Charlie

Un cuento de Carlos Donatucci

Su mejor gol

El verano de mis doce años ha dejado una huella indeleble en mi vida. El haber sido criado en el ámbito de un club me permitió vivir experiencias formadoras, un tiempo de sano esparcimiento, deportes variados y la invalorable interacción con los pares de mi edad. Una vez terminado el ciclo lectivo no había obligaciones, preocupaciones o responsabilidades que ensombrecieran el horizonte de mis días, los que transcurrían en una agradable monotonía sólo posible en el dorado tiempo de la infancia. Todavía mirábamos con indiferencia al grupo de las niñas, indignas de participar de nuestras actividades. Así pasábamos largas tardes jugando al vóley, pelota a paleta, tenis, fútbol o disfrutando del refrescante oasis de la pileta, charlando incansables de nuestros asuntos, recibiendo la caricia del sol en nuestros cuerpos bronceados. En mi caso, un único pensamiento monopolizaba mi mente por completo: el fútbol. Mis pulmones respiraban fútbol, mi piel transpiraba fútbol, me alimentaba del fútbol. Cuando jugaba un partido era realmente yo. La verdadera expresión de mi ser se manifestaba en cuanto mis pies entraban en contacto con una pelota. Sin duda estaba naturalmente dotado, había nacido para ser un crack.

El momento más esperado del día llegaba al declinar el sol, cuando el abrazador influjo de sus rayos se apaciguaba permitiendo que nos dispusiéramos a jugar nuestro tradicional “picadito”. Era entonces que dejábamos cualquier actividad que estuviéramos desarrollando, salíamos al campo grande, marcábamos los arcos con un par de remeras y corríamos como locos detrás de la pelota que rodaba vertiginosamente al ritmo de nuestros pies. Los martes eran particularmente especiales. Los muchachos más grandes hacían poner los arcos de madera con las redes correspondientes para armar un partido de once contra once ocupando toda la extensión del terreno. Algunos de los pibes éramos convocados a participar del encuentro, lo que representaba un honor y un reconocimiento a nuestras incipientes habilidades futbolísticas. Permanecíamos impacientes a un costado de la cancha hasta que alguno de los mayores se aproximaba y a punta de dedo índice seleccionaba al grupo de afortunados que completaría los equipos. ¡Qué increíble me parece ahora que un hecho tan simple pudiera producir semejante dosis de felicidad!

Ese día habían cortado el césped. La tarde era ideal para la práctica deportiva. Una brisa refrescante recorría el campo. El sol se ocultaba imponente sobre las tribunas más grandes. El cielo lucía rojizo, dando a las pocas nubes que se asomaban un tono rosado, intenso en los bordes, más claro en el resto. El partido daría inicio en cualquier momento. Yo me encontraba entre el grupo de los elegidos para participar. Mis pies parecían alados, mis piernas prontas para llevarme velozmente hacia el arco rival. Un cosquilleo de ansiedad me mantenía en constante movimiento. Era un simple partido de fútbol de club, pero para mí era como jugar en un estadio lleno de espectadores, con el canto de las hinchadas resonando en mis oídos y las banderas ondulando en las tribunas.

--x--

Promediaba el segundo tiempo. El tanteador marcaba un gol por bando. Nuestro equipo se mostraba superior, aunque esa superioridad no se reflejara en el resultado. Mi participación hasta el momento había sido bastante decorosa. Había estado a punto de hacer un gol y de servir otro en bandeja con un desborde electrizante por la derecha con el correspondiente centro atrás, tal como lo indica la más pura ortodoxia. El grado de concentración era tal que el resto del mundo había dejado de existir. Lamentablemente el resto del mundo no tardó en hacerse presente en la escena. Me pareció escuchar un llamado distante, un susurro traído por el viento hasta mis oídos, un ominoso anuncio de lo que se avecinaba:

—¡Charlieeeeee!, ¡Charlieeeee!

Mi mente se negaba a comprender el significado de tales palabras. Continué jugando como si nada hubiera ocurrido, pero consciente de que una sombra se cernía sobre mí, un mal presagio. La brisa volvió a traer aquellos ecos tan temidos:

—¡Charlieeeeee!, ¡Charlieeeee!

Fue entonces que un defensor del equipo contrario revoleó la pelota con violencia con el fin de alejar el peligro de su meta enviándola por sobre una de las tribunas vacías hacia el sector de parrillas. Se produjo una pausa inevitable que se prolongaría hasta que alguno se dispusiera a ir por él. No me quedó más alternativa. Me di vuelta con un resto de esperanza dentro de mi alma; pero fue inútil. Allí en el otro extremo de la cancha estaba ella, con una mano apoyada sobre la cintura, la otra a modo de visera sobre sus ojos, las piernas abiertas formando una ve invertida en una actitud ciertamente beligerante, como un general escudriñando el campo de batalla.

