El arco iris caído

Un cuento de Carlos Donatucci

El arco iris caído

La tibia tarde de otoño invitaba a disfrutar de los postreros rayos de un astro rey que se acercaba inexorablemente hacia el solsticio de invierno. Una suave brisa jugaba con las hojas verde amarillas, resecas por la falta de savia, abandonadas a su suerte por la madre naturaleza. Raúl emergió del palier del edificio. Un rayo de sol se reflejó en sus cabellos de un negro brillante. Sus ojos azules recorrieron el paisaje con deleite, tratando de atrapar cada detalle de la magnífica escena. Verificó la hora. Tenía el tiempo justo para llegar al lugar de encuentro pactado con Celia, a pocas cuadras de allí. La había conocido un par de semanas atrás. La candorosa belleza de la joven lo había cautivado. Hacía varios días que no hacía más que pensar en ella, en esos cabellos color miel, en aquellos ojos profundos velados por largas pestañas. Trató de recordar si alguna vez en el pasado se había sentido de igual manera. No. Estaba seguro de que algo nacía en su interior por primera vez. Se regodeó con ese pensamiento de algo nuevo, virginal, brotando de lo más recóndito de su ser, no manchado por la cotidianidad, ni opacado por el insoportable polvo de la rutina. Comenzó a caminar con determinación hacia el barcito fijado como punto de encuentro. Tenía unas simpáticas mesitas con manteles a cuadros ocupando la vereda del frente. Consideró que la temperatura era ideal para sentarse allí y gozar de la compañía de Celia. El pulso se le aceleraba al igual que el ritmo de sus pasos. Al doblar la esquina divisó el bar. El corazón le dio un salto. Ella ya estaba esperándolo. Lucía arrobadoramente hermosa, con su falda escocesa y una deliciosa blusita blanca sin mangas. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, ella lo divisó. Se le iluminó el rostro con una sonrisa. Alzó la mano para saludarlo haciéndole saber que lo esperaba. Raúl la miraba hipnotizado a medida que se acercaba. Creía que podía morir de felicidad en ese mismísimo instante. Levantó la mirada al cielo para agradecer a la providencia por semejante fortuna cuando la sonrisa que le cruzaba el rostro se transformó en una mueca de espanto. Un enorme nubarrón gris plomo irrumpía en el firmamento, portador de un nefasto mensaje.

Raúl trató de controlarse pero no pudo impedir que su rostro palideciera levemente. Se sintió mejor al recibir un beso en la mejilla que le pareció un brevísimo bálsamo de paz. Celia insistió para que ocuparan una de las mesitas de la vereda. Raúl no se animó a contradecirla. Sus ojos miraban alarmados como otra nube plomiza tan grande como la anterior ocultaba temporariamente el brillo del sol. A pesar de la inquietud que lo embargaba no podía dejar de admirar la belleza de Celia. No paraba de parlotear animadamente acerca de una infinidad de tópicos mientras él la contemplaba embelesado, asintiendo oportunamente o intercalando agudos comentarios cuando era necesario. Bebía cada rasgo de ese rostro, apreciaba cada delicado movimiento de esas manos, cada sonrisa dibujada por esos labios. Estaba tan absorbido por la charla que tardó en notar que la tarde se había oscurecido antes de lo esperado. Una brisa fresca lo obligó a interrumpir la conversación. Quedó paralizado al mirar hacia el cielo cubierto por amenazantes nubarrones. Se preguntó con asombro cómo era posible que el clima soleado confluyera tan abruptamente en ese inesperado final, preludio inevitable de una tormenta en ciernes. Celia notó un brusco cambio en el semblante de Raúl. Una expresión inequívoca de terror se hacía visible sin que él pudiera disimularlo. La blanca palidez de su rostro contrastaba con las pinceladas rojas de sus mejillas. Ella le preguntó si se sentía bien, si le ocurría algo. Él balbuceaba frases incoherentes mientras miraba hacia el cielo cada vez más encapotado. Entonces sucedió lo inevitable.

