Ocaso de una tarde de Verano

Un cuento de Nicolás Donatucci

El cálido día de verano está llegando a su fin. Lentamente el sol pierde su brillo infantil mientras se oculta travieso tras unos edificios. Su ausencia es notada de inmediato en la plaza del barrio, señal inequívoca de la inminente vuelta a casa. Las caras largas de los niños reflejan tristeza mientras imploran a sus madres permiso para quedarse un rato más. Ante la inevitable negativa materna lanzan una última mirada al sol reprochándole su huida, soñando con una tarde eterna con amigos, familia, mate y galletitas. Pero no pueden detener la firme marcha del tiempo, ni el advenimiento del ocaso.

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—Qué curioso —pensaba un anciano—, cómo estos niños aman las soleadas tardes mientras nosotros nos sentimos más cómodos en el ocaso, cuando las temperaturas descienden y el ritmo del día se vuelve lento, pero a su vez acogedor. Irónico, casi profético quizás.

—Te toca.

Las reflexiones del anciano fueron bruscamente interrumpidas por su compañero, quien lo observaba con mirada cansina tras unos gruesos anteojos. El partido de ajedrez. Para estos dos ancianos, el clásico del domingo. Habían perdido la cuenta ya de los años en que este ritual se había extendido, aún en días de elecciones, días nublados o hasta con lloviznas. Partidos acompañados por largas charlas acerca de la vida, política, negocios, literatura. La tarde de los domingos los había unido como a hermanos.

—Dale Rodríguez, tus finales no te salvan hoy.

Rodríguez analizaba profundamente la posición en el tablero con su tan típica mirada y una sonrisa socarrona oculta bajo su gastado sombrero, augurando su pronta derrota.

El Interruptor

—Rodríguez, mi amigo, esta novela está llegando a su fin —dijo finalmente Marconi, mientras Rodríguez movía un alfil con sumo cuidado. El anciano de los anteojos, Marconi, era un estudioso. Dominando miles de aperturas y variantes estaba muy confiado en sus conocimientos mientras que Rodríguez dedicaba su atención a los finales.

—Ay Marconi, para vos el partido es siempre una novela. Se gana con estudio previo, análisis, desarrollo… básicamente, la haces larga. Muchos detalles, muchas variantes, muchos nombres. Un partido de ajedrez debe ser como un cuento. Conciso, rápido. Y es en el final cuando llega la sorpresa, el golpe de gracia.

—Eso lo decís porque nunca estudiaste, jugás de oído —dijo Marconi que, como siempre, se escudaba rápidamente tras Capablanca y Alekhine.

—No, en serio —replicó Rodríguez—. A vos que te gusta el box… deberías saber que en esta batalla entre el lector y un texto, la novela gana por puntos, mientras que el cuento gana por knock-out.

Marconi no respondió. Sabía en el fondo que su amigo tenía razón. Movió su reina. Estaba seguro de que no iba a perder. Lo tenía calculado. Tras unos minutos de silencio, Rodríguez anunció las próximas movidas con su infaltable sonrisa:

—Alfil por B7. Única rey B8. Dama H5… ataque doble, perdés tu dama si jugás bien. Si no, mate.

Marconi se quitó los anteojos, gesto que delataba su sorpresa.

—Igual tendrías ventaja decisiva y mate en cuatro —dijo con resignación concluyendo la jugada de su amigo. Luego miró a Rodríguez, anticipando lo que este iba a decir.

—Knock-out.

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El sol deja ver sus últimos rayos. Los árboles son mecidos suavemente por una brisa tardía. Las madres llevan a los niños del brazo con paso ligero. Rodríguez y Marconi habían sido renombrados escritores en su juventud, en la soleada tarde de la vida, cuentista uno, novelista el otro. Luego de estrechar sus manos como ceremonia de despedida se alejan caminando lentamente en direcciones opuestas, ya pensando en el domingo siguiente, única distracción en las solitarias tardes de verano, antaño pobladas de amigos, risas y reuniones; más hoy habitadas tan sólo por borrosos recuerdos y páginas amarillas de viejos álbumes de fotos.

Las sombras de la temprana noche tienden un manto de silencio sobre la plaza, acallando los ecos del bullicio presente unos momentos antes.

—Curioso, que uno se reconcilie con el ocaso luego de tantos años, extendiéndole amablemente la mano, como si se tratase de un viejo amigo.