El Patio

Carlos Donatucci, ex alumno escuela William Morris promoción 1971
Dedicado a mis compañeros:  Victor S.    Eduardo T.     Ricardo S.     Susana S.    Claudia B.    Guillermo C.     MImí F.    Roberto A.    Marcelo M.    Gustavo L.   Patricia F.   Adriana C.   Derlis M.    Ricardo V.   Orlando O.    Osvaldo D.   Graciela M.   Andrés S.   Beatriz R.   Gina U.   Mario M.   Gabriel C.   Alberto M.   y otros.

Los pasos del niño se detuvieron ante la puerta de la dirección. Levantó el brazo con renuencia y dio unos golpes vacilantes. Una voz surgió de la oficina diciendo "adelante". El niño empujó la puerta lentamente hasta que le permitió asomar la cabeza.

—Carlitos. ¿Otra vez acá? No me digas que tenés hora de folclore. Entrá por favor.

El niño entró a la habitación. Se detuvo en frente del escritorio con expresión de carnero que llevan al matadero. Los ojos de la directora lo observaban escrutadores pasando de la censura a la indulgencia a medida que examinaba la imagen que tenía adelante. El rostro del niño era un mosaico de gestos en el que se podía leer como en un libro abierto lo que pasaba en su interior.

—¿Y ahora qué pasó? — preguntó la señorita Lila con aire de resignación.

—Y… la señorita Sara me pidió que tirara el chicle… y que estuviera callado… y…

—Bueno, lo de siempre. Ya sabés que ella quiere tener un poco de orden en la clase, de lo contrario no puede preparar los cuadros para la fiesta de fin de año. Vos estás en varios si no me equivoco.

El niño asintió con la cabeza. Todos estaban al tanto de la relación de amor-odio que tenía con la profesora de folclore. La directora observó el reloj. Aún faltaban unos quince minutos para el recreo.

—Sentate en esa silla hasta que suene el timbre. Yo tengo trabajo que hacer. Quedate calladito.

Carlitos obedeció diligente. Se arrellanó lo mejor que pudo en la silla, con las piernas colgando. Se dispuso a esperar. La dirección era una amplia habitación que daba a la calle Olavarría, en el barrio de la Boca. Tenía varias ventanas estrechas por las cuales entraba mucha luz. Estaba llena de armarios, mesitas con papeles, mapas y retratos. El techo era altísimo, dándole una frescura natural hacia el fin del año. El piso era de largos listones de madera. La bandera reposaba orgullosa en una de las esquinas, presidiendo la estancia.

Increíblemente para alguien que se encontraba castigado, el niño estaba a gusto. Se sentía bien en ese lugar tan apacible. Quince minutos podían ser una eternidad para un chiquillo inquieto que no podía estar un instante sin moverse, sin hablar; pero el pacífico influjo de la dirección lo tenía cautivado. Él trataba de mostrar una actitud de dignidad compungida a todas luces encantadora, aunque su rostro pecoso de atorrante lo traicionaba sin querer.

Los ojos del niño se posaron sobre el perfil de la directora. Era una mujer joven. Llevaba el cabello corto, peinado a lo alto. Tenía un rostro agraciado, amigable, que podía transformarse rápidamente en la mismísima figura de la justicia. Su mirada tenía esa notable combinación de cariño y disciplina que caracterizaba a todas las docentes de entonces. Había sido su maestra de segundo grado, luego promovida a directora del turno tarde un par de años después. Era evidente que lo conocía como a la palma de su mano.

El tiempo transcurría mientras Carlitos lanzaba miradas furtivas hacia el reloj, sin osar interrumpir el silencio reinante. Finalmente el timbre sonó, como una señal de la liberación inminente. El cuerpo del niño se tensó en la silla, esperando la orden que lo habilitaría a retirarse. Lila continuó escribiendo unos segundos más, consciente de la situación, prolongando deliberadamente el momento. Ya se escuchaba el bullicio proveniente de las aulas. Decenas de niños emergían de las mismas como afluentes de un rio torrentoso que se dirigía raudamente al patio, al mar que los recibiría con brazos protectores.

La directora decidió poner fin al encierro.

—Podés salir al recreo —le dijo con cara seria—. Espero no verte por unos días.

—Sí, me voy a portar bien —dijo Carlitos con cara de santo.

—Andá, andá, sí, portate bien —dijo Lila haciendo un esfuerzo sobrehumano para no sucumbir ante la simpatía que le inspiraba el mocoso.