Los ojos de Raúl divisaron con pavor el impacto de una gota de agua sobre las baldosas de la vereda. Se trataba de una gota enorme que dejó una visible mancha húmeda allí donde había caído. Él sabía que se trataba de una gota precursora detrás de la cual vendrían otras y otras, en una catarata interminable, tan pronto como las esclusas se abrieran en lo alto. Miró hacia todos lados evaluando posibles vías de escape. Celia examinaba con desconcierto el rostro desencajado de Raúl, tratando de dilucidar el motivo de su agitación. Raúl ubicó al mozo y pidió la cuenta casi con desesperación. Una segunda gota aterrizó a unos pocos centímetros del zapato derecho de Raúl. Las personas en las mesas vecinas se levantaban apresuradamente. Raúl era un manojo de nervios. Varias gotas gruesas caían alrededor de ellos. Celia reía. Al parecer no le molestaba en absoluto ser presa de un aguacero. Hasta parecía disfrutarlo, como si se tratara de un remate idealmente romántico para el encuentro. Las gotas aisladas trocaron en un chaparrón incipiente. Varias de ellas aterrizaron sobre la mesa que ocupaban. El mozo no aparecía y Raúl estaba al borde del colapso. Celia intentaba calmarlo cuando una formidable gota golpeó la mano de Raúl atravesándola de lado a lado ante la azorada mirada de ella. Los ojos de ambos se encontraron por algunos segundos. Raúl profirió un alarido inhumano que horrorizó a Celia y se levantó de la mesa, echando a caminar rápidamente por la calle en dirección a su apartamento sin haber pagado la cuenta, sin siquiera decir adiós. Celia se sobrepuso a la confusión inicial y corrió en pos de él sin prestar atención a los airados reclamos del mozo a sus espaldas.

La lluvia arreciaba. Pesadas gotas se multiplicaban cayendo como proyectiles, cubriendo más y más superficie con el transcurso de los segundos. El paso ágil de Raúl ya se transformaba en un trote vivo. Celia trataba de seguir el ritmo a duras penas con los zapatos de tacos mientras se hacía visera con la mano para impedir que el agua le nublara la vista. Vio que doblaba en la esquina, unos cuantos metros adelante. La lluvia le chorreaba por la cara cayendo desde el pelo aplastado. Dobló la esquina y pudo divisarlo entre la cortina de agua, forcejeando con la pesada puerta de madera que resguardaba la entrada del edificio. Cuando estuvo a unos pocos metros de él, notó con asombro que el saco estaba descolorido, algo desdibujado, y los contornos de la figura de Raúl se notaban difusos. Entonces él giró al presentir la cercanía de alguien a sus espaldas. Un grito ahogado nació en la garganta de Celia al verlo de frente. Tenía los cabellos pegados al cráneo, que se diluían en finas hebras a lo largo de la cara. Los ojos se derretían lentamente y la boca abierta se deshacía en una mueca macabra. Celia quedó inmóvil. Las mangas del saco de Raúl se fundían con sus manos cuyos dedos descarnados luchaban por sostener las llaves de la puerta. Un charco de color indefinido se formaba en el lugar en donde se suponía que debían estar los zapatos. Quedaron un momento frente a frente. Una expresión maligna se dibujó en los ojos apagados de Raúl, una expresión que rezumaba odio hacia quien bien podía ser considerada responsable de su desgracia. Comenzó a moverse con dificultad en dirección a ella. Celia estaba atornillada al piso, rebosando agua por todos sus poros. Las manos deformes de Raúl se aferraron al cuello de Celia como garras, con el firme propósito de poner fin a su existencia. Celia luchaba para deshacerse de esa presión que la privaba del precioso don del oxígeno. Cayeron al piso, castigados sin piedad por millares de aguijones. Celia perdía el conocimiento mientras era devorada por la oscuridad abismal que vislumbraba en las cuencas vacías de aquel rostro contrahecho. Finalmente abandonó la lucha, dejándose llevar por la fuerza sobrenatural que la sometía, observando con mirada vidriosa la máscara grotesca de la muerte.

La lluvia amainaba de a poco transformándose en una fina llovizna. Un transeúnte desprevenido dobló la esquina con urgencia tratando de ponerse a resguardo del aguacero cuando casi tropieza con el exánime cuerpo de Celia. Yacía desgarbado en el suelo, con los ojos extrañamente abiertos y con rastros de acuarela negra rodeándole el cuello. El hombre quedó en suspenso por un instante, admirando estúpidamente la blusita blanca de la muchacha, manchada de acuarelas de varios colores, como un presagio del arco iris que estaba por florecer.