Cama Caliente

Un cuento de Carlos Donatucci

Cama Caliente

Ramiro caminaba por el barrio del Once. Ya estaba acostumbrado a la típica policromía de esas calles. El pintoresco cuadro del lugar estaba conformado por vendedores ambulantes compitiendo con improvisados puestos callejeros que competían a su vez con las grandes tiendas textiles, confiterías, perfumerías y locales de comida de todo tipo. El vecindario tenía una de las estaciones de trenes más importante de la cuidad por lo que una abigarrada multitud de personas convergía sin cesar en aquel punto, provenientes de las distintas provincias del país. Muchos recalaban en los grandes edificios de piezas de alquiler que abundaban en la zona, tratando de establecer una sólida cabeza de playa para luego buscar una ocupación que les asegurara el sustento y la permanencia. Tenía grabado en su memoria el recuerdo de su propia llegada. No le había resultado para nada fácil. Después de vagar sin rumbo por la ciudad durante varios días, alguien se había apiadado de él. Un alma caritativa que lo había guiado para poder dar los primeros pasos sin tropiezos en esa despiadada jungla de cemento. Había sido una fortuna inmensa contar con esa gente en lugar de caer en manos inescrupulosas que lo podrían haber sumido en la miseria y la opresión. Si hasta lo habían ayudado a conseguir trabajo y lo habían tratado como si fuera uno de ellos.

Sus pensamientos volvieron al presente. Necesitaba comprar una remera, algo deportivo con que impresionar a Rosalía, su nueva novia. Ella era peruana. Una hermosa morena de veinte años, de cabello largo y rizado. Habían combinado una salida para esa misma tarde y no tenía nada decente que ponerse. Tampoco contaba con dinero suficiente para invertir en ropa. Si gastaba mucho no le quedaría para la salida. Tendría que recurrir a esos puestos de la calle para comprar algo de segunda selección. Sus humildes recursos no le dejaban otra alternativa. Una vez allí comenzó a recorrer los diversos puestos en busca de la prenda indicada. En un momento la vio. Al instante supo que debía ser esa. Una hermosa remera azul, una excelente imitación de una reconocida marca internacional. El vendedor le decía que la comprara con la insistente solicitud propia del oficio, garantizándole que nadie notaría la diferencia. El precio era sumamente accesible. Pensó que combinaría de maravillas con el jean que solía usar para salir. Finalmente decidió llevarla. El vendedor le aseguraba con entusiasmo que había realizado una compra inmejorable.

Luego de pagar emprendió el regreso a la pensión donde vivía. Ansiaba probarse la prenda, ver si llenaba sus expectativas. Quería estar lo mejor arreglado posible para la tarde. Rosalía. La imagen de la muchacha le vino a la mente. "¿Estás enamorado chabón?", le decía una voz burlona dentro de su cabeza. Muy a su pesar debía reconocer que esos ojos negros no lo abandonaban ni a sol ni a sombra. El hombre recio que creía ser se transformaba en un dócil gatito doméstico cuando estaba con ella. Era como arcilla entre sus manos. Concluyó que no tendría problema alguno en dejarse modelar por las manos de aquella morena que le quitaba el sueño.

