La Terminal

Un cuento de Sergio Boixados

No sabía cuánto tiempo hacía que no reparaba en la cuadrícula de las baldosas de Plaza de Mayo y su eterna compañía de hojas, puchos y volantes. Ese día tomaba su turno a ritmo más que lento y la estación Plaza de Mayo parecía color sepia.

Tal vez por ser lunes, se apenó con el recuerdo de aquellas tardes en lo profundo del tiempo cuando su madre solía mirar el frontispicio de la Catedral desde un banco de la plaza, sentada, debido a su avanzado embarazo. Hoy todas las cosas que veía parecían nuevas a pesar de haberlas visto durante los treinta y dos años, de maquinista en la línea A de subtes.

Eran muy pocos los que arrancaron con él en su formación, el reóstato siseó entre sus manos a la vez que sintió una leve opresión en la frente, el túnel se hizo muy oscuro, Tito enseguida aceleró, experimentó un cierto alivio al llegar a Perú pero, tal vez porque era lunes, tuvo ganas de llorar. El pitazo lo sacó del ensueño y se zambulló en el túnel hacia Piedras.

Fue raro, hubiera jurado ver en el andén a alguien igualito a su abuelo Mauricio. Con sesenta y cinco años nunca pensaba en él pero ahora le venía a la mente, pensar que a los tres años se le había ido ¿Cómo era posible que lo recordara?

Cierta inquietud lo invadió, pues estaba en el túnel y no recordaba haber escuchado la pitada de Mauro. Al entrar en Lima observó con especial atención, - que bella estación- y, a pesar de ser lunes recordó sus juegos de los siete años cuándo bajaba de a dos escalones por una boca de subte y luego salía por la otra despistando a sus padres, vio la balanza que fuera verdugo de su tía Angela, hoy sería feliz (pensó) porque ya no funciona.

Si bien era lunes, al llegar a Saenz Peña lo invadió una sensación de bienestar gracias al aroma que llegaba del túnel, a los doce años por primera vez sólo, en un subte, se bajó de una formación en movimiento, la transgresión de lo prohibido y el riesgo de lo nuevo brillaron en sus ojos, tuvo que esforzarse para frenar a tiempo en Congreso. ¿Qué pensaría Mauro?, él, Tito en todos estos años jamás se había pasado de la línea límite ni, como hoy, se había olvidado de tocar bocina en la curva al ingreso de la estación. Al escuchar el pitazo de Mauro la formación reaccionó demasiado rápido para su gusto.

En Alberti Tito levantó la vista secó unas gotas de sudor que humedecían sus cejas, era un sudor frío, como aquel que sintió en ese mismo lugar cuando a los catorce años Mara lo despidió en la escalinata de la estación con un beso en la mejilla, se sintió feliz, además se acercaba Miserere, allí su adolescencia rebozaba de pizzas enfrente de la estación de trenes, casi pudo oler la mediamasa antes de volver al túnel, el cual siempre adelante ahora se hizo vertiginoso hasta Loria, quien sabe cuantos años pasaron desde que junto a las columnas de ese anden vio por última vez a la novia que a los veintidós años le alteró los sentidos, tal vez por eso sintió la misma opresión en el pecho que aquella vez.

El túnel lo tragó nuevamente, las luces parecieron estirarse formando una línea casi continua a un lado de su formación pensó que se le estaba yendo la mano con la velocidad debía parar cuanto antes.

En Castro Barros por el espejo retrovisor del andén vio subir a… No, alguien muy parecida a su esposa Clara, pero la Clara de los veintiocho años cuando el casamiento era una aventura, esa del espejo era tan parecida, tal vez la viudez de cinco años me esté afectando…(pensó).

Se quedó pensando en ella y en su primer hijo, quien hoy en día tocaba mucha de la música que se escucha en la estación Río de Janeiro, como era lunes recordó que los domingos se bajaba allí con su hijo menor y tomaban el quince para ir a ver al Ciclón en Av. La Plata, ya con cuarenta y cuatro años no saltaba todo el partido sobre los tablones, pero disfrutaba mucho de la compañía del pibe… Ahora el túnel acomodó una vez más la formación, los tubos fluorescentes del centro del túnel parecían iluminar menos a pesar de que hace muchos años les retiraron el plástico protector original.

Al llegar a Acoyte se sintió un poco cansado, es mi primera vuelta pensó, me siento como a los cincuenta y cinco, cuándo me hicieron el by-pass, mejor que ni piense en eso porque el que me operó terminó suicidándose.

Ya no escuchó el pitazo de Mauro, ni falta que le hizo porque la estación estaba desierta, si bien era temprano, por ser lunes le pareció raro. Aminoró para maniobrar en Primera Junta. Vio el cartel de NO SALE del lado de su andén mientras lo invadía un mayúsculo cansancio, ayer había cumplido los sesenta y cinco años, se excedió con la comida y no pasó buena noche.

Ya se aprestaba a bajar cuándo reparó en el túnel, tantas veces lo había visto y nunca se había percatado de esa coloración azul clara de sus bordes y hacia el centro que lo invitaba a continuar…

--x--

Quizá porque era lunes, por más que los pitazos de la policía abrían paso, la ambulancia que llevaba a Tito rodeaba con dificultad la Plaza De Mayo, y aunque el mejor esfuerzo del conductor se cargó varios semáforos, Tito ya estaba en la terminal.