El timbre

Un cuento de Carlos Donatucci

El Timbre

El viento helado cruzaba el patio de juegos de lado a lado. El amplio espacio estaba desolado mientras los niños se encontraban en las aulas aprendiendo las enseñanzas del día. Las hojas desprendidas de los árboles eran llevadas de un lado a otro en una danza sin fin, dibujando caprichosos remolinos. Un niño pequeño se encontraba parado en unas de las esquinas observando con mirada alerta el lento movimiento del reloj de la torre que dominaba el panorama desde lo alto. Con cada segundo que pasaba su corazón se contraía. Llevaba las manos enterradas en lo profundo de los bolsillos de su sacón. Las piernas le temblaban de frío, apenas cubiertas por los pantalones cortos. Tenía la mitad del rostro escondido por una bufanda de lana y la gorra escolar le cubría la frente. La aguja del minutero se acercaba irremediablemente al número doce, anunciando la llegada del recreo, el comienzo del suplicio.

Su mente se trasladó hacia su casa, su cuarto, hacia la seguridad de las cosas familiares, acogedoras. Cómo deseaba estar allí, ir hacia la cocina llevado por el delicioso aroma de la comida de su madre, plena de colores y sabores sorprendentes. Ella lo recibiría con esa cálida sonrisa que afloraba en sus labios cuando él aparecía en escena. Enseguida dejaba lo que fuera que tuviera entre manos para darle un largo y cariñoso abrazo, besándolo en las mejillas, jugando con su cabello rebelde. Un sentimiento de calidez le inundó el cuerpo y le llenó los ojos de lágrimas. Qué lejano parecía su hogar aunque estuviese a unas pocas cuadras de distancia. El tiempo seguía avanzando. El fatídico sonido de la campanilla cruzaría el aire en cualquier momento. El corazón le dio un salto al escuchar un portazo en el otro extremo del patio. Comprobó aliviado que un niño corría apresurado hacia la zona del gimnasio. El sonido del viento fue lo único que se escuchaba cuando los ecos del portazo se apagaron.

Le pareció percibir un sordo clamor proveniente de las aulas, como el sonido de un enjambre lejano. La piel se le erizó al vislumbrar lo que sucedería a continuación. El murmullo iba creciendo en intensidad, como crece la marea que luego envuelve toda la playa. El corazón del niño comenzó a bombear con fuerza. Podía percibir el latido de sus sienes, que semejaba antiguos tambores tribales dibujando un ancestral llamado de peligro. La adrenalina le recorría el cuerpo. El sonido estruendoso de una puerta abierta de golpe le hizo dar un respingo. Decenas de niños de distintas edades eran vomitados hacia el patio a través de la abertura acompañados por un bullicio ensordecedor. La energía contenida durante las interminables clases hacía eclosión transformándose en movimiento, gritos, juegos, mejillas rojas y rostros plenos de excitación. El sonido estridente del timbre electrificó el ambiente. Los puños del niño se apretaron aún más dentro de los bolsillos de su sacón. Notó con desagrado que las piernas le temblaban, pero no de frío. Los alumnos más grandes comenzaron a emerger por la puerta del patio, preludio de la amenaza que se cernía sobre él. Fue entonces que decidió cerrar los ojos para sumergirse en el efímero bálsamo de la oscuridad.

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Damián levantó los párpados lentamente. Una intensa luz hirió sus ojos. Marisa notó que el brillo lo mortificaba y la apagó de inmediato dejando sólo un velador que arrojaba una iluminación mortecina. Damián trataba de recuperar el sentido del aquí y ahora. Reconoció el dormitorio de la casa familiar. Su mente fue accediendo paulatinamente a los hechos recientes hasta que logró recomponer la cadena de acontecimientos que desembocaban en el tiempo presente. Sintió los labios resecos. Trató de pasar la lengua sobre ellos pero estaba igualmente acartonada. Marisa acudió con presteza y le pasó un trapito húmedo sobre la boca. “Qué haría sin ella”, se preguntó agradecido. Había sido el cayado que lo había sostenido en el tránsito de su enfermedad. Sabía con certeza que ya estaba en la última etapa del calvario. Comprendió que lo habían llevado a la casa para que estuviera más contenido, en compañía de los suyos. “Ya está, se terminó todo”, pensó acongojado y sorprendido. “¿Cuándo se me pasó la vida tan rápido?” Dejó la pregunta sin respuesta. Otros pensamientos acuciantes asomaban a su mente.

Sabía que había postergado tozudamente cualquier reflexión acerca de los temas existenciales de la humanidad. No porque no los considerara importantes, sino porque tenía “todo el tiempo del mundo” para hacerlo. Jamás se le ocurrió pensar que el final pudiera estar a la vuelta de la esquina, que una célula tan minúscula e insignificante podría ser la causante de que su historia tuviera un desenlace anticipado. Ahora, tumbado de espaldas en la cama, sus pensamientos giraban alocadamente sin darle tregua. En breve se develarían los interrogantes que habían inquietado a los seres humanos desde que tuvieron conciencia de su propia finitud. Se sintió sobrecogido por un miedo visceral. El calor de la fiebre lo sofocaba, mezclado con un profundo sentimiento de desamparo. Allí mismo, tendido en la cama, se aferraba con desesperación a la plena conciencia de su existencia, como si al hacerlo pudiera posponer lo inevitable. Si hubiera sentido esa misma sensación en cada segundo de su vida la hubiera vivido de una manera muy diferente. Pero en ese momento en que estaba a punto de trasponer el umbral de la nada, más consciente era del valor intrínseco de la vida, de que estaba vivo, respiraba, pensaba, sufría; todavía sentía la sangre fluir por sus venas.

