La Abuela

Un cuento de Carlos Donatucci

El Interruptor
La abuela Alicia

—¡Abuela! ¡Vení que ya encendí la compu!

Una imperativa voz infantil bajaba de la planta alta.

—¡Vamos abuela!, ¿qué es lo que esperás?

Los huesos cansados de la anciana crujieron cuando se levantó del cómodo sillón donde estaba reposando mientras ojeaba el diario del domingo. Ella sabía que el sólo hecho de subir la escalera representaba un esfuerzo equivalente a escalar el Everest; pero su nieto la esperaba ansioso sentado frente a la computadora. Qué no habría hecho por ese inefable personaje de siete años surgido de las entrañas de la vida que ella misma había dado a luz, treinta y tantos años antes. Paso a paso, cada escalón un triunfo, iba alcanzando la meta mientras escuchaba el crujir de la silla que soportaba el cuerpo de su nieto, incapaz de permanecer quieto por más de dos segundos.

—¡Vení! ¡Mirá que bueno está esto!

En la pantalla, una explosión de color y movimiento se producía demasiado rápido para sus ojos cansados. Aún así se sentó en la silla que él había dispuesto para ella, para ser su cómplice, su compinche, su socia en la alocada aventura del juego.

—¿Ves? Tenés que hacer clic acá y después acá en esta ventana y cuando aparece este icono, le hacés clic y ya te aparece el juego.

Chino básico. "¿Qué incompresible jerga estará hablando este desgraciado?", pensaba, incapaz de comprender una jota de lo que el niño decía.

—Sí, ya entendí ¿acaso te pensás que nací ayer? —le dijo ella, en un vano intento por mantener su dignidad, un tanto avasallada por el ímpetu del mocoso. El nieto la miró con esa cara que ponen los niños cuando les hacen una pregunta tonta. Cualquiera hubiera notado que había nacido un montón de años antes. De todas formas ella era la compañera ideal para sus juegos, porque sucumbía incondicionalmente ante todos sus requerimientos, con la complicidad que jamás podría lograr de su madre, ni que hablar de su padre.

Ella no tenía la obligación de educar a ese proyecto de ser humano. No tenía que poner límites, exigirle que no se hurgara la nariz con la misma mano con la que agarraba el mouse o que no gritara como un desaforado cuando llegaba al siguiente nivel de un juego. Ella sólo reía y festejaba sus logros como si se tratara del Premio Nóbel de los juegos, para preguntarle de inmediato si tenía frío, qué le gustaría almorzar o si quería comer algo para amenizar el momento, con la sobre protectora solicitud que nadie más que una abuela puede brindar a su nieto.

No era que sus padres no lo mimaran. De hecho lo hacían constantemente. Pero lo hacían con la medida prudencia que se requiere cuando se está criando a un hijo único para no transformarlo en un chiquillo egoísta y consentido. Pero ella era un derroche de complacencia. Si hasta cuando quería parecer enojada no podía convencer a nadie porque el tono de voz la traicionaba irremediablemente.

—Vamos abuela, probá vos.

¡Qué increíble que él la creyera capaz de todo!, que no notara que ese mundo le resultaba tan lejano como Marte y que todo el asunto excedía totalmente sus capacidades actuales. El progreso la había superado. Los cambios habían sido tan veloces en los últimos tiempos que hasta manipular el televisor era una especie de proeza inalcanzable. Pero igual seguía adelante.

—No, no, seguí vos que yo te miro. —Era la infalible respuesta.

—Bueno, yo juego pero vos te quedás conmigo.

Ambos se dejaban convencer como en un acuerdo tácito. Ambas partes recitaban sus líneas sin alterar el libreto establecido, disfrutándolo, necesitando la mutua compañía.

--x--

Ella era un baluarte de la familia. Había ido a vivir con su hija poco tiempo después de fallecer su marido, incapaz de estar sola, sin tener alguien a quien cuidar, alguien por quien preocuparse, apagándose en un paulatino y solitario final. No tenía ni la más pequeña pizca de egoísmo, no sabía vivir para su propio beneficio. Necesitaba un propósito, un Norte que le diera sentido a seguir transitando el fatigoso camino. El tiempo y las enfermedades habían minado su fortaleza, por eso todos se encargaban de motivarla para que supiera que cumplía un rol importante y necesario. Y vaya si lo tenía.

Cocinaba como pocas. Sus milanesas tenían una fama legendaria que había trascendido largamente las fronteras de la casa donde vivían. Los compañeros de colegio de su nieto peleaban por ser invitados a almorzar para tener la oportunidad de probarlas. Por lo demás, estaba constantemente pendiente acerca de los pequeños gustos de cada uno y dentro de lo posible, trataba de complacerlos.

—Yo tendría que haberme casado con vos, no con tu hija —le decía su yerno. Ambos tenían una extraordinaria relación poco común en esos casos.

El nacimiento de su nieto fue una de las alegrías más grandes de su vida. Por supuesto le hubiera gustado que su marido hubiera estado allí, pero nada podía hacer al respecto más que lamentarlo. A partir de ese momento tuvo uno más a quien cuidar y prodigar todo tipo de atenciones. El pequeño era una inagotable fuente de alegrías y satisfacciones para ella.

--x--

La puerta de calle se cerró. Una mujer joven entró como una tromba en escena.

—¿Dónde están todos? —Una chispeante voz retumbó por los rincones de la casa, llegando a los oídos de los entretenidos jugadores.

—¡Acá mami, estamos jugando acá arriba! Vení a vernos que llegamos al nivel cuatro.

Pronto tres pares de ojos estaban fijos en la pantalla, unidos por un indestructible lazo de afecto, tres generaciones con sus corazones palpitando al mismo ritmo, unánimes, inseparables.

—Sigan ustedes, que yo me voy a tirar un ratito a la cama –dijo la anciana. La llegada de su hija la relevaba momentáneamente de la demandante presencia de su nieto.

—¡Chau abuela! —replicó el nieto, despidiéndola con la inagotable energía que lo caracterizaba, agitando el aire con su mano.

Caminando pesadamente entró en su cuarto y cerró la puerta tras de sí, internándose en un reducto inexpugnable donde ponerse a resguardo de la vida, buscando un remanso donde descansar de la intensidad de los sentimientos a los que había estado expuesta y así recargar las baterías. Los huesos le dolían. "Debe ser por la humedad", se dijo, mientras la exuberante risa del niño aún resonaba en sus oídos. Prendió la radio y la puso sobre la almohada, cerca de su cabeza para poder escuchar su noticiero predilecto.

El volumen del receptor estaba alto. El locutor relataba los acontecimientos del momento que regirían los destinos de una infinidad de personas en el futuro inmediato. Pero esto no impidió que ella se durmiera al poco tiempo, indiferente al vertiginoso ritmo de la vida moderna, soñando con un mundo de colores y sonidos, pleno de juegos infantiles y carcajadas cómplices, tomada de la mano de sus seres queridos.