El Juego de la Cenicienta

Un cuento de Carlos Donatucci

Ya era casi mediodía. Me encontraba sentado en la estación Retiro esperando la hora de partida de mi tren. Habían anunciado unos minutos atrás que el servicio estaba temporalmente interrumpido debido a un accidente en una de las estaciones vecinas. Sabía por experiencia propia que esos cortes solían durar una eternidad. No cabía más que resignarse y apelar a toda la paciencia posible para sobrellevar el fastidio del momento.

Mis ojos vagaban recorriendo a la gente que circulaba por el hall central con nerviosa impaciencia. Muchos abandonaban la estación en busca de algún taxi o colectivo que los llevara a tiempo a sus destinos. Unos pocos discutían acaloradamente culpando al gobierno de turno por la falta de control sobre las empresas de transporte público. Otros esperábamos con la mayor calma posible a que la situación volviera a la normalidad.

Me resultaba curiosa la resignación bovina con la que aceptábamos el constante maltrato a nuestra desgastada civilidad. Era digno de ver cómo la gente se las arreglaba siempre para encontrar alguna solución alternativa echando mano a cualquier recurso de último momento que los sacara del problema. Era lógico que fuera así. No era más que la consecuencia natural de vivir en un país imprevisible, sin estabilidad, en el que las reglas del juego cambiaban diametralmente de un día para otro, en el cual había que poseer una gran capacidad de adaptación a lo inesperado para poder subsistir.

El juego

Mis cínicas reflexiones acerca de nuestra idiosincrasia fueron dejadas de lado cuando un nuevo personaje irrumpió en la escena acaparando completamente mi atención. Una mujer joven se aproximaba caminando con paso seguro, aunque no exento de la distintiva gracia femenina. El trajecito sastre azul marino que vestía, un tanto anticuado para mi gusto, marcaba una línea de recato y sobriedad. Lucía unos anteojos redondos con marco de carey que acentuaban el aire intelectual de su rostro. El cabello rubio estaba recogido en un prolijo rodete aferrado a la nuca. Llevaba en una de sus manos un maletín de cuero. El cuadro se completaba con el infaltable teléfono celular.

Se detuvo en el medio del amplio hall contemplando con seriedad el tablero de los horarios, muy cerca de donde yo me encontraba sentado. Al observarla con mayor cuidado me pareció percibir un aire familiar en su aspecto, como si la conociera de alguna parte, aunque no podía recordar con exactitud de dónde.

Mientras tanto cientos de personas circulaban raudamente a su lado en una frenética e incesante procesión, tratando de ganar preciosos segundos. Ella intentó girar para salir del camino de aquella marea humana en el preciso momento en que un muchacho emergía de la misma. La colisión fue inevitable. Él tropezó torpemente tratando de minimizar el impacto pero no pudo evitar que el maletín se desprendiera de la mano de su portadora y fuera a dar de lleno al suelo. La violencia del golpe provocó que el maletín se abriera dejando escapar todo su contenido en el medio del hall. Los ocasionales testigos de la escena quedamos a la expectativa de lo que sucedería a continuación. El consternado muchacho se deshacía en disculpas tratando de calmar los ánimos de la joven.

Algunos de los presentes reaccionaron de inmediato con el fin de recuperar las cosas en medio de la muchedumbre. Yo me quedé sentado, observando uno de los objetos que había salido despedido del maletín y había llegado rodando casi hasta mis pies. Era una pequeña muñequita de goma con ralos cabellos rubios que parecían a punto de desprenderse. El desgaste mostraba a las claras que había sido usada y querida durante largos años.

Me agaché para agarrarla. Sostuve el extraño objeto entre mis dedos. Extraño para el perfil de persona que parecía tener la muchacha, me dije sorprendido mientras lo observaba detenidamente. De pronto se produjo un clic dentro de mi cabeza. La gastada muñeca evocó vivencias que habían estado guardadas en mi memoria durante muchísimo tiempo. Recuerdos de la infancia, de un tiempo despreocupado y feliz, de interminables tardes de juegos con quien había sido la compañera ideal, la hermana perfecta, mi cómplice incondicional.

