Hojas doradas en Otoño

Un cuento de Carlos Donatucci

Hojas doradas en otoño

—Hola mami, ¿Cómo estás? Perdoname que se me hizo un poco tarde, pero el tráfico estaba terrible.

Clarita miró por un segundo a la joven recién llegada que alteraba la paz de la tarde.

—Bien mi’hijita, estoy bien —contestó arrellanándose en la silla mecedora.

—Te traje un frasco de colonia nuevo, ¿te acordás que se te había terminado?

—Si, si… claro que me acuerdo… la colonia —dijo la anciana vacilando.

Luciana se dirigió al baño para guardar el frasco en el botiquín. Clarita volvió la mirada hacia la ventana disfrutando el cuadro pincelado por aquella tarde de otoño. Le gustaba ver como los verdes se teñían de dorado en esa estación del año. La joven regresó del baño. Se sentó en la única silla libre que había en la habitación, cerca de la anciana. Apoyó las manos sobre sus rodillas y se quedó observándola con fijeza, como tratando de descifrar un intrincado jeroglífico. Clarita se removió incómoda, sintiéndose analizada bajo un impiadoso microscopio. El silencio se prolongaba embarazosamente.

—¿Te conté que Rodrigo se recibió de médico? Qué bárbaro tan rápido. Siempre dijimos que era un bocho el pibe… Rodrigo mamá, el nieto de tu amiga Sarita —aclaró Luciana al ver que no había reacción en el rostro de su madre.

Los ojos de Clarita se entrecerraron revelando el esfuerzo realizado por rebuscar en el pasado. “¿Rodrigo, Rodrigo? ¿De qué demonios me estará hablando ésta?”, se dijo confusa.

—Ah sí, Rodrigo, siempre me pareció un muy buen chico —replicó sin mucho convencimiento a fin de librarse del asedio.

—La madre habla maravillas de él. Dice que se recibió en tiempo record y con mención de honor. Pensar que saltaba la medianera para venir a jugar a la pelota con el Titi. Quién lo hubiera dicho. A propósito, el Titi te manda saludos. Lo vi el otro día. Si vieras qué grande está la nena… me preguntó por la abuelita. Una divina. Le dije que la traiga algún día.

Clarita sonrió tratando de recrear la escena. Se refugió detrás de los cristales de los anteojos evadiendo el contacto con los escrutadores ojos de Luciana.

—¿Y vos, ya conseguiste novio? —disparó casi sin aviso poniendo la iniciativa en campo contrario y así tener un respiro.

—Te conté de Ramiro la última vez que vine, mamá. Terminamos hace un mes. —El rostro de Luciana se ensombreció de repente. —Un buen día vino y me dijo que no me quería más; bah, en realidad me dijo que no sabía si me había querido alguna vez. ¿Te imaginás después de ocho años? No, claro que no te imaginás…

La voz de Luciana era como un hilo que se deshilachaba quebrándose sin remedio, sumiéndola en un profundo silencio. De pronto Clarita se sintió conmovida. Se inclinó sobre la mecedora tomando las manos de la muchacha, sonriéndole con ternura. El gesto sorprendió a Luciana, que se dejó consolar, aunque estaba atorada por la emoción. No recordaba cuándo había sido la última vez que habían tenido un contacto tan profundo, una conexión íntima entre madre e hija. Reconoció cuánto le hacía falta tenerla a su lado. El encanto del momento se prolongó por unos minutos. Clarita pareció fatigarse y preguntó qué hora era. Luciana le dijo que ya eran las cinco.

—Las cinco, ¡qué tarde!; todavía no tomé la merienda —reflexionó seriamente apartando las manos.

Luciana se pasó los dedos por los ojos en pos de contener algunas lágrimas inoportunas. Clarita miraba hacia afuera de nuevo, como si descubriera el paisaje por primera vez. Luciana también se entregó a la contemplación de la naturaleza que las circundaba. El parque estaba muy bien cuidado, con un esmero que se notaba en cada detalle.

—¿Qué hora es, querida?

—Las cinco y cuarto.

—Qué tarde; y todavía no tomé la merienda…

Luciana echó una ojeada discreta a la bandeja que reposaba sobre la mesa de la habitación. Tanto el plato como el tazón estaban vacíos. El corazón se le contrajo. El ringtone del teléfono móvil la sorprendió haciéndole dar un respingo. Miró la pantalla para ver quién llamaba. Era de la oficina. Un asunto importante requería su presencia.

—Mami, me tengo que ir. Me llaman de la oficina. ¿No te molesta que me vaya tan rápido, no?

—No querida, por supuesto que no —dijo la anciana disimulando cierto alivio.

La joven le dio un beso en la frente y le acaricio los cabellos blancos. Salió de la habitación con paso decidido sin volver la vista atrás.

Clarita suspiró profundamente. La extenuaban sobremanera estas visitas. Lo que no terminaba de entender era porqué insistía en llamarla “mami” si ella no tenía la menor idea de quien era. “¿Será una de las amigas de mi hija?”, se preguntaba. “Cuánto hace que no viene a verme, se ve que ya no le importo”, se quejó con tristeza. Atesoraba la imagen de esa niña de cabello castaño peinado con colitas, vestidito a cuadros y zapatos negros de charol. “Qué preciosa que era”, se dijo con nostalgia. De repente se le frunció el entrecejo. Algo pugnaba por aflorar de su interior, un recuerdo, un rayo de luz tratando de penetrar la oscuridad circundante. Esa joven que había estado allí; ¿no se parecía a Lucianita? Su mente hacía un esfuerzo supremo para conciliar ambas imágenes, ambas fisonomías, en una tentativa estéril por llenar los espacios vacíos en su memoria. Por un momento le pareció que lo conseguiría. Su mano se extendió para acariciar ese rostro antes de que se desvaneciese.

—¿Ya tomó la leche Clarita?

El rostro se desvaneció al instante. Clarita se volvió hacia la mucama que había entrado a la habitación.

—¿Qué hora es? Todavía no me trajeron el café con leche —dijo casi por reflejo.

La mucama le sonrió con paciencia mientras observaba la bandeja sobre la mesa. Tomó los restos de la merienda y salió entornando la puerta. Clarita se sintió rara. Creía haber estado a punto de dilucidar un asunto de crucial importancia para su vida. Trató de volver a ese pensamiento; pero ya no quedaba rastro alguno de él. Una tristeza inmensa la inundó. Se daba cuenta de que por más empeño que pusiera no lograría conectar en su imaginación los puntos que conformaban la senda que obrara el milagro de llevarla de regreso a casa, allí donde la Clarita que supo ser alguna vez la esperaba para rescatarla de las sombras.

Otro profundo suspiro hinchó su pecho. El cuerpo de la mujer se relajó, dejando de luchar contra lo inexorable, rindiéndose ante el cruel adversario que la doblegaba. Dirigió la mirada al parque, resignada. Notó que muchas hojas amarillentas reposaban sobre el césped, algunas arrastradas de aquí para allá por el caprichoso soplo del viento. Clarita admiró la escena con los ojos nublados a través de los cristales de sus anteojos. Una sensación de paz sanadora la inundó. Se dijo que ciertamente le gustaba ver como los verdes se teñían de dorado en aquella época del año.