“¿Será así?, ¿me espera la nada?”, se preguntó dubitativo. Sintió la misma opresión que le producía aquel sueño recurrente que lo atormentaba algunas noches, en las que se despertaba agitado y bañado en sudor. Lo trastornaba la idea de que ese arduo peregrinaje por los caminos áridos de la vida fuera lo único que le quedaba, que al exhalar su postrer aliento todo acabaría. “Qué patéticos y absurdos habrían sido mis afanes de ser verdad”, concluyó desalentado. Pero muy en su interior tenía la certeza de que así sería, de que no había un “más allá”. Nunca había sido religioso y jamás le había interesado tampoco. La idea de un ser supremo que se relacionara con él en forma personal le parecía inaceptable, casi un insulto a su sentido común. El concepto del Cielo y del Infierno que le habían inculcado en el colegio secundario le había parecido un mero artilugio para mantenerlo a raya, un sofisma con el cual los sacerdotes habían tratado de dominarlo a través de la culpa y los castigos corporales. Allí se había persuadido de que no existía tal cosa, pergeñando un mecanismo para mantenerse a salvo y así tener el control de la situación. Más tarde había dado la espalda sistemáticamente a todo intento de acercamiento a cualquier tipo de experiencia espiritual. “No lo necesito”, se repetía con obstinación. Aquel dicho popular brotó de su memoria súbitamente: “Se cree más en los milagros a la hora del entierro”. Sí, ahora que debía enfrentar inexorablemente esa experiencia única, lamentaba haber sido tan necio, tan soberbio, tan confiado en el trecho que le quedaba por delante. Comprendió que nunca había tenido el control, que no existía tal cosa, que la fragilidad de la existencia le resultaba insoportable.

Se le nubló la vista. Una oleada de miedo lo invadió nuevamente, pero esta vez se trataba de un pánico salvaje, abrumador; la incertidumbre que se siente al tener que abrir una puerta sin saber qué podría esconderse del otro lado. De haber podido hubiera gritado, hubiera renegado del destino y del futuro que le esperaba. “¿Futuro?, ¿qué futuro?”, concluyó con irónica tristeza. Sintió que le tomaban la mano. Escuchó voces y sollozos entrecortados. Le pareció percibir siluetas que rodeaban su lecho. La respiración se le hizo estertorosa. Entendió que se bajaba el telón, que ya era el final. Debía cortar amarras y alejarse de la seguridad del puerto. El miedo y la furia dieron paso a una repentina aceptación. Ya no podía luchar, no podía resistir. Sólo podía entregarse por entero a vivir con la mayor intensidad posible esos segundos que le restaban. Se dispuso a esperar, aguzando sus sentidos para ser capaz de percibir el paso del “ser” al “no ser”, el subrepticio cruce del puente que une el todo con la nada. Un solo interrogante mantenía su mente trajinando intensamente: “¿Seré capaz de identificar la última milésima de segundo? ¿Será ahora?, ¿o ahora?, ¿o ahora?, ¿o…?”

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El sonido del timbre se apagó. El niño abrió los ojos. Observó el patio de su infancia con sorpresa, como si se tratara de la primera vez que lo veía. Nada había cambiado. Él se encontraba allí, en ese rincón apartado, en medio del bullicio, esperando, inspeccionando cada metro con ojos avizores. Tres figuras atravesaron la entrada y se detuvieron a pocos pasos de la puerta. Deliberaban, lanzando cada tanto furtivas miradas hacia donde él se encontraba. El pavor lo dominó. Reconoció esas figuras que acudían del pasado, desde el remoto lugar en donde habían sido sepultadas hacía mucho tiempo. Dirigió la vista hacia abajo y vislumbró el sacón, los pantalones cortos, los zapatos desatados con las puntas destrozadas. Se le heló la sangre. Un grito nació en su interior y murió en su garganta. Estaba atrapado en una cárcel de carne y hueso. Quiso correr, pero estaba paralizado. Las piernas no le obedecían. Las tres figuras terminaron las deliberaciones y comenzaron a caminar hacia él, con exasperante lentitud, como tantas otras veces, casi disfrutándolo. Pudo adivinar que estarían sonriendo torvamente.

Poco a poco sintió que se convertía en una estatua de piedra, incapaz de reaccionar, sometido al miedo que lo obligaba a enfundarse nuevamente en la piel de aquel niño presa del espanto, que debía enfrentarse cada día con la maldad, con el sometimiento, con la impotencia de saberse indefenso ante sus opresores. Las figuras estaban a pocos pasos de distancia. El sentía que cada molécula de su cuerpo era ya parte de aquella estatua pétrea. Un rayo de luz penetró su entendimiento al comprender que en cada persona habitaba un temor supremo escondido en lo más recóndito de su ser, un temor arrastrado por cadenas con pesados grilletes, un temor que se hacía presente en cada pesadilla, en cada vigilia en la oscuridad de la noche, haciendo añicos todo rastro de paz mental. “Existe, siempre existió”, se dijo en un susurro. Fue entonces que sus dudas fueron develadas, que el interrogante que lo había acechado durante tantas madrugadas de insomnio tenía respuesta al fin, porque entendía con claridad meridiana que a partir de ese mismísimo instante se vería sumido en ese miedo, en ese horror que se repetiría sin cesar día tras día, condenado sin remedio al infierno personal que le estaba destinado por toda la eternidad.