La Pecosa

Un cuento de Carlos Donatucci

El sonido estridente del timbre retumbó en el aula. Un murmullo de voces infantiles indicaba a las claras que la clase había llegado a su fin. La maestra percibió de inmediato el ansia de liberarse del yugo del saber que crecía a sus espaldas.

—Bueno chicos —dijo con una sonrisa comprensiva—, seguimos después del recreo, pueden salir ahora, ¡pero despacio!

Los útiles desaparecieron rápidamente dentro de las cartucheras. Segundos después, un torrente incontrolable fluía hacia el patio de juegos, ávido por recibir ese caudal pleno de energía y entusiasmo que contrastaba con la solitaria quietud que reinaba unos minutos antes. Carlitos permaneció sentado, guardando sus cosas con cierta renuencia. La maestra lo miró sorprendida. Usualmente era de los primeros en salir al recreo y armar un partidito de futbol con cualquier elemento que fuera factible de ser pateado, una tapita de gaseosa, una pelota de papel plateado de alfajor, o a veces una pelotita de plástico, cuando la fortuna les sonreía.

Lo espió con el rabillo del ojo mientras se ponía de pie, dubitativo. Ella intuía lo que sucedía. Sonrió para sus adentros. Había situaciones difíciles de manejar a los once años. El rumor ya había trascendido. El chico se encontraba ante aquellos momentos que requerían coraje y determinación para ser superados. El problema tenía nombre y apellido: Anabel Peluffo. Ella estaba en el grado inmediato inferior al de Carlitos, una pelirroja de rostro pecoso y vivaz que le quitaba el sueño. A pesar de ser un niño activo y en general valiente para enfrentarse con cualquier problema de los que aquejaba a los niños de su edad, era tremendamente tímido en el trato con las niñas. Solía adoptar esa postura melancólica de personaje de novela, sufriendo a escondidas, admirando a lo lejos al amor de sus sueños.

La situación se veía agravada ya que no estaban en el mismo grado. El recreo era el único momento en el cual podía verla. Había sufrido un revés terrible cuando lo habían rechazado para integrar el coro del colegio, ya que perdía la oportunidad de estar con ella durante los ensayos. A veces la profesora de folclore armaba cuadros incluyendo alumnos de distintas edades y eso le brindaba la oportunidad buscada. Hasta podía suceder que le tocara en suerte bailar con ella. De seguro, semejante milagro no entraba en sus cálculos más optimistas.

—Carlitos, ¿te pasa algo, no salís al recreo? —preguntó la maestra para movilizarlo.

—No, sí… ya salgo seño —murmuró entre dientes.

Carlitos arrancó una hoja del cuaderno borrador. La rasgó por la mitad. Garabateó algo rápidamente y luego dobló el papel en varios pliegues, metiéndolo en el bolsillo de su guardapolvo marrón.

—Chau seño —dijo como partiendo hacia el cadalso.

—Chau, portate bien —dijo la seño, con ese tono cargado de cariñosa disciplina que caracteriza a las maestras de alma.

Carlitos salió al patio. Se sintió abrumado por el bullicio que reinaba a su alrededor. Docenas de niños de distintas edades corrían de un lado al otro jugando todo tipo de juegos, mancha, escondidas, carreras de autitos, a las bolitas en el cantero del gomero y otros, poblando el lugar de vida y entusiasmo. Él se quedó apenas en la puerta del aula, mirando con ansiedad, buscando un rostro en medio de la muchedumbre.

Allí estaba ella. Con tres de sus compañeras de grado, sentada en uno de los bancos de piedra contra la pared del gimnasio, charlando animadamente. El corazón se le contrajo. Un intenso parloteo comenzó cuando el grupo notó su presencia. Cada tanto una cabeza se volteaba para lanzarle una mirada furtiva, esperando a ver cuál sería su próximo paso. Él estaba paralizado, no atinaba a moverse. Metió la mano en el bolsillo y acarició el papel como dudando de que estuviera allí.

De repente, una de las integrantes del grupo se levantó y comenzó a caminar hacia él. “¡Trágame tierra!”, pensó aterrorizado, consciente de lo que se avecinaba. Ya no podía evitar lo inevitable, ya no podía huir elegantemente para seguir sufriendo en silencio, pero a salvo. Ya no había escapatoria alguna. La distancia que los separaba se acortaba velozmente. Carlitos se aferró con desesperación al papelito dentro de su bolsillo, como si se tratara de una tabla de salvación.

—Hola Carlitos —dijo la niña con voz cantarina al plantarse frente a él—. ¿Tenés algo para darme?

Carlitos extrajo su mano temblorosa del bolsillo, enarbolando el papel doblado y bastante arrugado a esa altura. Lo acercó vacilante hacia la niña, dando la impresión de que se arrepentiría en cualquier momento. Ella extendió la mano y se lo arrebató con rapidez. Estaba hecho, ya no había forma de cambiar lo que sucedería a continuación. Había determinado su futuro inmediato, había traspuesto el umbral de la contemplación estática y dolorosa para zambullirse de cabeza en el caudaloso río de acontecimientos que vendrían a continuación, para bien o para mal.