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El ruido de la llave en la cerradura resonó en el cuarto vacío. Ramiro entró y dejó la remera sobre la mesa, casi único mobiliario aparte de la cama. Una simple mirada bastaba para enumerar el exiguo contenido de la habitación. A él no le importaba. Ese era su refugio, su bastión, el lugar que lo protegía de todo lo malo que había afuera. Sabía que era humilde, pero era suyo. Nadie podía quitárselo. Se sacó la camisa que traía puesta. Observó desde arriba el abdomen que sobresalía beligerante con una expresión de resignación. "¿Cómo voy a bajar esto?", se preguntó apesadumbrado, apretando entre sus dedos el tejido adiposo que le circundaba la cintura. "Mientras a ella no le importe", se consoló. Luego sacó la remera nueva de la bolsa. La extendió sobre la mesa para observarla con cuidado. No era un experto en la materia pero no podía ver la diferencia con la original. Hasta la etiqueta estaba muy bien lograda. Luego se la puso con cuidado. El espejo que colgaba del lado interno de la puerta del placard le devolvió la imagen que esperaba. La remera lucía muy bien. Estaba allí parado evaluando el resultado cuando una sensación de extrema tristeza lo invadió de repente. No podía explicarse tal fenómeno. Un segundo atrás se sentía bien. Ahora la angustia lo sofocaba. Un sentimiento asfixiante de encierro y opresión lo dominaba. No podía soportarlo. La habitación que había sido su seguro refugio le parecía una celda en la que estaba confinado sin remedio. Quería huir pero no podía hacerlo. Sintió unas ganas tremendas de gritar, de liberar la presión que oprimía su pecho. "¿Qué me pasa, qué me pasa?", se preguntaba asustado. Los ojos de Ramiro se encontraron con su reflejo en el espejo. Tenía el rostro desencajado. Una exclamación de horror brotó de sus labios al ver que sus rasgos se deshacían tomando otra forma, una pavorosa imagen suplicante, una máscara torturada por la desesperación. Por un instante pudo verla con claridad. Los ojos de la imagen lo perforaban.

Ramiro pegó un salto hacia atrás y cayó de espaldas al tropezar con la cama. Estaba como poseído por una fuerza inexplicable. Sintió que estaba empapado en sudor. En un reflejo mecánico por liberarse de su angustia se quitó la remera de un tirón y la arrojó sobre la cama. Aún no había resuelto que hacer a continuación cuando la opresiva sensación comenzó a disiparse de a poco. Su respiración se suavizaba. Los alocados latidos de su corazón recuperaban paulatinamente el ritmo normal. Se sentó sobre la cama, exhausto. Temía dirigir la mirada al espejo. Al fin lo hizo. Se veía pálido, cansado. No alcanzaba a explicarse lo que había ocurrido. Su limitada inteligencia le bastaba para establecer que se trataba de algo que estaba más allá de su alcance. El sabor amargo de su boca le recordó la alucinación que había tenido. No quería volver a sentirse así en su vida. Había sido una experiencia abominable. Quería borrarla de su mente lo antes posible. Notó la remera hecha un bollo a un costado. La extendió sobre la cama pasándole la mano para quitarle las arrugas. A medida que lo hacía, pequeños impulsos eléctricos sacudían sus neuronas trayendo imágenes fugaces del rostro en el espejo. Ramiro se incorporó como un resorte. Se sintió presa del pánico al creer que la situación se repetía. Nada pasaba. La sensación desaparecía de nuevo.

Ramiro miró hacia la remera con incredulidad. "¡No puede ser!", se dijo asombrado. Era como si el tejido tuviera impreso en sus fibras una agobiante carga de opresión, de angustia, de pesadumbre que se trasmitía a través de la piel con la que estaba en contacto. Sabía que eso no era posible en el mundo real, pero un instinto visceral le decía que tenía que deshacerse de ella. Ya mismo. No importaba lo que había pagado, no importaba si no tenía algo que ponerse a la tarde. La sola presencia de la prenda lo enfermaba. Tomó la decisión sin más dilaciones. Agarró la bolsa que le habían dado en el puesto y metió la remera casi sin querer tocarla. Hizo un bollo lo más pequeño posible. Salió al pasillo que daba a su habitación. Nadie a la vista. Cerró la puerta con cuidado. Se dirigió al hueco del incinerador donde había un repositorio de desperdicios compartido por todo el piso. Levantó la tapa y arrojó la bolsa en su interior. Luego retornó a su cuarto. Se sentía aliviado de estar allí de vuelta, aunque había tirado a la basura los pocos pesos que le sobraban. Miró a su alrededor para verificar que todo estaba en orden. Notó que todavía tenía el torso desnudo. El reloj le avisaba que le quedaban unas horas para su encuentro con Rosalía. Imploró que el malestar se le pasara para poder estar de buen ánimo durante la cita. El recuerdo de aquel rostro no lo había abandonado del todo. Esos ojos le habían enviado un mensaje de súplica, un desesperado pedido de auxilio. Sacudió la cabeza y trató de enfocarse en otra cosa. "Pensá en Rosalía", se dijo. La imagen de la muchacha desplazó por completo cualquier otro pensamiento de su mente.

