Esperando la orden

Un cuento de Esteban Lafon Blon

Cuando el Pitu olió la nafta supo que se aproximaba el final. Un frío de muerte se colaba dentro de la casucha de cartones y chapas. Había estado sopesando los dos panes de merca que le había choreado al Turco Nahir, amo y señor de cuanto veneno corroía las villas y las mansiones de la zona sur. Quinientos gramos de la más pura blanca. Suficiente merca para colocarla en las calles, convertirla en billetes y así poder darle a su hijo, que ya pateaba en la panza de la Vivi, la comida y la escuela que él nunca había tenido. Suficiente merca para comprar una casa que los resguardase de las heladas y las lluvias y la mierda que les trepaba los tobillos con las crecidas del arroyo.

Se acercó a la pared de chapa y espió por uno de los tantos agujeros que violaban su hogar. En la oscuridad de la calle entrevió un cerco de matones. Le quedaban uno, a lo sumo dos minutos, antes que desde algún lugar lejano el Turco diera la orden. La nafta ya le mojaba los pies, entraba por todas partes. Le goteaba encima de la cabeza como caída de las estrellas que incendiaban la noche.

Observó a la Vivi: dormía sobre un colchón tendido en el piso de tierra. Soñaba y sonreía. Las manos acariciaban el vientre, el hijo de la esperanza. Si había una imagen que no quería llevarse de ese puto mundo, era la de los ojos verdes de la Vivi tiñéndose de terror: agarró la almohada y la hundió en la cara de su mujer hasta asfixiarla. Sin dudar un segundo, desenterró el revólver, un oxidado treinta y dos con el que jamás había disparado un tiro, y se echó al lado del cuerpo de su compañera. Se puso el cañón dentro de la boca y gatilló. Click: el plomo no salió. Amartilló el arma y volvió a apretar el gatillo. Click. Click. Click. Click. Click. El tambor giró completo sin que una bala le volara la cabeza.

Se sentó a esperar la orden, el principio del fin. Para entonces la nafta encharcaba casi la totalidad del piso. Al cabo de un rato, afuera sonó un celular. “La orden, la orden, por fin”, se dijo. Se consumió un cuarto de hora y no pasó nada. Salió a la calle, alzando amenazadoramente el inútil revolver para que lo acribillaran, pero sólo encontró a un perro raquítico husmeando en la basura y lo que lo acribilló fue el horror.

Volvió a entrar y atrancó la puerta. Vivió un último instante de paz cuando vio en el encendedor flamear al verdugo y tuvo la certeza de que pronto se reuniría con su mujer.