En un instante el niño salió de la dirección. Raudas zancadas lo transportaban hacia su lugar preferido del colegio, el patio. Emergió del pasillo y se detuvo agitado. Luego de haber estado cautivo la libertad le resultaba embriagadora. Su mirada recorría el lugar reconociendo los hitos más relevantes. Allí estaba el pino con su amplio cantero que resultaba ser el lugar ideal para jugar a las bolitas. La pared debajo del vitral del templo, ideal para jugar a las figuritas. El largo piso embaldosado del patio con sutiles lomadas que era utilizado para las carreras de autitos, que ellos preparaban con el mayor esmero. El gimnasio, donde se desarrollaban las gestas deportivas más importantes, las carreras de velocidad, los partidos de futbol, las jornadas de atletismo.

Unas manos se levantaron en el lado opuesto del patio, llamándolo. Reconoció a sus compañeros de grado que ya habían bajado del salón de actos. Salió disparado como un resorte en esa dirección, pronto a fundirse con esa multitud de almas infantiles dedicadas a disfrutar de la actividad más importante de la escuela, el recreo.

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—¡Señor, señor!, ¿es usted ex alumno?

El hombre reaccionó saliendo de su ensueño. Notó que las dos personas que estaban delante de él en la cola ya habían entrado. Una joven que hacía las veces de recepcionista lo contemplaba con curiosidad. Él se aproximó a la mesa que ella utilizaba a modo de escritorio, a unos pasos de la puerta de la dirección. La vista de esa puerta lo había sacudido, transportándolo a otros tiempos. Sonrió tontamente al notar que estaba todavía parado, sin atinar a moverse.

—Sí, sí, soy ex alumno, promoción mil nueve setenta y uno —dijo casi con vergüenza.

—¿Apellido?

—Donatucci.

La joven levantó la vista al escuchar el nombre. Observo al hombre con renovado interés, con expresión casi risueña. Dejó por un momento la lapicera que tenía en la mano.

—Ah, ¿usted es Donatucci? Gusto en conocerlo personalmente. Yo soy Mariel, la secretaria del colegio. —La joven le tendió la mano, que él estrechó sorprendido.

—Hace un par de días estaba revisando las primeras actas buscando información que sirviera para la fiesta del cincuentenario y apareció su nombre. ¡El primer alumno mencionado en las actas oficiales! Por eso me acuerdo de su apellido.

—¿En serio? Qué gran privilegio —dijo el hombre tratando de recordar qué lo habría hecho merecedor de semejante honor.

La muchacha lo invitó a acercarse más para decirle algo al oído.

—Era un acta de disciplina, ¿sabe? —dijo la joven casi en un susurro, con tono cómplice—. Algo serio habría hecho. No había muchos detalles del asunto.

El hombre rió de buena gana. Sí, de seguro no habían sido sus logros académicos los que lo habían inmortalizado de esa manera. Tomó la entrada que ella le había completado y abonó el costo todavía sonriendo.

—Ya puede pasar. La fiesta es en el salón de actos, subiendo por esa escalera, fue un gusto conocerlo —le dijo la joven devolviéndole la sonrisa.

—¿Puedo pasar un momento al patio? —preguntó el hombre al ver a la distancia que tenía las luces prendidas.

—Sí, claro. Usted ya conoce el camino.

Recorrió el pasillo que iba de la puerta de la dirección al patio con el corazón palpitante. Se detuvo exactamente en el mismo lugar que aquel día, como tendiendo un puente imaginario conectando ambas épocas. El patio parecía más pequeño de lo que recordaba. Notó que el pino ya no estaba, tampoco el mástil donde había izado la bandera tantas veces. Nuevas aulas habían sido construidas para albergar el nivel secundario. Claro, habían pasado muchos años; pero en esencia era lo mismo. Cerró los ojos con fuerza. Al abrirlos las imágenes del pasado comenzaron a entrelazarse con las del presente. El patio de su infancia apareció ante sus ojos cobrando vida, superpuesto con el actual, proyectando una imagen fantástica.

Se sobresaltó al sentir que alguien lo tomaba de la mano. Miró a su lado casi con temor. Un niño rubio, de cabellos desordenados y cara pícara le sonreía desde abajo. Reconoció de inmediato el delantal marrón, los pantalones cortos, las rodillas negras, las puntas de los zapatos destruidas de tanto patear chapitas, el viejo distintivo de tela cosido a mano. Se le hizo un nudo en la garganta. Apretó la mano del niño con emoción, tratando de aferrarse a esa imagen tan querida y le sonrió a su vez, como reencontrando a un viejo amigo al que no veía desde hacía mucho tiempo.

Hombre y niño dirigieron sus ojos al patio y se quedaron allí unidos por un vínculo que trascendía los límites del tiempo y el espacio, contemplando el lugar, esperando a que alguien los llamara levantando una mano para ir a jugar.