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Otro día más. Otra agobiante jornada de trabajo. Se había acostumbrado a medir el tiempo por la rotación de los turnos. No tenía noción de la hora, si era de día o de noche. Las agujas del reloj se habían detenido, en el sótano donde vivía recluida. Su vida era una inacabable sucesión de turnos de labor seguidos por períodos de descanso en el camastro donde reposaba en ese preciso momento. Cada tanto le daban el alimento necesario para que no desfalleciese. Eso era todo. Una rutina monótona que se repetía sin pausa, sin tregua. La situación era más soportable cuando conseguía dormir. Era el único medio disponible para evadirse un poco de la alienante realidad. Pero siempre llegaba el despertar. Muchas veces era arrancada del camastro en pleno sueño y llevada a la máquina de coser sin tener la posibilidad de despabilarse por completo. Un nuevo turno. El camastro aún conservaba el calor de su cuerpo cuando era ocupado por otro saco de huesos cansados. Los turnos en la máquina no eran tan malos. Sus manos se habían acostumbrado a manipular las distintas prendas que confeccionaban. Su habilidad había ido en aumento a medida que los días transcurrían. También sabía que en la máquina estaba a salvo. Nada podía pasarle mientras estaba allí. Si bien la higiene distaba mucho de ser la ideal y vestía unos harapos miserables se vislumbraba que era una joven bonita. El hecho no pasaba desapercibido para los supervisores. Ella había aprendido a convivir silenciosamente con todo tipo de abusos. Ya no lloraba, no gritaba, no se resistía. Durante los primeros días sus lágrimas habían bañado cientos de prendas mientras las cosía mirándolas a través de sus ojos empañados. Fue muy duro comprender que la habían engañado, que las promesas de una vida mejor en la gran ciudad habían sido tan sólo una trampa. Un buen día las fuentes se secaron. No más llanto, no más expectativas irrealizables. Todavía tenía que estar agradecida de no haber corrido una peor suerte.

Escuchó ruidos. Un cambio de turno. La puerta del dormitorio colectivo se abrió de golpe. La lámpara que colgaba del techo se encendió arrojando una cruda luz sobre las mujeres que yacían amontonadas a medida que se despertaban. Una a una fueron saliendo, mientras cruzaban furtivas miradas con las que aguardaban para ingresar. La fila continuó su recorrido hasta que llegaron al taller. Cada una ocupó su lugar ante la severa mirada de los supervisores. Después de unos instantes el sonido de las máquinas llenaba por completo la estancia. La muchacha tomó la primera prenda de la pila. Se trataba de una remera azul, una linda imitación de una costosa marca extranjera. Comenzó con la tarea de costura mientras su mente se entretenía hilvanando utópicas fantasías. Se le ocurrió que cada prenda que salía a la calle era como un mensaje enviado al exterior, un grito desolado, un desesperado pedido de auxilio. Quería ser capaz de conferirle a la tela la habilidad de transmitir ese mensaje. Soñaba ser como un naufrago arrojándolo al mar en el interior de una botella con la secreta esperanza de ser rescatado de su infortunio, aun sabiendo que era imposible. La imagen quedó impresa en su retina. El mar. Qué poderoso influjo, qué magia incomprensible había tenido siempre sobre ella. Podía pasar horas enteras admirando el ir y venir de las olas acariciando la playa para luego retirarse dejando un beso húmedo sobre la arena. Un profundo suspiro hizo subir y bajar su pecho. Desvió la mirada de la prenda. Tenía los ojos secos a pesar de que el recuerdo la había conmovido muy dentro de su ser. Por un segundo deseó intensamente estar allá, en al mar. "No es tan difícil", se dijo. Cerró los ojos un instante a pesar de que podía ser castigada si algún supervisor la sorprendía en esa situación. Un sentimiento de paz la invadía haciendo olvidar fugazmente las penurias de su miserable existencia. Luego imaginó que el sonido de las máquinas semejaba el murmullo de las olas estrellándose contra las rocas de la costa, que la aguja corriendo sobre la tela era como un intrépido velero hendiendo las aguas turbulentas, que cada puntada que dejaba atrás era un paso más que la acercaba hacia el lejano horizonte de la libertad.