Los hechos se desencadenaban implacables. Carlitos estaba todavía parado en el mismo lugar cuando la niña se unió al grupo. Le entregó el papelito a Anabel reprimiendo la excitación por saber lo que decía. Carlitos sintió un escalofrió que le recorrió la espalda como un rayo. Ahora ella estaba leyendo. El pulso de Carlitos estaba acelerado como un caballo desbocado. Le pareció que se reían mientras seguían lanzando miraditas furtivas hacia él.

A partir de ese momento comenzó un concilio que sin duda inclinaría la balanza hacia uno u otro lado. El recreo largo les daba la oportunidad de extender el debate. Carlitos estaba momificado, inmóvil como una estatua, mientras el bullicio y la actividad continuaba sin parar a su alrededor. Después de algunos minutos que fueron como siglos, el concilio terminó. La misma mensajera que se había encargado del recado anterior se separó del grupo para volver a su lado. Le pareció que una sonrisa cruzaba su rostro. De seguro era un buen augurio, pero no se atrevía a sacar ninguna conclusión. Notó que traía algo en su mano. Un papelito. “La respuesta”, se dijo con ansiedad. El momento de la verdad había llegado. El sueño que había imaginado tantas veces estaba a punto de hacerse realidad o de esfumarse para siempre.

—Carlitos, Anabel te manda esto —le dijo con solemnidad, como si él necesitara de tal afirmación para darse cuenta.

La niña extendió el brazo y puso el papel a centímetros de la cara de Carlitos, cuyo cuerpo se negaba a obedecer las órdenes provenientes del cerebro. Finalmente lo agarró. Al instante la niña giró dando un gritito para volver corriendo hacia el grupo, que la recibió con más cuchicheos y sonrisas cómplices. Allí estaba, un papel bastante parecido al suyo, que encerraba las palabras que harían la diferencia entre el cielo y el infierno infantil.

Comenzó a desdoblarlo con deliberada lentitud, retrasando el desenlace. Cuando al fin quedó desplegado ante sus ojos, pudo percibir una escritura prolija y redonda, “bien de nena”, se dijo para sus adentros. El cabal significado de la frase le taladró el cerebro, un calor súbito lo inundaba coloreando sus mejillas a medida que comprendía lo sucedido. Sentía como impulsos eléctricos sacudiendo sus miembros, sacándolo del letargo.

En un instante salió corriendo como loco para desahogar la tensión que lo tenía sofocado. Sus piernas casi lo elevaban del suelo de tan ligero que se sentía, embargado por un sentimiento de felicidad incomparable. Dio un par de vueltas al patio y al gimnasio a toda velocidad, mientras los otros lo miraban como tratando de adivinar qué le ocurría. El timbre cortó en seco su alocada carrera. Frenó de golpe y quedó justo de frente al grupito de las niñas, respirando agitadamente.

El corazón le dio un salto cuando ella levantó una mano para dedicarle un saludo antes de ubicarse en la fila de su grado. Él respondió de la misma manera, consciente del valor de dicho gesto. En un instante todos estaban formados, tomando distancia. Uno a uno los grupos se dirigían a las aulas. La cara de Carlitos estaba transfigurada de tal manera que la maestra lo examinó con atención, imaginando qué era lo que había producido semejante cambio.

Al entrar al aula se sentó en su pupitre, con las mejillas todavía coloradas. Guillermo lo miraba con expresión escrutadora desde el suyo, separado por unos pocos centímetros, a través de sus anteojos con grueso marco de carey.

—¿Y? —le preguntó ansioso—, ¿qué pasó? Te vi corriendo como un loco.

Carlitos sacó el papelito de su bolsillo sin pronunciar palabra. Se lo entregó a su amigo y lo observó mientras lo desplegaba con premura.

Sabía que esa frase quedaría grabada en su memoria para siempre como uno de los momentos más felices de su vida, sin importar lo que ocurriera después. Guillermo levantó los ojos del papel y le sonrió. Se lo devolvió con satisfacción, como aquel que se alegra por la felicidad de sus amigos. Carlitos lo retornó a su bolsillo sabiendo que lo guardaría como un preciado tesoro.

La maestra comenzaba la lección. El proceso de aprendizaje seguía su derrotero. Los chicos sudorosos después del recreo trataban de poner atención a lo que decía. La voz melodiosa de la señorita llenaba la estancia mientras los alumnos guardaban un silencio respetuoso. Carlitos estaba en otro mundo, con la cara pecosa de Anabel impresa en su retina. Metió la mano en el bolsillo y extrajo aquello que comprobaba la veracidad de lo que había ocurrido, el papelito que ella había escrito para él con letra de nena, redonda y prolija, en el cual se leía claramente:

“Sí, quiero ser tu novia…”