El Tren

Un cuento de Carlos Donatucci

Me gusta sentarme junto a la ventanilla del tren, mirar como el paisaje se despliega ante mis ojos, aunque sea repetido. Es mejor aún en los días de lluvia, cuando las gotas resbalan por el vidrio creando una cortina a través de la cual todo se ve distinto, difuso. Disfruto también cuando el sol envía sus rayos dibujando curiosos reflejos sobre el paisaje, obligándome a hacer visera con la mano. La noche también tiene su encanto, cuando la oscuridad es salpicada por brillantes puntos plateados que titilan en la lejanía.

El tren

Me gusta sentarme junto a la ventanilla del tren, mirar como el paisaje se despliega ante mis ojos, aunque ya lo conozca de memoria. Me ubico siempre en el asiento de mi preferencia aprovechando que el vagón está vacío. Me acomodo bien. Levanto la ventanilla en verano, para que entre un poco de aire fresco. Paso la palma de la mano dibujando un círculo para desempañar el vidrio en invierno o hago vapor con mi aliento para garabatear un nombre añorado que se esfumará irremediablemente.

Me gusta sentarme junto a la ventanilla del tren, mirar como el paisaje se despliega ante mis ojos, aunque a veces me resulta triste. Había una época en la que la estación hervía de gente, de actividad, de movimiento. Era como el incansable corazón que bombeaba sangre a todo el resto del cuerpo. Aguardábamos cada día la llegada del "Lucero de la mañana" que nos traía el diario, las cartas ansiosamente esperadas, las encomiendas de Buenos Aires, la gente que venía a hacer negocios al pueblo y un sinfín de otras cosas tan importantes como necesarias. En una palabra, la vida.

Me gusta sentarme junto a la ventanilla del tren, mirar como el paisaje se despliega ante mi vista, aunque sé positivamente que sus días han pasado. Ahora no es más que una vieja foto grisácea detenida en el tiempo. Veo los pastizales que casi ocultan las vías truncadas. Veo las tejas derruidas de la estación. Veo el andén desolado, habitado por fantasmas que se han negado a partir. El flujo vital que provenía de su red de numerosos afluentes se cortó un día. "No es rentable", dijeron algunos, mientras otros observábamos con horror cuales serían las inevitables consecuencias de tal despropósito. En una palabra, la muerte.

Me gusta sentarme junto a la ventanilla del tren, mirar como el paisaje se despliega ante mi vista, a pesar de que su último viaje haya sido hace ya mucho tiempo. Algunas veces los niños del pueblo vienen a jugar a los vagones abandonados, trayendo un poco de vida. Pasan a mi lado sin verme, corriendo con sus caras enrojecidas, riendo. Cuando se van el silencio que los sucede es ensordecedor. Yo me quedo allí, acurrucado en mi asiento, esperando en vano a que un día todo sea como antes, evocando los buenos viejos tiempos.

Me gusta sentarme junto a la ventanilla del tren, aunque ya lleva detenido muchos años y haya sido yo el que ha partido.