La Feli.

Levanté la mirada. La joven se dirigía resueltamente hacia mí. Al parecer ya había recobrado todas sus pertenencias y venía por el único objeto que le faltaba recuperar, la muñequita. Me puse de pie instintivamente. A medida que se acercaba, la imagen de ella se entretejía con la del olvidado mundo de mi niñez.

--x--

—¡Vamos a jugar a la cenicienta! —me dijo la Feli.

—¿Otra vez? ¿Nunca te vas a cansar de jugar a la cenicienta?

—Y... no. A mí me gusta, dale... sé bueno.

La Feli sabía que yo no podía negarme, que siempre terminábamos haciendo lo que ella quería. El juego comenzaba unos minutos antes de las doce del mediodía. Nos sentábamos en el suelo, al pie del gran reloj de péndulo que descansaba en un rincón de la sala de estar. Allí esperábamos pacientemente hasta las doce, cuando el reloj comenzaba a tocar fuertes y profundas campanadas.

Al sonido de la primera yo debía taparme los ojos con el solemne compromiso de no espiar. La Feli salía corriendo a esconderse en algún lugar de la casa. Yo debía permanecer allí hasta que el sonido de la última campanada se hubiera apagado y entonces comenzaba la búsqueda. Así de simple. El nombre del juego se debía al hecho de que después de las doce la princesa se transformaba en La Cenicienta y por lo tanto tenía que esconderse para que el príncipe no la viera. Estábamos orgullosos de haber inventado un juego tan original, con título y todo.

La casa donde vivíamos era enorme. Nuestros abuelos la habían construido a costa de mucho sudor y sacrificios, como tantos otros inmigrantes que habían llegado con sus sueños a cuestas, haciendo de esta tierra su hogar. Era de esas casas de antes, tipo "chorizo", con galería y patio. Un inmenso fondo con cañas, gallinero y árboles de todo tipo remataba el largo terreno. También tenía una escalera interna que llevaba a una amplia terraza donde solíamos jugar "al agua" en carnaval.

La casa era ideal para el juego de la cenicienta. A veces me llevaba más de una hora encontrar a la Feli. Recordaba aquel sábado que después de agotar todos los posibles escondites la encontré acurrucada en una rama de uno de los árboles del fondo, donde no se me había ocurrido buscar.

—¿Estás listo? —La cara pecosa de la Feli me interrogaba con picardía.

—Sí, estoy listo.

La Feli me miraba esperando el comienzo de la cuenta. Yo sabía que la cabeza le trajinaba intensamente pensando en un buen lugar donde esconderse. El reloj comenzó a sonar. La Feli se paró como un resorte. Con un agudo grito de entusiasmo se dispuso a escapar.

—¡No espíes! —me dijo, y salió corriendo. Lo último que distinguí antes de que ella desapareciera de mi vista fue su corto pelo rubio y la muñequita que tanto quería, semioculta en su mano.

--x--

La quietud de la noche había sido brutalmente quebrada por el estruendo de una puerta hecha trizas. Desperté sobresaltado por el barullo aterrador que venía de las habitaciones del frente. Pude distinguir los gritos de mi padre y el llanto de mi madre. Miré hacia la cama de al lado. La Feli no estaba. Me levanté de un salto y me asomé al pasillo que comunicaba los distintos cuartos. Un montón de hombres armados corrían de un lado para otro revolviendo todo a los gritos. Sus pesadas botas hacían un ruido espantoso en las frías baldosas de la casa. Corrí hacia el hueco de la escalera que llevaba a la terraza y me escondí allí a fin de observar a hurtadillas lo que ocurría.

