vista. Allí adelante estaba el arco vacío, el balón picando dócil a un par de metros esperando el empujón para anidarse en los brazos protectores de la red. Casi podía vislumbrar lo que sucedería a continuación. Recostó todo el peso sobre la pierna izquierda al tiempo que su pie derecho buscaba la trayectoria necesaria para efectuar el último disparo. Cuando estaba a punto de patear sintió un choque brutal que lo desacomodó impidiendo el remate, provocando que su cuerpo girara bruscamente rotando sobre su eje longitudinal. Su pie izquierdo firmemente apoyado sobre el césped quedó clavado a la tierra. Sintió un dolor electrizante. El grito que brotó de su garganta fue ahogado por miles de otros gritos que bajaban de la tribuna al ver que la conquista se había frustrado, reclamando al unísono: “¡Penal!”

Roberto quedó inmóvil en el piso mientras sus compañeros se arremolinaban junto a él para atenderlo. Supo de inmediato que su rodilla izquierda se había roto. Lo supo desde el preciso instante en que sintió aquel relámpago de dolor, aquel instante en el que fue privado de alcanzar el sueño que había acunado durante toda su joven vida: hacer un gol en primera división. Más tarde supo que no sólo había sido privado de la conquista. La lesión era grave. Meniscos, ligamentos, rótula, todo había sufrido las consecuencias del violento choque. La habilidad de los médicos no fue suficiente para reparar el daño ocasionado. Después de un par de años de infructuosos intentos de volver a las canchas debió “colgar los botines” junto con sus sueños juveniles. Había sido una gran promesa, dijeron todos, ¡una verdadera pérdida para el fútbol! Muchas manos palmearon su espalda tratando de reconfortarlo, muchos ojos lo miraron con pesar ante la inevitable situación. “¡Tenés toda la vida por delante pibe!”, le repetían, con la intención de suavizar la pena. ¿De qué le servía tener la vida por delante si no podía hacer aquello para lo que había sido creado, si no podía practicar el deporte al que había consagrado cada segundo de su existencia, cada fibra de sus músculos, cada pensamiento que había alimentado su ilusión de ser alguien? El futuro se le presentaba como una larga travesía a través de un paraje inhóspito, privado de su mejor arma, indefenso, sin saber qué rumbo tomar, sin un horizonte por alcanzar.

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La cara en el espejo le devolvía una imagen lamentable, acorde con la noche que había pasado. La enjuagó varias veces con agua fría tratando de disipar las huellas de cansancio. La mañana había avanzado, no había escuchado el reloj despertador. “Voy a llegar tarde al banco”, reflexionó, sabiendo que no era la primera vez ni sería la última. Realmente no le importaba. Para él esa oficina representaba una trampa donde se encontraba prisionero, impedido de levantar vuelo, de conseguir la libertad. Se vistió con desgano. Echó un último vistazo a la imagen que se reflejaba en el espejo, un hombre rondando los treinta, de cabello negro poblado de hebras grises, de rostro reflexivo y mirada melancólica. Cerró la puerta del armario. Se dirigió a la ventana del dormitorio. Permaneció inmóvil por un momento, observando, tratando de postergar lo más posible su partida. Allá abajo, en la calle, cientos de personas circulaban apuradas tratando de llegar a sus respectivos lugares de labor, combatiendo estoicamente el tedio y la rutina de cada día, pequeños dientes de cada uno de los engranajes que movían las maquinarias de la sociedad. No podía dejar de pensar que tras cada uno de ellos se escondería alguna historia, alguna quimera irrealizable.

Un largo suspiro puso fin a sus cavilaciones. “Después de todo todavía soy joven, tengo la vida por delante”, se dijo, aferrándose a la frase que había repicado en sus oídos tantas veces. Sus ojos vagaron por última vez sobre el paisaje urbano antes de dirigirse hacia la puerta, tratando de evadir la categórica verdad que ya había aprendido hacía mucho tiempo. Aquel fatídico accidente había lesionado algo más que su rodilla. Algo se había quebrado en su interior. Se había apagado el fuego sagrado, la llama votiva. El motor que lo movilizaba había dejado de funcionar. Ya no era más que una cáscara, una fachada que escondía el vacío que había dentro de él. Era cierto que le quedaban muchos años por vivir, pero no atinaba a establecer si eso era bueno o malo. Tal vez en el futuro la herida de su alma terminaría por sanar. Ansiaba ser capaz de volver a pisar un estadio, o mirar un partido televisado sin que se le anudara la garganta, sin que las imágenes de aquel día acudieran a su memoria. Anhelaba no vivir preguntándose cada tanto hasta dónde hubiera llegado si las cosas hubieran sido de otra manera.

Salió a la calle para enfrentar la nueva jornada cargando una pesada mochila sobre sus espaldas, con la resignada determinación de seguir adelante, con el utópico propósito de reencontrar sus ganas de vivir en algún paraje solitario del camino. A fin de cuentas, la vida por delante podía ser un largo tormento después de ver sus ilusiones hechas añicos, esparcidas sobre el césped de aquel estadio, en esa aciaga tarde de domingo.