Mi madre.

Pronto comprendí que la tarde había avanzado. Maldije el destino miserable que me obligaba a abandonar el juego en la mejor parte. ¿Por qué debía pasarme eso a mí? Ella tenía esa compulsión inoportuna por querer volver temprano a casa para no encontrar los vestuarios llenos, para viajar con mayor comodidad en el colectivo de vuelta y una infinidad de detalles totalmente carentes de significado. Aún no me permitían viajar solo, así que estaba atrapado en un callejón sin salida. De todas formas, mis pies no se movieron un centímetro. Permanecimos así, contemplándonos a la distancia por un momento. Me pregunté qué hacía el inútil que había ido a buscar la pelota. Su tardanza permitía que el partido siguiera interrumpido brindándole a ella la oportunidad de tomar acciones más directas.

De pronto mi presentimiento se confirmó. ¡Ella había comenzado a caminar dirigiéndose hacia mi posición! Comprendí que no quedaba escapatoria posible. Algunos de los jugadores habían ido a tomar agua así que el partido no se reanudaría a corto plazo. Tuve una visión fugaz de mi futuro cercano si no me ponía en movimiento de inmediato. Saludé a los que tenía más cerca iniciando una estratégica retirada. Unos metros nos separaban. Sabía con certeza que recibiría una reprimenda delante de todo el mundo, pero no me importaba. No era la primera vez, y no cabía duda de que tampoco sería la última. Luego de unos segundos estuvimos frente a frente.

—Charlie, ¿no me escuchabas? Hace un rato largo que te estoy llamando.

Sorprendentemente su rostro no mostraba signos de enojo.

—No mami, estaba muy lejos —mentí con descaro—. Si no hubiera venido en seguida.

—Bueno, nada más te quería avisar que nos va a llevar Chiquita con el auto, así que nos vamos un rato más tarde… ¿entendiste?

—Sí, sí, está bien mami, ¿puedo terminar de jugar el partido? —pregunté palpitando de antemano la respuesta.

—Sí. Yo voy a estar en el quincho con Sarita y Chiquita. Cuando termines andá para allá.

Su mano aleteó en el aire para correr un mechón de cabello que colgaba sobre mi frente mientras me sonreía con cariño. Entonces se dio vuelta volviendo sobre sus pasos. Yo estaba en las nubes, en un paroxismo de felicidad. No podía creer lo que había pasado. Bendije al destino que había permitido que se produjera semejante milagro inesperado. Mi amigo Murita me miró y me guiñó un ojo con franca complicidad, contento al ver que me quedaba. La pelota ya había sido recuperada y reposaba mansamente sobre el piso, esperándonos. Los que habían ido a refrescarse ya habían regresado a sus posiciones. Todo estaba listo para reanudar el partido. No creo que alguien se hubiera percatado de la expresión de felicidad que irradiaba mi rostro. Estaba transfigurado. Mis pies parecían más veloces, mis piernas más fuertes, mi cuerpo más liviano. Pero por sobre todo ansiaba con toda mi alma culminar esa tarde con un broche de oro digno del milagro que se había producido unos instantes atrás; en realidad hubiera sido otro pequeño milagro: anidar la pelota en los amantes brazos de la red.

Debo resistir la tentación de concluir el relato diciendo que convertí el gol con el que nuestro equipo se alzó con el triunfo. Para ser honesto, no recuerdo qué pasó después, ni cuál fue el resultado final del partido. Mi mente no registró los eventos posteriores a la conversación con mi madre. Sólo recuerdo que cuando me iba de la cancha en dirección al quincho donde ella me esperaba, me di vuelta por un segundo para contemplar el cuadro que dejaba a mis espaldas. El sol ya se había ocultado tras las tribunas. El campo había quedado vacío. Atrás había quedado también el bullicio de nuestras voces y el resuello de nuestras respiraciones. Un par de peones retiraban los arcos ya despojados de las redes. Recuerdo que aspiré con fruición el aroma del césped llenando mis pulmones por completo. Mis ojos bebieron cada uno de los detalles del paisaje como si supieran que debían aprender esa imagen de memoria. Lejos estaba de adivinar que algunos años después sufriría una seria lesión que me apartaría de las canchas por el resto de mi existencia.

Pero aun así no me resulta difícil conjeturar el final de la historia. De seguro, mientras mis pasos me alejaban del lugar, mis pensamientos me estarían llevando hacia un mundo poblado con sueños de goles en el último minuto, banderas ondulando en las tribunas, papelitos danzando en el aire, cánticos y vueltas olímpicas. Un mundo donde podía ser yo mismo, un mundo donde la verdadera expresión de mi ser se derramaba sobre el campo en cuanto mis pies entraban en contacto con la pelota.