Al rato el tumulto cesó casi por completo. Sólo se escuchaba una voz dando órdenes. Luego logré verlos. Mis seres queridos desfilaban delante de mi vista cabizbajos. Los hombres se los llevaban a todos a punta de pistola. Quise gritar, hacer algo para ayudarlos; pero el terror me tenía paralizado. Mi padre sangraba de una herida en la frente. La Feli caminaba sollozando, sorbiéndose los mocos, tomada de la mano de mi madre. Lo último que vi antes de que ella se desvaneciera de mi vista, fue su corto pelo rubio y en su mano, la infaltable muñequita de goma.

Perdí la noción del tiempo acurrucado en la oscuridad de mi escondite. La casa permanecía en un ominoso silencio. Todo había pasado demasiado rápido para mi azorada comprensión infantil. Las escenas acudían a mi mente como relámpagos, atormentándome. De pronto el reloj de la sala empezó a sonar. El sonido me estremeció renovando el miedo. Las campanadas despertaban sombríos ecos en la tensa calma reinante. Cerré los ojos con fuerza esperando que al abrirlos todo hubiera sido sólo una terrible pesadilla. Después del último gong nada había cambiado. Comprendí que tarde o temprano tendría que salir de allí para buscar ayuda. ¡Qué paradoja!, ¡era como un remedo grotesco del juego de la Cenicienta! Al fin tomé coraje y emergí de las sombras con la aciaga sensación de que quizás nunca más volvería a encontrar a mi familia.

--x--

—¡Señor, señor! ¿Se siente bien? —La muchacha rubia me miraba con preocupación mientras esperaba mi respuesta. Noté que no me tuteaba, a pesar de que tendríamos casi la misma edad. Tomé conciencia de que había salido de un estado de trance y estaba parado en medio de la estación Retiro. Un grupo de curiosos nos observaban mientras yo trataba de regresar al tiempo presente.

Mi mano apretaba algo con fuerza desmesurada. La abrí y observé el objeto que reposaba en la palma: una pequeña muñequita rubia, de goma.

—Sí, sí, me siento bien, gracias —alcancé a balbucear.

—¿Podría darme mi muñeca, por favor? Es un recuerdo de familia.

Se la devolví con una lentitud exasperante porque estaba como entumecido. Los miembros de mi cuerpo se negaban a obedecer. La miré intensamente, buscando algo, un signo, una señal de reconocimiento en su rostro; pero nada. Ella tomó el juguete y lo apretó con fuerza contra su pecho.

—Gracias —me dijo. Un embarazoso silencio se produjo por unos segundos hasta que ella murmuró un:— ¡Chau, suerte!

Se dio vuelta y se marchó caminando con paso decidido. No había andado más que unos cuantos metros cuando reaccioné, llamándola.

—¡Feli!

Ella se detuvo al instante. Se volvió hacia mí, mientras yo me acercaba a grandes zancadas. Todavía sostenía la muñeca.

—¿Cómo me llamó? —me preguntó cuando estuvimos frente a frente.

—Feli... Felisa.

—Usted debe estar confundido señor. Ése no es mi nombre, lo siento.

Me contempló por un instante a través de los cristales de sus anteojos. Creí adivinar una chispa de simpatía y comprensión en esa mirada. Sus labios no se movieron, pero una sonrisa aleteó en sus ojos una fracción de segundo antes de darse vuelta.

Luego se perdió entre la gente.

Lo último que vislumbré antes de que se desvaneciera para siempre de mi vida, fue su pelo rubio peinado con rodete ondulando sobre un mar de caras y nucas borrosas. Supe en mi interior que aún llevaría la gastada muñequita en su mano. Sacudí la cabeza para alejar aquellos dolorosos fantasmas del pasado; un pasado que reposaba en el fondo de mi ser emergiendo cada tanto, agitando las oscuras aguas del recuerdo.

Los parlantes comenzaron a informar que el servicio de trenes había vuelto a la normalidad. Me dirigí pesadamente hacia el andén que me correspondía caminando entre la abigarrada multitud, uno más en aquella masa sin rostro y sin alma que permanecía ignorante del terrible drama que había cambiado para siempre el curso de mi existencia.

Todavía me duraba el efecto de lo sucedido, cuando en algún lugar de la estación un antiguo reloj sonó dando las doce.